Lo desconocido

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El canto es la emisión de sonidos a través del aparato fonador -comúnmente llamado voz- y es de las actividades más misteriosas y bellas que puede realizar el ser humano. Aunque se piensa que se deteriora con el paso del tiempo al igual que la piel, el pelo y otras partes del cuerpo, esto no es correcto. Músicos tan dispares como el tenor y director de orquesta Plácido Domingo, con 72 años y 142 papeles interpretados durante su vida profesional, o David Coverdale, con 61 años y cantante de los grupos Deep Purple y posteriormente Whitesnake, ejemplifican como la voz puede permanecer hasta la vejez.

Nuestra garganta es un complejo entramado de articulaciones, cuerdas, músculos y otros que, juntos, forman una verdadera obra de ingeniería natural que nos permite comunicarnos de mil maneras diferentes. Timbre, intensidad, intencionalidad, proyección, sentimiento y un largo etcétera de elementos que pueden ser utilizados ilimitadamente mientras no nos sobrepasemos. Sin embargo, se suele dar por sentado que no hay que educarla ni cuidarla, por lo que luego aparecen dilemas posteriores como afonías, desgaste de las cuerdas y voces roncas que antes no lo eran. Es como poseer un violín y no preservarlo. Por más bueno que sea, acabará ajado. Y aquí se presentaría otro contratiempo: al violín se le puede cambiar las cuerdas cuando estén raídas, mientras que el ser humano no tiene semejante posibilidad.

Cantemos o no, nuestra voz es similar a un instrumento de cuerda cualquiera. Por seguir con el ejemplo del violín, la madera, el hueco que presenta por dentro y su diseño, equivaldrían a nuestra laringe, faringe, al espacio que dejamos interiormente, pulmones y al diafragma. Por otro lado, las cuerdas del violín se corresponderían con las nuestras y el arco con el que se accionan las mismas acompañado por el movimiento de la mano en el mástil, en el individuo lo conformarían la glotis, el velo del paladar, la mayor o menor abertura de la boca, la lengua y, por supuesto, el aire expirado para que las cuerdas puedan accionarse. Sin aire, no hay música. Y por supuesto, la colocación de todos estos elementos, al igual que en el violín, no es casual.

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Explicar la asignatura de canto es una tarea ardua. El profesor puede guiar y aconsejar que se deje más espacio, se levante la lengua, se suba el velo del paladar o que no se intente escuchar lo emitido, ya que lo que oye el propio cantante no es lo mismo que lo que percibe el que se sitúa delante. Sin embargo, no existe un ejemplo práctico en el que basarse, no se consigue observar lo que el mentor realiza por dentro, así que solo resta el instinto y la intuición durante el aprendizaje.

La voz es el alma de cada persona, es el principal rasgo diferencial que nos hace únicos y nos otorga una entidad, mucho mayor que el nombre o nuestra apariencia. Nada más nacer es lo primero que se sabe de nosotros, es el signo inequívoco de que ya estamos aquí. Inconcebible que una criatura tan pequeña pueda emitir un sonido tan desgarrador sin tener siquiera control sobre sí mismo. Es un verdadero regalo natural.

El llanto de un bebé puede oírse durante mucho tiempo sin que éste se quede afónico, igual que cuando se encuentra bien y expresa su alegría con gritos de júbilo. ¿Por qué es posible? Los bebés utilizan su diafragma para respirar y lo combinan dejando las cuerdas vocales y todo el aparato fonador abierto y relajado, como haría una soprano o un tenor. Con el paso del tiempo, el niño comienza a integrar manías que entorpecerán lo que se había conseguido al nacer. Y la que más nos perjudica es el querer oírnos cuando hablamos. El secreto de todo cantante, ya sea solo o en coro, es educar su cerebro para que no quiera escucharse. La nota que quiere dar debe llegar sola, es ella la que tiene que buscarle a él y no él a ella. Este es el problema más complejo que padecemos, la necesidad de oírnos hablando y, por ende, cantando. Con esto se podría explicar por qué después de un fin de semana de fiesta muchos nos quedamos afónicos. Es el mero requisito de escucharnos mientras estamos conversando -más bien gritando- al oído del otro con la música a todo volumen o con un ruido desmesurado. Nuestra garganta se contrae, se tensa en lugar de relajarse, produciendo un sobreesfuerzo que rasga las cuerdas vocales y las inflama.

La mayoría considera que desafina como un pavo real y que no tiene oportunidades para acometer esa acción. No es cierto. La capacidad de poder hacerlo la tienen todos los individuos. El inconveniente está en que no sabemos utilizar nuestra voz correctamente debido al paso de los años y, como señalaba anteriormente, a esos vicios que vamos incluyendo en nuestro modo de comunicarnos.

Claro está que no todos pueden alcanzar los mismos registros (agudos-graves) y que se precisa de un instrumento y predisposición concretos para ser, por ejemplo, Maria Callas, además de una sensibilidad excepcional. Es la propia naturaleza la que introduce los límites en cada ser. Pero la posibilidad de cantar es inherente al ser humano. Solo hay que quitarse prejuicios sociales y querer. Es una sensación maravillosa notar como el aire fluye por tu cuerpo. Como tu cara, tu espalda, e incluso tus manos, vibran y sale algo de ti que nunca antes habías percibido. Lo cierto es que es indescriptible y solo se puede entender si se vive en primera persona.

El aprender esta disciplina está muy infravalorado en la actualidad por su relación directa con la fama y el dinero, además del célebre merchandising televisivo. Pero, enfocado en otra dirección, impulsa a conocerse, a controlarse interiormente e, incluso, a sentir paz y armonía corporal. Por ejemplo, es un excelente complemento para aquéllos que trabajan de cara al público y acaban fatigados a lo largo del día. Enseña a respirar, a respetar las comas y puntos que frecuentemente se olvidan en una conversación y a ser consciente de uno mismo. Los músicos otorgan alma a sus instrumentos, tocan con sentimiento y emoción y se muestran agradecidos ante lo que reciben. Los cantantes tardan una media de 10 años en formar su instrumento y en saber dominarlo. Pero cuando lo consiguen, son las personas más afortunadas del planeta.

La música es vida y es un tipo de amor, porque el que la elige dedica su tiempo, esfuerzo y cariño a ello. Y ya no es la búsqueda de ser mejor día a día, sino que para el músico, el simple rozamiento con la yema de sus dedos o el notar el peso en su cuerpo al transportar a su fiel compañero de viaje, le otorga seguridad y bienestar. Imaginen como será para el cantante.

Actualmente es impensable la vida sin referentes u obras musicales que marcaron diferentes momentos de la historia. El cine no sería cine sin la banda sonora, imprescindible en innumerables ocasiones para aportar significado o emoción a situaciones de la gran pantalla que la imagen por sí sola no conseguiría. Y la vida sería aún más complicada -si cabe-, pues temas como el amor, el miedo y la tristeza, de difícil palabra, se evocan de manera más clara a través de un hilo musical.  Como decía Leonard Bernstein, “La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido”.

—Sonia Baratas Alves—

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