Paredes de papel

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No sé si sois ricos y vivís en una casa enorme pero yo no. Yo vivo en un piso como toda persona de Dios y escucho a mis vecinos. Los escucho más de lo que me gustaría: tirar de la cadena, roncar, ducharse, incluso cuando hacen sus cositas por la noche (o por el día… hay gente con mucha suerte). Los escucho. A mí, que Gran Hermano me parece un horror, pues esto me parece tres cuartas de lo mismo. Imagino que habrá gente muy cotilla que disfrutará de lo lindo escuchando a sus vecinos pero, es que a mi, de verdad, que no me interesa, que no entiendo por qué las paredes no son más gordas, ni por qué, tras años y años de evolución de la especie humana, esto no se ha solventado.

Bien. Todo esto es molesto pero, oye, se puede aguantar. Hasta que, de repente, te pones a pensar y te das cuenta de una cosa: si yo los escucho a ellos… ¡ELLOS TAMBIÉN A MI! Y te empiezas a crear una psicosis en la que no sabes qué rango de sonido son capaces de escuchar: ¿mi voz? ¿un pedo? ¿cuando canto?

Es necesario hacer un alto aquí porque si algo está claro es que mis vecinos me han oído cantar. Ya pueden ser las paredes del mismo material que el de los refugios militares que les iba a dar igual porque yo es que soy muy de cantar. Además, no canto canciones asequibles a cualquier voz. No. De Freddie Mercury no bajo y lo doy todo, como si me jugase pasar a la final de La Voz y esperara que al final Rosario me dijese que soy un “mostruo”. Algún día os haré una demostración… Algún día…

Bueno, volviendo al asunto de las escuchas, ¿qué le interesa a mis vecinos mi vida? Pues, lo más probable es que no les interese lo más mínimo, y aún así, tienen que escuchar por narices. Y esto me lleva a la razón por la que os estoy contando todo esto, que lleváis un rato leyendo y ya os estabais empezando a preguntar: “Este dónde coño quiere ir a parar”.

La cuestión es: ¿por qué me leéis cada viernes? Mi padre dice que no hago más que escribir sobre mi vida, que todo el mundo sabrá lo que pienso y lo que me sucede (de hecho, también sabéis lo que piensa él a veces). Entiendo que mis vecinos no tengan otra pero, todos y cada uno de los que leéis mis entradas cada viernes, lo hacéis sin que nadie os obligue (los jamones que queden entre nosotros) y esto responde a la pregunta de mi padre.

Exponer algunas de las situaciones de mi vida es algo así como construir a mi alrededor una casa con paredes de papel, de folios escritos con mis vivencias para que todo aquel que se sienta interesado pueda acercarse a leerlas. Como buen anfitrión, os agradezco la visita y os invito a disfrutar y volver si la experiencia ha sido placentera. La suerte es, que esta casa de papel, es mucho más fuerte que aquella de Los tres cerditos y, por mi, aguantará que la soplen siempre que vengan a visitarme. Así que, en los días venideros, escribiré. Escribiré a veces sobre mi vida y a veces cosas imaginarias; a veces por placer y a veces por trabajo; pero, donde quiero llegar, es que si escribo es por todos y cada uno de aquellos que están sonriendo, ahora mismo, ante este punto final.

—Jonathan Espino—

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