Detrás de las cámaras.

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Querido lector, en esta próspera y abierta relación que nos une he de preguntarle datos sobre su persona para delimitar mis hipótesis sobre si forma parte del grupo de gente del que hablaré a continuación. A veces ocurre, sólo a veces, que cuando un ser humano descubre una luz roja procedente de una cámara televisiva (o cámara a secas) se hipnotiza cuan símil con el movimiento pendular del botafumerio. ¿Por qué? ¿Qué tiene de atrayente ese aparato que provoca ese seguimiento continuo y masivo de la sociedad en contacto necesariamente directo con la cámara? Resulta curioso pararse a pensar sobre este tema y tratar de hacerle ver en qué casos son más evidentes con respecto a nuestra querida pequeña pantalla.

El access al prime time español está regido por, en mi opinión, tres programas punteros de los cuales uno se descuelga en el pódium como tercera opción más evidente. Hablo de “El intermedio” (La Sexta), “El hormiguero” (Antena 3) y “Lo sabe no lo sabe” (Cuatro), respectivamente. Por si no lo ha intuido aún, sí, hablaré del programa presentado por Juanra Bonnet, otro ídolo de masas contemporáneo de nuestro país el cual no puede ir a comprar sin que la ciudadanía le pregunte “¿Dónde están las cámaras?”. A diferencia de Jordi Cruz, éste no es un referente en las carpetas escolares de las jóvenes españolas, es el próximo rostro que veremos en los billetes de 100€. Y si no me creen, tiempo al tiempo. No me quiero ni imaginar qué pasará si el propio periodista sale a la calle un día, así cómo cualquier otro, y decide vestir una corbata roja. ¿Se imagina un corro de 20 personas convencidas de que pueden ganar dinero gracias a él y que entonces sus cuerpos se abalancen cuan animales en celo en busca de los distintos miembros del equipo que “seguro” le acompañan? “Somos civilizados, eso no pasará nunca” dirá. ¡Pues se equivoca! Me dejaré de preliminares, vayamos al asunto en cuestión.

Por suerte o por desgracia hace unas semanas el programa se trasladó como “Plan B” a grabar a la ciudad de la que pertenezco y en la cual no resido (no diré nombre para evitar posibles ataques a mi persona cuando me desplace al lugar en cuestión). Pues bien, eran las 11:30am y a cientos de kilómetros de distancia servidora tenía un dossier con los pasos exactos que el equipo desplazado hasta la localidad estaba desarrollando: paso por paso, huella por huella, qué habían tomado en el bar X, a quién habían preguntado, a dónde se dirigían… Ese hecho me impactó notablemente, sin embargo, si algo he de destacar de aquel día son las consecuencias nefastas que ha causado en la propia “ciudad”. Al parecer la aglomeración de ciudadanos deseosos de tener su segundo de gloria (el cual no logro entender por qué es llamado así ya que nadie recordará tu rostro entre los cientos que pueden verse durante una emisión) era tal, que los miembros del programa tuvieron que realizar las grabaciones en interiores, cosa que, si es seguidor del espacio, no ocurre habitualmente. Es más, prácticamente no ocurre. Por si este hecho no fuese suficientemente anecdótico, cuenta la leyenda que las faltas de respeto hacia el trabajo audiovisual que se estaba llevando a cabo fueron continuas y prolongadas. Es entonces cuando pregunté a conocidos el porqué de la actitud, “para una vez que pasa algo distinto en X…” me respondieron. Y ahora yo le planteo, ¿realmente está justificada esa actitud? ¿Por qué sólo ha ocurrido, con tales dimensiones, en esta ciudad? ¿Hemos de seguir defendiendo un título que moralmente (aunque no generalizado) no nos pertenece? ¿Qué podemos hacer cuando la imagen emitida del lugar ya ha sido dañada? Y esa gente agolpada en las cristaleras de los locales en cuyos interiores se estaba grabando el programa, ¿de dónde salieron?

Con esto no pretendo hacer una crítica, que también, sobre ese capítulo concreto de “Lo sabe no lo sabe” ya que como bien he dicho antes el “segundo de gloria” es eso, un segundo, y probablemente no sea recordado en la retina de todos los españoles. Sin embargo, este ejemplo trasladado a cualquier unidad móvil desplazada a un espacio concreto de la geografía mundial y su correspondiente actitud ciudadana es lo que me inquieta. Supongo que han visto en alguna ocasión cómo en el propio telediario, programa serio donde los haya, detrás de los reporteros destinados en el sitio de conexión se encuentra un corro de cheerleaders esporádicos tratando de saludar, llamar la atención, o simplemente permaneciendo con gesto afirmativo a la información que el periodista está contando (supongo que para dar una mayor credibilidad al mismo). Pero, vamos a ver, ¿por qué? ¿Qué tiene la cámara televisiva de atrayente? ¿Se imagina a un fontanero tratando de desatascar un WC y detrás de él un corro de personas animándole a lo: “¡Vamos Manolo, que tú puedes, tira con más fuerza!”? O, por ejemplo, una dependienta de una tienda de ropa doblando unas camisetas mientras un corro de señoras mayores cuchichean sobre el trabajo del a misma: ¡Uy, esta niña no sabe… conmigo se tenía que venir a casa a ver cómo le doblo las camisas a mi Manolo!”

Lo peor de todo es que no me extrañaría que estos casos se diesen cotidianamente, aunque de forma puntual, en nuestra geografía. Volviendo al tema principal, resulta alarmante pensar hasta qué punto es capaz de llegar el ser humano para aparecer en un espacio televisivo durante unos breves momentos. Y me gustaría seguir hablando con usted, querido lector, del tema… sin embargo acabo de encontrar una cámara al otro lado de la calle y tengo que subir al trastero a por mí peluca rosa fosforita porque quiero dejar muestra de mi presencia. Si desea verme, no se preocupe, ya preguntaré por la hora de emisión. 

 — Miriam Puelles —

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