Invadiendo nacionalidades.

Siempre que viajo en avión, me acarician los dedos de los pies las nubes. Me hacen cosquillas y yo no paro de sonreír. Lo sé, sin agachar la mirada, porque cierro los ojos y noto escalofríos en el estómago desde que despegamos hasta que aterrizamos. Aquel verano no fue menos, incluso podría decir con seguridad que fue más porque esas sensaciones se mezclaron en una batidora con el miedo a que tu no estuvieras en la terminal de Bruselas, tú que me habías prometido tantas veces esperarme con un cartel con mi nombre, en color verde, claro. El miedo a que tantas promesas se hubieran olvidado, a pesar de que veinticuatro horas antes había escuchado tus ganas en una videoconferencia de tres minutos.

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Mis piernas temblaron mientras bajaba por aquellas escaleras, para tocar el suelo, para estrellarme con la realidad. Me sentí extranjera sin protección y con el consulado en una dirección ajena a mí. Sin mapa, sin ser capaz de pronunciar palabras en inglés para comunicarme y el castellano se me antojaba demasiado lejano en aquel autobús atestado de gente. Era la primera vez que viajaba sola y era lejos de las fronteras de mi país, ese que desprestigiaba y con el tiempo aprendí a echar de menos y puede que tu fueras culpable .

Pero estabas. Realmente no recuerdo formas ni carteles de aquel aeropuerto. Sólo fui capaz de verte a ti allí y todo nuestro alrededor se desvaneció. Se desvaneció como si no hubiera nada más allá de nosotros, de un “tu y yo” que llevaba un año sin verse. Aún tengo pedazos de aquel abrazo guardados en mí como si fuera lo único que quedó de esa semana que pasamos escondidos del mundo.
Vivimos cada hora con tanta velocidad e intensidad que no he sido incapaz en todo este tiempo de ordenar tantos recuerdos, tantos besos y abrazos; que se fueron corriendo por los callejones y no fuimos capaces de atrapar ni siquiera corriendo de la mano para guardarlos en botes con cloroformo.

Mis pupilas reflejan hoy, en este folio en blanco, sólo aquella bohardilla en la que vivimos, aquella que nunca más he vuelto a pisar, tras aquel diecisiete de agosto en que se cerró detrás de nosotros y volvimos a la realidad. Era un quinto piso, y a mi me parecía al menos un vigésimo segundo. Fuiste capaz de arrastrarme al cielo en treinta metros cuadros de los que sólo usábamos los dos por dos que ocupaba aquel colchón tirado el suelo. Y hacíamos el amor casi a ras de suelo. Mataste mi inocencia suicida, la misma que había gastado todo el dinero ahorrado en un año por verte. Me arrancaste todo: la vida y las bragas. Era tuya cada medianoche, cada mediodía, cada siesta por tradición nacional y cada despertar con los cuerpos tan enredados que cualquiera los hubiera confundido.

Sinceramente no sé si acabe más enamorada de ti, de Bélgica o del olor a patatas fritas que se mezclaban con palabras en un castellano demasiado pobre y un inglés peor aún. Yo sonreía diciéndote “I love you” y tu lo acentuabas contestándome “Te quiero” con el acento que te ha caracterizado desde el día, sin fecha, que te conocí, al fin y al cabo has sido parte de mis veranos desde que tengo conciencia. Parte indispensable en aquel bloque de edificios donde coincidían nuestras segundas residencias en la costa española.

Puedo recordar cada rincón de aquella pequeña bohardilla, de aquel pequeño refugio en el que me quisiste más de lo que nadie lo había hecho, lo ha hecho, ni lo hará jamás; en parte porque yo no dejaré que nadie me quiera tanto para no derramar todas las lágrimas que resbalaron con el tiempo por ti. Acto de causa y efecto, todo se acaba. Supongo que será una estrategia contra el dolor que nace tras la primera decepción de amor, por eso dicen que el “primer amor” es el más fuerte, el más importante y el más verdadero. Es cierto que no fuiste el primero, pero quizá es que a los anteriores no los podía llamar amor, y a ti te lo susurraba cada vez que introducías parte de ti en mi. Cada rincón, cada baldosa de aquel suelo frío y hasta aquella telaraña que colgaba doce pasos a la derecha del colchón. Realmente todas las imágenes se materializan desde el mismo ángulo, el que se dibuja desde aquel colchón morado con dos cuerpos enredados en la misma sábana.

Y en el suelo dormía mi guitarra: acústica y azul; con la que hago el amor las noches en que ya no estás tu. Sólo bastaba con que te rascaras un poco la barriga, a la altura del ombligo para que yo entendiera que querías que tocara. Sin embargo era gracioso oírte decir “Guitarra” con esa sensación de que arrastrabas siempre las erres hasta el final de la garganta.

Te lloré canciones de los cantautores que me habían acompañado noches y días en aquel último año; y aunque no entendieras la mitad, todas de una manera u otra me hablaban de ti y especialmente de mi. Incluso, a veces y sin aviso previo tocaba canciones que yo misma había escrito y en todas aparecías. Tengo un nudo en la garganta. Recuerdo tu cara inmersa en los acordes, tus ojos cerrados y tus pies moviéndose al compás, generalmente lento, de cada canción. Ahí, y sólo ahí, en esos instantes, eras mío.

