Carretera y manta

reencuentro

Que el mundo siga girando y con él, el tiempo siga su curso con sus minutos, horas, días y meses, no significa que todo se vea afectado por estos dos factores.  Hay cosas, personas, o más bien relaciones que aunque el tiempo y las distancias se interpongan siguen siendo igual que antes, igual que siempre.  Y eso permite, aunque sólo sea por unos

días, respirar.  Porque a veces nos olvidamos de que algo tan fundamental en el día a día, como es coger aire y volver a soltarlo, hay que hacerlo constantemente y sin tregua. Y para qué engañarnos: si es aire del sur (aunque venga empujado por la fuerza del levante), su alegría y bu

en humor ante todo abre un poquito más los pulmones.

Dicen que irte de Erasmus es una de las mejores experiencias que hay en la vida. Todo el que tiene la oportunidad de pasar un año fuera lo recomienda y si pudiera, hasta repetiría. Y sí, escribir del Erasmus es un topicazo más que utilizado, pero es cierto que la mayoría de las cosas que te llevas de esta experiencia, a pesar del tiempo y las distancias, se mantienen para siempre.  Es una oportunidad para aprender un idioma, para adentrarte en otra cultura (alemana, inglesa, andaluza… eso no está especificado en ninguna parte), conocer gente nueva y sobre todo para valerte por ti mismo a miles de kilómetros de casa.

Alguien que ya había pasado por la experiencia, me dijo antes de emprender el vuelo que los amigos que haces durante esta etapa son para siempre. Y no sé si todos, o si tal vez extendemos el término amigo demasiado, pero yo, un año después, he podido comprobar que ni el tiempo ni las distancias (que ha llegado a ser muy grande) ha impedido que seamos las que éramos antes. Sí, ahora pesamos menos, estamos más morenitas y nuestro cabello es más corto o más largo. A primera impresión estamos muy cambiadas, nuestras vidas han seguido caminos muy diferentes, con distancias más que kilométricas que han impedido que nos viésemos antes, y de momento no parece que vayamos a compartir de nuevo residencia y cenas semanales. Pero hemos demostrado que este era el momento, y que querer es poder. Así, carretera y manta emprendimos el camino en un coche compartido con desconocidos (una forma de viajar a la que aún no estamos acostumbrados en España… pero recomendable). Nächste Haltestelle: Jerez de la Frontera. Con una maleta cargada de bikinis, vestiditos y muchísimas ganas de reencontrarnos, nos dispusimos a recorrer media península para pasar un fin de semana un poco más largo de lo normal con personas que, durante casi un año, fueron lo más cercano a una familia. Mejor dicho: formaron nuestra familia bochuniana.

Fueron pocos días pero suficientes para desconectar, para olvidarnos que en la vida existen los problemas, para soñar con el próximo reencuentro en tierras alemanas, disfrutar de la gastronomía gaditana y los fabulosos postres de Paqui, y de las vistas desde Medina Sidonia porque, quizá alguien no lo sabía todavía… pero desde lo más alto de este bonito pueblecito de la ruta del toro, ¡se ve África!

Y sinceramente, no hay nada mejor que comprobar que aunque ya han pasado casi doce meses desde la última vez que nos vimos todo sigue siendo igual.  Sin duda, estos pequeños respiros deberían ser obligatorios con más periodicidad, para que los pulmones no tomen como algo extraño lo que debería ser el día a día, respirar profundo.

No estábamos todos, pero éramos todos los que estábamos.

— María del Cid Toledo—
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