Cuestión de clase: el PSOE

La sede del PSOE e  Ferraz.

La sede del PSOE en Ferraz.

Ignacio Álvarez desgranaba de manera brillante el pasado 19 de mayo el por qué Izquierda Unida no era la Syriza griega con la que tanto gusta identificarse a la coalición de izquierdas española. En estos tiempos en que las políticas de austeridad y el enfoque claramente neoliberal que se le están dando a los recortes, cabe preguntarse si la izquierda española mantiene el concepto de clase dentro de su imaginario ideológico e, incluso, si es posible que puedan recuperarlo. Porque está claro que —aunque si bien no toda— lo ha perdido.

El PSOE es un partido que dentro de la Transición tuvo su propio punto de inflexión para adaptarse al nuevo sistema en el que la conciencia de clase no tenía lugar; Felipe González protagonizó y tuteló —como venía haciendo desde Suresnes— este cambio.

El XXVIII Congreso de los socialistas quedará para la Historia como el fin del marxismo dentro del imaginario socialista, al igual que el no a los 21 puntos de Lenin de 1921, esta acción supuso el abandono de las raíces del partido. Además, este paso permitió al PSOE adaptarse al marco europeo de la socialdemocracia que cambiaba la lucha de clases por la cohesión social. El resultado era un partido de izquierda mayoritario y con aspiraciones de gobierno, pero también tuvo como resultado una desnaturalización del partido. El marxismo servía, a partir de ese momento, como herramienta de análisis, pero quedaba desterrado de un ideario que ha permitido que se perpetuase durante los siguientes treinta años un sistema basado en una monarquía corrupta y que, entre otros aspectos, ha mantenido unas relaciones con la Iglesia muy impropias del socialismo clásico; por no hablar de las continuas traiciones a la clase que le da el nombre al partido y cristalizadas en las repetidas amnistías fiscales y reformas laborales al gusto de la CEOE.

Parafraseando a Francisco Umbral (La década roja, libro del que recomiendo una lectura pormenorizada): «El partido de la estética se había quedado sin ética». Este partido es el PSOE, y esta frase hace referencia a la pérdida de crédito político a la que el Partido Socialista se había visto abocado por sí mismo tras descubrirse casos tan sonados como la financiación ilegal de la trama Filesa, el caso Guerra, el escándalo político del GAL, la fuga de Roldán… Nulla estetica sine etica (no hay estética sin ética), y es que el partido, fruto de esa desnaturalización, había ido rellenando su falta de ética con hueca estética.

Parte de esa estética nueva de la que se rodearon Alfonso Guerra y Felipe González permitió que las exigencias independentistas permearan en el ideario socialista y dieran lugar a situaciones como la siguiente:

En la breve alocución del ya ex presidente González —gritando: «¡Viva el País Vasco libre!»— vemos detrás de él a un jovencísimo Alfonso Guerra. Nueve años más tarde, los Grupos Antiterroristas de Liberación hicieron su propia lucha por aquella Euskal herria a la que se refirió Felipe González.

Aunque nada comparado con el vodevil que se tienen montado en la federación catalana del Partido Socialista, donde se enfrentan la doctrina de partido de Ferraz con la de los socialistas de Cataluña. La doctrina central parece que no termina de cuajar más allá del Ebro, puesto que se han dado situaciones risibles en el Senado, donde la Entesa Catalana (PSC, ICV y EUiA [Esquerra Unida i Alternativa]) ha votado en contra de proposiciones de PSOE e incluso se plantea (el PSC) formar una candidatura conjunta con los componentes de la Entesa para las próximas europeas (junio de 2014).

El tacto socialista hacia las causas independentistas son fruto del olvido —cuando menos electoralista— de la conciencia de clase, que nace y es en su base y raíz internacionalista, por no añadir que Felipe González pudo haber sacado a España de la OTAN, contra la que él mismo luchó enconadamente antes del ingreso de España. La pantomima del referéndum de 1986 y la formulación tendenciosa de la consulta fueron un clamor a aquel «OTAN, de entrada no» (u «OTAN de entrada, no»); además, una cosa era no suscribirse al Komiterm y otra muy diferente era incorporarse a la Alianza militar.

Felipe González (centro) en la mina de Cala, Huelva, siete meses antes de su primera mayoría absoluta.

Felipe González (centro) en la mina de Cala, Huelva, siete meses antes de su primera mayoría absoluta.

La evolución tanto histórica como de intención de voto del PSOE actualmente demuestran que es un partido que ha olvidado su O y que exige de una reformulación de sus principios que lo alejen del sistema que ayudó a constituir tras sus diecisiete años —no consecutivos— de gobierno en España. La sociedad y la militancia socialista exhortan una radicalización; si vendrá de la mano de Beatriz Talegón, Patxi López, Carme Chacón, Eduardo Madina o el mismo Rubalcaba no lo puedo asegurar, aunque está claro que están obligados a ello si quiere mantenerse al PSOE como una apuesta futura de gobierno.

Y dentro de las múltiples paradojas que ofrece la política, no sería otra muy grande que fuera el mismo PSOE el que tenga que cortar con su evolución ideológica para involucionar y dar de esa forma respuesta a las demandas de la sociedad.

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

Agrego que, pese a las críticas vertidas, considero al PSOE, y por defecto a sus dirigentes, como una  pieza clave para el desarrollo de España desde el establecimiento de la democracia, un partido sin el cual el desarrollo de la sociedad española no hubiera sido posible.

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