Las canciones con mi nombre

En los veintidós años que llevo viva, no recuerdo una sola vez que no me haya sentido ajena cuando alguien pronuncia mi nombre. De hecho, me siento menos extraña cuando alguien desconocido, como un jefe o un profesor que acaba de entrar en mi vida, lo pronuncia que cuando lo pronuncia alguien conocido.

Sé que es un clásico eso de que a uno no le guste su nombre, y yo os voy a explicar por qué el mío supone algo parecido a lo que significa el personaje de Marla dentro de El club de la lucha.

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Para empezar, ni siquiera mis padres saben por qué me llamo así. Cuando nací, no habían pensado en ningún nombre y entre ellos no llegaban a ningún acuerdo acerca de qué nombre era el que me querían poner. Si era niño, lo tenían relativamente claro. Entre las opciones estaban Víctor, Miguel, Daniel o Mario. Pero calculo que cuando se enteraron de que yo iba a ser niña se encontraron con un desacuerdo. Así es que llegó la primavera, llegó el veinte de marzo, mi madre se puso de parto, mi abuela tuvo el presentimiento de que yo iba a ser de todo menos normal y yo nací sin que nadie supiese cómo iba a llamarme.

Os prometo que a lo largo de todos estos años de vida mis padres y yo hemos intentado averiguar por qué Estefanía como nombre y no otro. Después de muchas hipótesis elaboradas a lo largo de algunos años, mi madre siempre dice que ella no pensó jamás en ese nombre, y cree que lo más probable es que, con la modorra de la anestesia, se confundiese con las princesas de Mónaco y que en lugar de ponerme Carolina, que sí que le gustaba, me puso Estefanía. En esa misma conversación, mi padre argumentó que la idea fue suya, que el nombre le gustaba desde antes (algo que yo nunca había oído en anteriores argumentaciones al respecto). Entonces yo tenía dieciséis años y decidí no preguntar jamás para no seguir escuchando argumentos cruzados.

Esa es la historia de mi nombre. Una broma. Gila nació solo y yo nací sin nombre.

Asimismo, he vivido todos estos años con un nombre que, aparte de no gustarme, significa “coronación”, siendo yo republicana hasta la médula desde que con diez años me paré por primera vez a pensar en el valor de la Monarquía. Las ventajas y desventajas de tener un nombre largo confluyen siempre en un único camino: que al final te acaban llamando por infinidad de combinaciones. No imagináis lo que dan de sí las nueve letras de mi nombre. Así es que la gente con la que más trato tengo acostumbra a llamarme de cualquier manera menos por mi nombre real. Y eso me consuela un poco.

No obstante, esto tampoco ha supuesto ningún trauma. Supongo que nací con la misma dosis de sentido del humor que de mala leche, que ya es mucho decir. Así es que me lo he ido tomando con filosofía.

Aún así, hay cosas que nunca he aceptado. He crecido observando cómo se hacían canciones preciosas con nombres de mujer, y percatándome de que quizás el mío era demasiado largo o sonaba demasiado mal como para hacer canciones con él.

Lorena, Paloma, Lucía, Noelia, Carolina, Penélope, Ana, Victoria y Soledad tenían canciones y Estefanía no tenía ni una. Eso pensaba yo con siete años, y le expresaba mi pesar a mi madre, siempre paciente ante las chorradas como pianos que componían mis preocupaciones infantiles. Entonces ella me decía que su nombre tampoco tenía canción, que por eso no pasaba nada, y que si prefería acaso que me hiciesen una canción como la “María” de Ricky Martin. Y ahí era cuando yo negaba fuertemente con la cabeza y me convencía de que no había nada malo en eso.

Pero seguí descubriendo a la Jimena de Sabina, a la Julia de John Lennon, a la Cecilia de Fito Páez y a la Amanda de Víctor Jara. Y seguía enfurecida con mi nombre.

Y, sin que fuese un nombre que me gustase ni siquiera remotamente, cada vez que escuchaba Paloma de Andrés Calamaro maldecía el momento en que mis padres no se pararon a pensar en ese nombre. Para mí, Paloma, de Andrés Calamaro, es una de las declaraciones de amor y lealtad más espectaculares que el ser humano ha hecho jamás. Y siempre creeré que hubiese merecido la pena llamarme así únicamente por la existencia de esa canción.

En mitad de mi decepción, yo pensaba que jamás nadie podría escribir una canción con mi nombre, que ninguna Estefanía del mundo podría dar lugar a una novela, a una canción o a un poema. Que no merecíamos que la Literatura, el Cine o la Música se vertiesen sobre nosotras. Y siempre pensaba que, aunque mi nombre no fuese santo de mi devoción, había nombres mucho más feos que tenían canciones y a la gente no le parecía tan mal.

Entonces llegaron las emisoras de rock anglosajón y estadounidense, y llegaron los viajes en coche con mi padre , y mis conocimientos de inglés aumentaron lo suficiente para entender que el atractivo y venerable Lou Reed me había dedicado una canción. Stephanie Says me salvó un poco de todo aquel atropello onomástico en que me hallaba. Y fue un consuelo más que suficiente para diez años de pequeñas paranoias.

Pasaron más años, y llegó Milow.

Luego, muchos años después (frente a algo muy distinto al paredón de fusilamiento), alguien me acercó a la idea de que mi nombre podía estar insertado en un texto bonito sin desmerecer las líneas. Llovió bastante y aquello se desvaneció un poco. Ahora, es probable que todas las canciones hablen de mí aunque pocas lleven mi nombre.

Y lo único cierto es que, lejos de mi preocupación pueril, me importa un bledo. Aunque sigo pensando que aún estoy a tiempo de que algún cantautor componga una canción con mi nombre, por saldar deudas.

Estefanía Ramos

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