Fuiste mi guía entre calles desconocidas y me enseñaste que un país no se conoce por los monumentos, ni los sitios en que se concentra la mayor parte de los turistas. Se conoce mezclándose con la cultura: impregnándose del olor de las calles más olvidadas, los bares más frecuentados por la gente del país, las galerías de arte y los rincones escondidos desde donde contemplábamos todo el movimiento de gente, sin que ellos vieran nuestros besos más sinceros. De manera egoísta, pero cierta, Bruselas fue más mía en aquella semana, aquellos siete días en los que callejeé, que de muchos rostros tristes y aburridos con los que me crucé. Les robé la esencia de sus calles y tu fuiste culpable.

Puede que aquello fuera felicidad, pero no soy capaz de contestar con el sabor de lágrimas saladas en los labios.

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La última noche deseé que se pararan las manecillas de todos los relojes del mundo. Rompiendo barreras. Sin que existieran las fronteras como hicimos en nuestro primer beso inocente e infantil. Lo deseé con todas mis fuerzas y aún así el sol salió, la gente volvió a madrugar y como un río hacia el mar: la vida siguió (como siguen las cosas que no tienen mucho sentido). En aquel amanecer yo me sentí extraña espiando vidas ajenas desde el tejado que cubría tu casa; mi querida bohardilla, nuestro escondite. Subimos allí con una escalera que nos amenazó con caerse a cada momento, estirando los brazos a las estrellas que nos sonreían allí arriba y en las manos una botella de tequila. Nos sentamos en el borde de aquella ventana por la que habíamos escapado de la resaca que ya nos invadía en recuerdos y tristeza de una despedida cercana. Bebimos en silencio, apurando cada gota y aparentando que no nos quemaba la garganta. Tenía ganas de llorar y sin embargo me hice la fuerte, la chica que podía con todo y más. Agarré la botella y apuré el último trago. Tu me mirabas, pero no me decías nada y yo…Yo te besé, como si fuera la última vez.

Ahí encontré la felicidad, en tus labios, tu saliva, tus manos en mi pelo y tu lengua haciéndome cosquillas en el corazón. Temblé, me abrazaste y lloré. ¿No dicen que también se llora de felicidad?. Pero no lo entendí, estaba borracha de alcohol, tabaco y de amor. Mi interior era un remolino y tu sólo me susurrabas que me quedase allí. Yo fui la primera cobarde en esta historia, realmente no fui capaz de mandar a la mierda la matricula de la Universidad, a mi familia, a mis amigos, mi casa, mi música, mi país. ¡No mandé mi vida a la mierda por ti!. Joder, estoy intentando ser irónica y ni siquiera soy capaz.

Aquella noche sólo sonreí cuando dos estrellas fugaces cortaron la oscuridad del cielo en tres. Me sorprendió que haya costumbres que rompan las fronteras igual que lo habíamos hecho nosotros.
-Di un deseo.-Me dijo al oído.
-Quiero que pasen treinta años antes de mañana.
Realmente no sé si entendiste lo que significaba aquello. Tu me susurraste que me querías follar de nuevo.
Ambas cosas se cumplieron. O realmente las cumplimos.
Dormimos por la mañana, después de que el sol se asomara tras el último bloque de pisos que nuestros ojos alcanzaban ver, después de que tus manos abrieran mis piernas otra vez y yo te llorara más aún, en tu hombro.
Nos despertamos enredados y sentí que ambos cumplíamos aquel día cuarenta y nueve, casados y toda una vida juntos.

Y en la terminal del aeropuerto ya no sólo estabas tu. Había carteles, trabajadores, turistas, familias, maletas, enamorados, traficantes, policías, solitarios, periodistas, niños, ancianos, ruido, cansancio en los ojos, en las manos, sonrisas tristes…y aviones despegando. Dos caladas a un cigarro y luego me besaste. Nos quedamos en silencio los último cinco minutos que estuvimos juntos, te habías cansado de repetirme que me quedara y no entendías que tenía que volver. Tampoco entendías que la vida me llevaría de nuevo a tu lado, y si para mi fue un “hasta luego” para ti fue un “hasta siempre”. Sin embargo, sólo me dijiste “Te quierrro”, y yo sonreí.

¿Sabes cómo acabó todo?. Siete meses después. Sí, conseguí la beca a la universidad de Bruselas, y aterricé en la misma terminal. Nunca lo supiste porque dejaste de responder a mis llamadas desde el momento en que… Desde el momento en que decidiste seguir mi vida sin mí. ¿Tan difícil era decírmelo?. Tu no me viste aquella noche. Un bar, y joder, volvió a pasar; sólo estabas tú y una chica rubia a tu lado, pálida y preciosa, la besaste como lo habías hecho tantas veces conmigo. Corrí, y cuando frené lejos de la ciudad sólo tenía en las manos una botella de tequila. Brindé sin ti, brindé por nosotros, por las estrellas fugaces, los recuerdos, el bloque de pisos en la costa española en el que nos conocimos, donde nunca más ninguno de nosotros volvió. Brindé por los besos que ya no eran míos, los besos que no serían para ti. Dije hasta siempre, hasta nunca y hoy, tres años después, aún sigo sentada en aquel banco que nos saludaba desde la pequeña ventana de la bohardilla en la que tu ya no vives.

Paloma de la Fuente

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