Encendamos los fogones

Masterchef

Querido lector (cuyas diptrías aumentarán si no tiene cuidado con las ondas que su ordenador o aparato móvil le está transmitiendo en estos instantes): Hola, encantada de conocerle. Tal vez me recuerde de un artículo en el cual aparecía Falete disfrazado de sirena, o tal vez no. Quién sabe, el tiempo pasa para todos. A lo que iba, cuando me dispuse a preparar el tema de este primer artículo oficial la cabeza se me llenó de dudas: “Vale, es el primero. Ahora bien, ¿he de ir al grano con los temas o esquivar una confianza no adquirida con un público que acaba de descubrir mi presencia?” Es decir, ¿es mejor comprar la comida preparada u optar por adquirir las materias primas para generar posteriormente la mezcla alimenticia? Además, ¿qué puedo preparar con ello? Debería llamar a algún concursante de Master Chef para que me sorprenda con alguna de sus creaciones. El problema es, ¿a quien? Aprovechando que se acerca la final del programa hablaré de ello, hoy me siento generosa.

 Sinceramente, existen demasiados elementos a destacar de este programa revelación que ha conseguido, logrado, que TVE recupere en cierta manera a esa audiencia que ya había olvidado que en nuestro país existe una televisión pública (bueno, “pública”). El problema es que la falta de confianza que aún nos falta (sí, entre usted y yo), me impide adentrarme a conciencia en el terreno. Será mejor llevar esta relación poco a poco.

Master Chef llegó a nuestros hogares sigilosamente, pidiendo permiso para limpiarse los zapatos en la alfombrilla “welcome to my house” de la entrada. Pocas personas hubiesen apostado que, por ejemplo, desbancaría a uno de los grandes titanes de Mediaset, Gran Hermano, sin embargo, lo logró y dándole donde más le duele. Se adentró en nuestras cocinas hasta alcanzar la nevera y transformarla a su antojo. Porque, queridos lectores, seamos realistas, todos hemos sentido la presencia de Mª Bel y sus alcachofas en nuestra casa, persiguiéndonos a voz de “¡niña, de aquí no te levantas hasta que no te comas todo lo que tienes en el plato!”. Efectivamente, esa figura maternal que representa la veterana concursante ha sido un factor determinante en el éxito en cuanto al target comercial que su propia personalidad representa. Y es que TVE se lo ha pensado bien a la hora de elegir los concursantes, todos situados en una escala socioeconómica diferente, en peldaños paralelos ascendentes que conforman la vida humana generalizada. Es por ello que Mª Bel se puede considerar como “la abuela de España”, o por ejemplo Fabian, reflejo de nuestra infancia, de ese cocinero fallido que todos llevamos dentro pero que en su caso tuvo final feliz. Y Eva, sí Eva, esa mujer andaluza con mucho salero (y no lo digo por la que lió con aquel postre de manzana de la segunda prueba de paso a la final del programa) que tan pronto te mezcla cerezas con pimienta que morcilla con Nutella. Para mi es la cocinillas científica, aquel familiar que experimenta con sabores y texturas alimenticias kamikazes. Siguiendo en el entorno parental José Andrés también ocupa un espacio: típico tío lejano el cual posee un libro de recetas en su salón y está convencido de que aun habiendo desgastado las páginas del mismo hasta convertirlo en un papiro de ‘época egipcia, las creaciones son realmente suyas, con copyright y declaradas a hacienda.

Sin embargo, si se piensa que los participantes son los únicos personajes, seres curiosos del espacio se equivocan. Podría decirse que los jueces poseen unas ciertas características evocadoras de un famoso programa musical que hace años llevó al éxtasis mediático a la cadena pública. El más claro ejemplo es la figura de Pepe Rodríguez Rey, ¿o es que nadie nota la cercanía, el parecido, con Risto Mejide en su función de “poli malo”? No comentaré en profundidad la actuación de Samantha Vallejo-Nágera porque tiene demasiado con su investigación por el caso Gao Ping, pero sí debo destacar el realismo y sencillez con el que, a mi parecer, transmite la información sobre las pruebas a los participantes. Me pregunto si Almodóvar le ha ofrecido ya un papel en su próxima película… Realmente lo dudo mucho. El caso de Jordi Cruz es distinto porque ahora las carpetas de las adolescentes españolas están decoradas con su rostro y si quiero salir a la calle sin guardaespaldas debo mantenerme al margen. Atrás queda la etapa decorativa con grupos musicales, aquellos ídolos que sembraban el pánico entre los cristaleros debido a la ruptura de vasos y demás utensilios generado por los gritos de estas jóvenes fans. Ahora lo que se lleva es la estampación con sus recetas translúcidas, a modo de marca de agua, junto a su cara. Quizás exagero, o quizás no.

En fin, querido lector, podría seguir pero grandes dosis de mi lectura llegaría a causar un efecto contrario al que pretendo conseguir: que repita la semana próxima. Es por ello que nos mantendremos en pause y le emplazo aquí, a partir de la misma hora, con un café o un té (lo que usted prefiera) para continuar con nuestra “charla”. Total, ¿qué mejor que la lectura para después de comer?

— Miriam Puelles —

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