…Is a warm gun

El concepto de felicidad probablemente haya sido uno de los más perseguidos a lo largo de la historia de la humanidad. Además, junto al amor ha sido uno de los que más renglones ha llenado. Estoy plenamente convencida.

Nos venden felicidad (o su ausencia) en los libros, las películas, las bebidas refrescantes, los carteles publicitarios, en las floristerías y los pasillos de los supermercados. En cualquier parte hay alguien intentando convencernos de que la felicidad es tangible y moldeable como un trozo de plastilina, de que es algo que tiene que estar presente las veinticuatro horas de nuestro día, como cada una de nuestras imperfecciones.

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Me parece una buena filosofía eso de perseguir la felicidad todos los días de tu vida, convencidos de que es algo que tiene que estar, pero creo sinceramente que perseguirla tan fervientemente sólo trae decepción. Porque, a fin de cuentas, la vida nos demuestra cada día que es más fácil hacernos llorar que hacernos felices. Y contra eso es contra lo que hay que luchar.

Recientemente, y con motivo de mi graduación, todo el mundo me ha felicitado y me ha dado a entender que, por norma, ahora mismo debería ser muy feliz. Sería muy feliz si Jazztel decidiese aceptar que he pagado religiosamente todos mis recibos y me dejase darme de baja, sería muy feliz si consiguiese un trabajo decente y remunerado, sería muy feliz si la política fuese más honesta, si el Sáhara dejase de estar ocupado y si hubiese un canal dedicado a poner mis películas y series favoritas en bucle.

Aún así, soy feliz. Hay cosas que dependen de mí y que, por tanto, puedo currármelo más o menos para conseguirlas. Hay otras que no dependen de mí, y trato de tomármelo con filosofía. Tengo unos amigos que, misteriosamente, me quieren tal como soy y aceptan cada una de mis excentricidades, y una familia que lleva soportando mi soberbia veintidós años sin recibir remuneración a cambio. Eso es motivo suficiente para ser feliz. He tenido la posibilidad de elegir siempre el camino que he querido, y siempre se ha respetado mi vocación a mi alrededor. Tengo una cama confortable en mi casa, y una habitación en un piso de estudiantes donde siempre me caben mis trastos, por muchos que sean. Puedo ducharme todas las mañanas con agua caliente y comer siempre que quiero. Esto es algo que millones de personas no pueden decir.

No obstante, y aunque ahora esté escribiendo sobre todo esto, normalmente no me paro a pensar en la felicidad. Simplemente, cuando tengo que hablar de ella, me sale una argumentación cuasi lógica de un modo más o menos fluido. Aunque no me haya parado a formar una opinión concreta sobre este tema.

Me percaté de esto cuando lo dejé con mi antiguo novio (creo que puedo contar cosas como esta). Me remití a la felicidad con una argumentación de apariencia muy labrada que acababa de fabricar sobre la marcha. Cuando él me dijo que quería seguir sabiendo de mí, y que me deseaba lo mejor, yo le dije que así, de primeras, era mejor que no supiese nada de mí, pero que, si lo tranquilizaba, le contaría mis planes a corto plazo (porque mis planes siempre son a corto plazo). Le dije que bajaría a mi pueblo una vez al mes, como siempre, que disfrutaría a diario de todos mis amigos, que seguiría con mis prácticas hasta que terminasen, que aprobaría todas las asignaturas que me quedaban para terminar la carrera, que seguiría con mi trabajo de fin de grado, que nacería mi prima, que me graduaría, que expondría mi trabajo de fin de grado y que, antes o después, encontraría algo en lo que trabajar que me motivase de verdad. Y que, en definitiva, me iba a encargar de ser feliz, porque era lo que llevaba haciendo veintidós años de mi vida y lo que me hacía levantarme de la cama cada mañana.

Se lo dije sin rencor, se lo dije como amiga, con la voz de quien lo había querido por encima de muchas cosas pero de quien también era consciente de que ambos podíamos vivir el uno sin el otro. Se lo dije, en parte, movida por la felicidad. No la que dejan las relaciones rotas, sino la que da el conocimiento de saber que después de eso el mundo no se para y hay un largo camino por recorrer.

Y así fue. Si él me lee ahora, probablemente se le haya dibujado en la cara una mueca parecida a una sonrisa. Y sabe que, pase lo que pase, estaré bien, o por lo menos me encargaré de ello. Todos esos pronósticos se han cumplido en su plazo correcto y eso me hace feliz. La felicidad es eso, bloquear lo que te podría hacer infeliz y potenciar lo que te alegra hasta el último músculo de tu cuerpo.

La felicidad no es algo que nos podamos encontrar en cualquier lado, hay que tener claro que hay que conseguirla, pero sin perseguirla, sin agobiarla. Como una especie de cortejo. Dejarle su espacio, dejarnos sangrar. Y llega. Sólo tenemos que preocuparnos de tener la casa bien ordenada.

Por otro lado, depende de parámetros muy diversos. Ayer mismo, cuando llegué a mi pueblo después de un largo día de resaca y mudanza, saqué fuerzas para salir un rato con mis amigos. No hicimos gran cosa, simplemente nos sentamos alrededor de una mesa y nos pusimos al día de todo lo que nos había pasado desde que no nos veíamos. Comprendí una vez más que, si no fuese porque tengo a mi lado a personas como ellos, no podría reírme tanto de la vida. En un momento determinado, cuando una de nuestras amigas nos contaba su regreso del Erasmus al mundo real, sucedió algo. Nos contó que, después de pasarse las dos horas de trayecto París-Sevilla llorando, cuando bajó del avión y vio a sus padres y a sus amigos entendió que también el mundo real la hacía feliz. Dijo que iba en el coche mirando los campos, ya secos, bajo el sol abrasador, y que pensó “es que a mí esto también me hace feliz”.

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De repente, vi mis últimos años de vida materializados en esa frase. Y es verdad, porque yo estoy harta de viajar en trenes y autobuses después de viajes interminables, y me baje en Madrid, en Mérida, en Almendralejo o en mi pueblo siempre pienso lo mismo: es que aquí yo soy inmensamente feliz también. Y creo que eso es tener mucha suerte en la vida.

No busquéis la felicidad en el supermercado, porque está en el post-depilación, en los hielos de las copas que bebemos y en las vueltas a casa después de las reuniones de amigos. Está en la fricción que gobierna el abrazo de las parejas en mitad del frío de una ciudad cualquiera, está en la música que escuchamos para hacer más amenos los viajes en metro, en el cielo nublado que vemos justo antes de llegar a casa, en cada minuto de antes de dormir en el que pensamos en esas horas de descanso, en cada beso a tu familia, en cada orgasmo, en el ruido de los tenedores en las cenas con amigos, en el rumor que acompaña a los sitios en los que hemos disfrutado del momento preciso.

Mirad los campos secos, ellos tienen la respuesta.

Estefanía Ramos

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