No es gratis

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Escribir no es gratis. Mientras aporreo el teclado para dar forma a este texto estoy gastando dinero en luz, la del flexo y la del ordenador; en café con leche, el quinto del día; y en al menos media hora de mi preciado tiempo de ocio, al que valoro mucho más que todo lo anterior. Es decir, escribir este artículo, como escribir cualquiera de los cientos de otros artículos que he publicado en mi blog, me cuesta dinero. Y me gusta. He convertido la escritura en ciertas páginas web en una forma de ocio, como lo pueden ser la lectura, el cine o los videojuegos. Pago religiosamente por ellas, y no me importa pagar por esta.

Llevo pensando de esta forma y escribiendo por el simple placer de escribir desde hace más de un lustro. Esta pasión, unida a mi afición por los videojuegos, me ha llevado a trabajar haciendo lo que tanto me gusta. Por las mañanas escribo porque es mi trabajo, porque me pagan y porque me encanta hacerlo; y por las tardes escribo porque me apetece, sin más. Esta posición privilegiada, supongo, es la que me ha llevado a detestar tantísimo una tendencia que parece pasar relativamente desapercibida: la de publicaciones que no pagan, que pagan en especie, o peor aún, que pagan en “prestigio”. Esto de pagar en prestigio, por cierto, es totalmente verídico. Disparatado, lo sé, pero verídico.

A la gente a la que no se le paga por trabajar, se le paga en comodidades, o se le paga con una buena reputación, tradicionalmente se les ha llamado esclavos. Mientras que evidentemente en la actualidad nadie pone grilletes a nadie (quiero pensar), la sombra del “si no lo haces tú, ya lo hará otro” siempre está ahí, apretando. Eso, aunque mucho más sutil, es otro tipo de grillete mucho más estrecho. Es el grillete de tener la posibilidad de “embellecer” un currículo en un lado de la balanza, y la dignidad en el otro. El grillete de tener la sensación de que pase lo que pase es imposible tomar la decisión correcta. Y total, todos sabemos que la dignidad no solo está sobrevalorada, sino que a la larga da de comer más bien poco.

Lo más jodido del asunto es que, si bien hay personas que han estudiado una carrera de cuatro años con el firme objetivo de escribir en un medio; como dije al principio también los hay que escribimos por simple amor al arte. Desde el punto de vista del periodista, entiendo, la situación es aún más turbadora. Al fin y al cabo, al aficionado que tiene un blog de fútbol y le ofrecen colaborar con una publicación deportiva, es muy probable que se le hagan los ojos chiribitas con tan solo ver su texto publicado (no digamos si encima va firmado). Ante la tesitura de contratar a periodista licenciado y pagarle un sueldo decente, o emplear a varios aficionados pagados con delicioso prestigio, la gran mayoría de medios lo tiene claro.

Esto que comento, sé de buena tinta que es particularmente cierto dentro del ámbito en el que más me he movido: el del periodismo de videojuegos. El pago en especie, o lo que es lo mismo, en copias de prensa de videojuegos es el más habitual en medios grandes. El discurso suele ser que un juego cuesta unos sesenta euros, por lo que quedándote el juego en cuestión deberías darte con un canto en los dientes. Por otro lado, casi peor se me antojan los medios capaces de pagar la redacción de noticias a menos de un euro la unidad. Y los hay. Medios llenos de publicidad. Medios con apoyo externo de compañías. Medios de mierda, claro.

Lo extraño, en cualquier caso, no es que los medios de videojuegos sean un auténtico vertedero, sino que aún quede buena gente intentando luchar contra esa podredumbre. Quizás esta forma de pensar sea algo utópica, pero mientras el propietario de una publicación pueda permitirse el privilegio de comer gracias su trabajo, los empleados de dicha publicación deberían tener un lujo similar. Por muy cotizados que estén los videojuegos, los viajes al extranjero, las entradas a conciertos de música, o la reputación. Escribir también es un trabajo. Y no es gratis.

— Andrés López —

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