Calor

atardecerPlaya

Eran las 17.30 de un sábado que prometía ser perfecto. Sus cuerpos se relajaban con las caricias del sol en la piel. Él lo necesitaba. Ya no aguantaba las inclemencias del tiempo -ese frío que afirmaba paralizar sus músculos como si de una enfermedad se tratase-, el vivir en lo que parecía la caverna de Platón. Deseaba volver a sentir el influjo del sol. Y aquella tarde de mayo, una sonrisa se dibujaba en su rostro al mirar más allá del horizonte azul.

Sus ojos almendrados, con una mancha de nacimiento en el derecho, se encontraban tapados, pero ella había memorizado esa mirada. Sus pies se movían al son de una canción que ella no podía escuchar, pero que trataba de acompasar con el sonido del mar. En los silencios que ella marcaba en su pentagrama interior, aprovechaba para rozarle dulcemente. Su olor se mezclaba con el de la brisa marina y ella tomaba cada bocanada de aire como si fuera la última a su lado, para luego regocijarse en el pensamiento de que continuarían por mucho tiempo.

Al tiempo que ella escribía, le observaba disfrutar de su ansiado descanso. El silencio solo se rompía con el baile del bolígrafo deslizándose por las páginas y por el murmullo del mar, que parecía querer acompañar rítmicamente su caligrafía ligera y trotante. Cuando comenzó el siguiente renglón, él decidió interrumpir su tranquilidad con un baño energizante.

Su silueta fue desapareciendo a medida que se adentraba en el mar. La sensación de contrastes entre el calor proporcionado por los rayos de júpiter y el del frío por las corrientes de Neptuno recorrieron sus pies -produciendo un leve cosquilleo-, sus piernas, su sexo, su torso y, por último, su cabeza. Le engulló un silencio extraño debido al contacto de los oídos con el agua y un escalofrío se instaló momentáneamente en su ser.

Cuando emergió a la superficie, millares de gotas de agua formaron un idioma incomprensible y se escondieron en los recovecos de su figura, mientras otras se precipitaban suicidas hacia el vacío. El calor volvía a hacer acto de presencia a medida que él se despedía del océano. Ella le miraba con cierta curiosidad y alborozo. Nunca le había visto con ese semblante, similar al de un niño cuando cree que ha descubierto un tesoro o exultante con su recién construido castillo de arena.

Pronto las gotas que persistían adornando su cuerpo acabarían desapareciendo amparadas bajo la atenta mirada del sol de un sábado a las 17.50.

—Sonia Baratas Alves—

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