Sólo viento

A veces, cuando el recuerdo de un momento enteramente feliz me ataca, me imagino una gran aguja inoculando en mi cuerpo una especie de virus que me va consumiendo, que me ataca cuando menos lo necesito y que me asalta sin venir a cuento. Entonces tiendo a pensar que lo único que necesito en mi vida es algo parecido a aquella empresa que aparecía en cierta película de Gondry encargada de borrar cierto tipo de recuerdos. Me imagino haciendo un listado de todo lo que quiero borrar, me imagino sometiéndome al tratamiento y, acto seguido, tatuándome en la palma de mi mano “Ignorance is bliss”.

No son muchos recuerdos, cierto es. Están esparcidos en mi línea cronológica vital e impregnados de un sabor agridulce, el mismo que deja la felicidad completa después de un tiempo. La insalvable distancia entre quiero y lo que la realidad me quita.

Y es curioso, porque toda esta sensación tiene el sabor de las canciones de Nacho Vegas, sus ojos verdes, sus manos milagrosas y su voz de whisky.

Estefanía Ramos

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