De punta en blanco

Jonathan puso un espejo entre su vida y la mía y, sin haberlo pactado, de repente nos encontramos con que yo también tenía programada una entrada sobre graduaciones para esta semana. Ya os conté que a menudo experimentamos una peligrosa sincronía que ni siquiera está pactada. Qué vamos a hacerle.

El caso es que yo tenía programada la entrada desde el día en que me compré el vestido, séase, el día 8 de mayo. La graduación será a mi vida lo que la boda a mis amigas del pueblo, esto es, el acto que me acercará más a estar celebrando algo que realmente amo. Y, como así de momento no entra en mis planes lo de casarme ni creo que vaya a reunir jamás el dinero necesario para una boda en condiciones, me da que la graduación será una especie de boda. De ahí que me haya comprado un vestido largo blanco.

El caso es que aquí me hallo. Cuando leáis esta entrada, quedarán 24 horas escasas para graduarme. Ahora estoy a muchas horas de que eso pase, y aún tengo tiempo de prever más o menos lo que va a suceder ese día.

Recuerdo que, cuando me gradué en bachillerato y me preguntaban que qué quería estudiar, yo siempre decía que la carrera la tenía clara desde los quince años, que lo que no me quedaba claro era qué hacer a partir del día después de mi graduación de la carrera. Nunca pensé que estas palabras pudiesen convertirse en una afirmación tan peligrosamente acertada.

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Y aquí me tenéis, que en estos cuatro años he hecho de todo menos concienciarme de aquello a lo que me quiero dedicar a corto plazo. Da igual. Este no es el momento.

En cualquier caso, y, lejos de todo protocolo, os voy a contar más o menos lo que va a suceder en mi graduación.

En primer lugar, yo nunca me imaginé que el día después de un acontecimiento tan épico tuviese que dirigir una mudanza. Me imagino con las ojeras marca de la casa,  la voz de yonki y un aliento que podría quemar un bosque entero, dándoles a mis padres las directrices básicas mientras ellos despotrican de la vida que llevo, mi comportamiento déspota y cosas así. No era lo que había soñado para el día después de mi graduación, pero es lo que hay.

En segundo lugar, el vestido. La elección del vestido la llevé a cabo sin mucha meditación y sin pensar demasiado en el protocolo. Elegí un vestido blanco, largo, con complementos de colores. No me paré a pensar en los grandes inconvenientes de llevar un vestido blanco a una fiesta que sería un festival del alcohol y el sudor. Y, a día de hoy, aún no tengo más claro qué es más blanco, si mi piel o mi vestido.

Siendo así, y teniendo en cuenta que quiero amortizar ese precioso vestido blanco a lo largo de unos años, decidí comprarme otro vestido para la fiesta. Ya que no me voy a casar, invierto el dinero de la boda en cosas como esta. Yastá, no pasa ná.

En tercer lugar, la ceremonia. Este trámite me produce una especie de pesadumbre. Concretamente, el momento en que me tengan que poner la beca y tenga que mirar al infinito. En primer lugar, porque ya sé de antemano que me voy a tropezar e incluso a caer en ese momento (acordáos de esto). En segundo lugar, porque no tengo la necesidad de que un salón entero me mire. En tercer lugar, porque ¿qué sentido tiene mirar al infinito para que la gente vea que llevas un pedazo de fieltro gris sobre los hombros? Ná, tontás, como dicen en mi pueblo.

En cuarto lugar, y en estrecha conexión con lo anteriormente explicado, el discurso de la gala me causa inquietud. Por el discurso, porque a José Cabeza se le da genial ponerme nerviosa, porque sé que me voy a caer delante de 300 personas, porque voy a ver por última vez probablemente a los profesores que me han evaluado durante cuatro años, porque se acaba la mejor etapa de mi vida y porque a partir de esto no me he planteado mi existencia.

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Y el momento llega, como llega el Orgullo Gay todos los años, como llegan los finales de temporada de las series, como se terminan las grandes y prometedoras historias de amor. Es así, porque nos guste o no las cosas se terminan.

El otro día me llevaron a cenar (y digo me llevaron, porque ni en mis sueños en los que soy becaria remunerada correctamente imaginaba cosas así) y no fui capaz de terminar la cena por lo espectacular de los platos y lo tremendamente buenos que estaban. Me bloqueé. O fue mi estómago, o a saber. El caso es que ante tanto plato bueno me agobié y se me pasó el hambre. Pues algo así me pasa con la graduación. Han sido tantos momentos buenos, y malos, y peores, pero compartidos con gente tan genial que me estoy bloqueando. Estoy empezando a querer quedarme atascada en estos días que quedan antes de la graduación, en quedarme pegada a este piso en el que vivo, con estos compañeros que tengo, esta cama horrible, esta incertidumbre y esta gente de clase.

Y probablemente venga gente muy buena tras de esto, y quizás lo mejor esté por llegar, y tal vez descubra que al final sólo me va a quedar lo mejor, pero de momento no soy capaz de distinguir entre lo mejor y lo peor porque todo esto me parece que tiene un sabor cojonudo, mejor incluso que el de la cena del otro día.

De haber experimentado otras circunstancias, quizás me hubiese planteado más veces qué hubiese pasado en caso de elegir otra universidad, de matricularme en la doble titulación o de haberme visto obligada a estudiar en Badajoz. Pero no me lo planteo porque al final sé que mi destino era estar aquí, que lo correcto es haber conocido a esta gente y lo justo es que me pegue la hostia madre cuando me levante para que me pongan la beca y todo el mundo esté mirando al escenario.

Y no pasa nada, porque todo esto está de puta madre. Estos cuatro años han estado de puta madre y cada uno ha superado el anterior. ¿Y sabéis por qué? Porque saber elegir el camino correcto es una de las mejores satisfacciones que pueda tener alguien en la vida. Y yo sé que mi camino son ellos, y que mi destino es quemarle las pestañas a mis padres el viernes en plena mudanza.

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No podía imaginar un panorama mejor. Y yastá, Paloma, Jonathan, Arturo y yo nos graduamos mañana, y todos los que queráis quedáis invitados a ver cómo termina nuestra peculiar película.

Siempre nos quedará McLovin.

Estefanía Ramos

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