Pequeños motivos sin importancia

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Hace poco, alguien a quien aprecio mucho mucho, me dijo que no tenía ganas de celebrar su cumpleaños. Que no tenía nada que festejar, que no había motivos. Yo le intenté hacer ver que siempre que se quiere, hay un motivo, un pequeño momento, rato de felicidad o, no sé, ganas de celebrar sin más.  Esa persona a la que tanto aprecio, que aunque no abulte mucho, tiene un corazón muy grande,  me hizo darme cuenta de justo eso, que siempre que queremos, tenemos algo por lo que seguir adelante. Aunque simplemente sean unas amigas que,  si es necesario, dar un rodeo de 100 km más de lo previsto para ir a verte, porque saben de sobra que su apoyo es más que imprescindible. Y agradecido.  Que da igual que sólo tengan dos horas libres para comer: si estás en Madrid, se recorren media ciudad para comer en media hora contigo. No pasa nada. Y que si las cosas se ponen feas, es cuestión de horas que aparezcan.

Yo siempre me he quejado de la Complutense (y lo volveré a hacer, por supuesto) por su mala organización, por sus caóticas clases, por esos profesores que gracias a la libertad de cátedra se limitaban a contarte sus batallitas cuando todavía ejercían de periodistas. Pero sin duda, si volviese a empezar, y tuviese que elegir de nuevo una universidad, volvería.  Y mis motivos son más que suficientes: mis chicas.  Porque somos majas, más o menos inteligentes, y malo malo… pues tampoco tenemos nada, la verdad. No tengo ninguna duda. Y mira que cada una somos de su padre y de su madre: a unas les da por la buena gente y la música chorra, otras se vuelven locas por la cultura. También están quienes comen jamón para olvidar las penas o las que pierden la cabeza por un bambino (o gallego, por qué no).  Somos muy diferentes, sí, pero una piña. A pesar de que ya hace un año que nos graduamos, que nuestros caminos se han separado un poco más y ya no nos vemos todos los días, cada vez que nos juntamos es como si el tiempo y la distancia no hubieran pasado.

Vaya rollo acabo de soltar sí… pero con esto quiero decirle a mi pequeña gran amiga, que siempre, siempre, hay motivos por los que celebrar un cumpleaños. Porque el 24 es una cifra bonita, sí. Porque ofrece un momento más, para empezar de nuevo si es lo que queremos. Porque los últimos años el destino nos ha puesto buena gente en nuestra vida, o porque, aunque las cosas no salen siempre como queremos, siempre hay alguien ahí para decirnos: no pasa nada, ya llegará otro momento Mejor. Y sí, amiga, la vida es dura, no seré yo quien te diga lo contrario, la verdad. Pero justamente por eso, no se lo vamos a poner más fácil.  Yo ya he aprendido a no contar con la suerte,  e incluso me he convencido de que no la necesito: pa´ qué! Nadie dijo que luchar sea fácil, pero hay que buscar esos pequeños momentos, personas y en definitiva motivos por los que celebrar un año más.

No podemos estar esperando siempre que pase ese gran momento. Los planetas el destino y el karma no se ponen de acuerdo tan a menudo para que todo salga perfecto, es más, es más fácil que todo se desalinee,  para qué vamos a mentir. Y si, bueno, el 13 nunca se ha conocido por ser un número que traiga suerte, y mucho menos va a ser un buen año, quizá de los peores. Pero aún así, estoy más que segura que tanto hoy como el día de tu cumpleaños, hubo más de un motivo, ocasión o persona que te sacaron una sonrisa: una llamada de teléfono, una tarta, o esa persona que no dudó en subirse a un avión para pasar el día contigo. A mí me parece que ya tenemos motivos más que suficientes para celebrar los 24, ¿no?

— María del Cid Toledo —
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