Preguntas

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Sus ojos escudriñaron la sala con cierta curiosidad y asombro. No entendía lo que esas personas estaban diciendo ni por qué iban vestidos con chaquetas negras de manga larga en verano. Su mamá siempre le decía que el negro no se llevaba mucho en verano porque entonces el sol te pegaba más fuerte. Por más que le preguntaba a su madre que por qué el negro y no el rosa o el azul, ella no parecía saber contestarle y acallar sus preguntas. Sin embargo, estaba totalmente segura de aquella afirmación, así que decidió no darle más vueltas. Al fin y al cabo, los mayores -y sobre todo sus padres- eran los que sabían todo.

Volvió a concentrarse en lo que estaban diciendo aquellos hombres que debieron de equivocarse de color al salir de casa -si no fuera por su mamá a él también le hubiera pasado lo mismo-. Bueno, no había tenido en cuenta que quizás ellos ya no tenían padres. O peor aún, que no les hacían caso, ¿es que no sabían lo que pasaba en navidades si se portaban mal? ¿O acaso los mayores se “salían con la suya”, como le decía su padre cuando se dejaba las judías? Si era lo segundo, tenían mucho morro. << Yo también quiero dejarme las judías y que los reyes no me traigan carbón>>, pensó. Además, ¿qué era “devaluación”, “acciones”, “inflación”? Algunas veces su abuela le contaba que había palabras que solo los mayores podían decir como “joer”. Las llamaban “palabrotas”, según la abuela porque eran muy grandes, por eso solo las podían decir las personas “grandes”. Estaba harto de ser pequeño. Definitivamente, “depreciación” tenía que ser una palabrota. Esos señores no le gustaban. Vestían como querían, se salían con la suya y decían palabrotas, pero tenían relojes, móviles con colores y zapatos brillantes. Era injusto. Él se portaba mil veces mejor.

Indignado, decidió que le contaría a su tía Alicia lo que había pensado. Ella sabría qué decirle porque era abogada y, según le había explicado su papá, solucionaba problemas de los demás. El suyo era bastante importante, así que su tía le tomaría en serio y no se reiría como hacía su hermana siempre que preguntaba cosas en la mesa. Estaba “hasta las narices” -como decía su abuelo- de que Elisa se metiese con él cuando tenía dudas importantes. Además, desde hacía muchos días su hermana no paraba de reírse como una tonta y esconderse de un chico de su colegio que se llamaba David. Eso sí que era para morirse de la risa. Sobre todo porque David era un tonto de remate y un abusón que no prestaba atención a la señorita Susana, que daba clase a los de la ESO. Pero su hermana, que se creía muy lista, nunca se enteraba de los castigos que le ponían al cara de piña. Pero bueno, no entendía a ninguna chica, por lo que lo de Elisa no le sorprendía.

Al poco de pensar en eso, los señores de negro se levantaron. Les tocaba entrar con sus papeles. Miró a su padre, que estaba callado desde hacía rato y no le decía nada. Parecía nervioso como cuando él tenía examen de inglés con la señorita Ana. Se le daba muy mal, la verdad. Su compañera de pupitre, Lucía, siempre le corregía y le chivaba algunas palabras cuando se olvidaba de como se decía “caballo” o “camión”. Era la única chica que no parecía boba. Miró de nuevo a su padre y le frotó la mano que tenía apoyada en el banco y le dijo “Papá, seguro que sacas un 10”. Su mamá siempre hacía eso con él antes del examen de inglés y le tranquilizaba. De repente, el rostro de su padre se relajó y afloró una sonrisa sincera. A Elliot le gustaba mucho esa sonrisa.

Sonia Baratas Alves

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