El eterno complejo de Peter Pan

Disney ha hecho mucho daño a la sociedad Occidental. Principes que rescatan a princesas porque éstas nunca pueden apañárselas sola… cuentos de hada, ratones que hablan; y niños que no quieren crecer.

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Aunque a  voz de pronto suene raro, llevo tiempo observando que el síndrome de Peter Pan está demasiado anclado en las generaciones que hemos crecido con esa película -y he de añadir que siempre fue, junto con el Rey León, mi favoritísima-, que estamos rodeados de personas que no quieren crecer y no lo hacen. Creo que se agarran tanto a tiempos pasados que al final acaban por retroceder en el proceso de evolución a estados anteriores, normalmente, la adolescencia porque la niñez ya pilla un poco lejos. Y viven una adolescencia constante. Y eso me aterra.

Creo que uno de los momentos más críticos de una persona es el paso de la adolescencia a la juventud, momento en el que se adquieren unas libertades que se anhelan con quince años, pero también unas responsabilidades acordes con un nivel de maduración propio del proceso evolutivo. No hay un momento clave. No sucede cuando uno cumple los 18 años. Tampoco cuando va a la Universidad (aunque esto ayuda). Hay personas que pasan la veintena y siguen anclados, y otros que la vida les hace dar el paso antes. Apenas sé de psicología y no quiero entrar entrar en la discusión de los procesos de evolución de las personas, ni por qué se producen o por qué no, por que sé que habrá quien sepa más que yo sobre el tema, pero si quiero hablar de unos estados que he observado en estos últimos meses con compañeros de generación.

Hay ciertas personas a las que he diagnosticado síndrome de Peter Pan por los siguientes comportamientos.

Estancamiento en los estudios. De vez en cuando me dejo caer por el colegio donde estudié hasta bachillerato, y a veces veo caras demasiado conocidas aún allí. Creo que el estirar hasta límites ridículos la vida de instituto es un claro síntoma de querer se adolescente de por vida.

En mi corta vida, si algo he aprendido, es que crecer es ir cerrando etapas y abriendo puertas. Y si nos dan un portazo en las narices, hay que abrir ventanas, y creo que el complejo de Peter Pan, en definitiva, es un complejo perdido de personas que no saben cerrar puertas y avanzar. La nostalgia es un sentimiento bonito. Recordar nos hace ser lo que somos, pero para tener recuerdos hay que vivir. Y vivir cosas distintas, porque el repetir los mismos patrones de cuando eres adolescente -hacer botellón a las 18.00 en un descampado es igual que hacerlo a las 23.00 cuando tienes veinte años- ni es vivir, ni tienes qué recordar.

Ya no es sólo el no avanzar en la vida académica, o profesional. Muchas veces -y tristemente- se trata más de comportamientos adolescentes en personas que superan la veintena -y con creces-. Supongo que todos -y aunque suene machista, todas- habéis tenido discusiones de instituto. La adolescencia es una edad por la que hay que pasar sólo para caer en patrones de los que hay que aprender y evitar. La adolescencia es una guerra de egos. Y de lucha y de reproches -sobretodo en el ámbito femenino, al menos desde mi experiencia, que acabé por juntarme casi en exclusiva con chicos porque me harté pronto de las discusiones adolescentes-. “Es que tu no me has llamado, es que tu te has liado con el tío que me mola”. Pues debéis saber que hay personas estancadas en esta clase de comportamientos y discusiones. Ególatras que no son capaces de comprender que somos caminos que se juntan y separan según qué puerta abramos. Somos un poco como esos libros en los que nos daban opciones para avanzar a una página u otra, y hay gente empeñada en elegir una y otra vez la misma y volver una y otra vez al mismo punto de partida.

Sin embargo, en ese término que defiendo, en contraposición de la actitud de Peter Pan, en el hecho de crecer, siempre queda una connotación negativa. Parece que crecer es aburrido, o eso nos decían los niños perdidos. Es ponerse un traje y tener una cara triste. Es regañar a los niños, poner malas caras con ciertas actitudes. También es cierto. Hay personas que no saben crecer porque no son capaces de guardar la ilusión de un niño. Tampoco son capaces de añorar de manera sana lo que fueron, y con lo que soñaron. No supieron abrir ventanas cuando les cerraron puertas.

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Cuando crecí, dejé de ilusionarme por la película de Peter Pan, cierto. Crecer me estaba permitiendo cumplir sueños que tenía, y que se alejaban de hadas o príncipes que vendrían a rescatarme de las garras de un horrible dragón. Pero me ilusioné con otra película que me fascinó y lo hace siempre que la reponen en televisión -generalmente en la época de Navidad, ese tiempo en el que todo parece más bonito que en el resto del año-; Descubriendo Nunca Jamás. Estoy enamorada del personaje de J.M. Barrie interpretado por Jhonny Depp. Y puede que creáis que este amor va en contra de todo lo expuesto con anterioridad, que no seáis capaces de ver más que un personaje de un niño en un cuerpo de adulto. En realidad, el autor de Peter Pan, es un adulto con el corazón de un niño pero la mente madura. Quiero decir que el personaje no es otro niño más en la película. Sí, juega con ellos, se emociona creando historias como ellos…pero es capaz de ir más allá de lo que un niño podría y lo convierte en una obra de teatro porque es consciente de qué es ficción y qué es realidad. Creo que eso podría ser otro síntoma del síndrome de Peter Pan; esa clase de personas que no son capaces de diferenciar lo que puede llegar uno a realizar y lo que no. Esos que viven en una clase de ensueño perfecto.

Ojalá todos sepamos crecer sin perder la ilusión de un niño. Evitando comportamientos infantiles, pero emocionados con la novedad que nos da la vida día a día. Buscando todo lo que nos emociona y con cierto saber de nostalgia que no nos atrape y nos haga retroceder en vez de evolucionar. Y crecer. Y madurar.

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