Un sábado cualquiera vol.II: Superman no trabaja en tu supermercado

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“Hola, buenos días. Me llamo Jonathan y hoy voy a ser su cajero. Probablemente, usted no lo sepa pero tengo el superpoder de saber lo que está pensando…”

Oh, lo que matarían muchos clientes por oír eso. Debe ser lo más cercano a una sensación clímax que puedan experimentar a las nueve de la mañana… porque no nos engañemos: hay algunos que sólo les pone putear… Como sabéis (y si no lo sabéis es porque no habéis leído el volumen uno), desde hace más de dos años trabajo en un conocido supermercado los fines de semana. No es un mal curro. De hecho, un 90% de las personas a las que atiendo son gente maja… El problema esta en el otro 10%…

Hablo de esas personas que piensan que mientras pasas su compra, podrías estar embolsándosela, cogiendo el dinero, preparando las vueltas, cuidando que su hijo no se rompa la crisma al caerse del carro, pesándole la fruta que se le ha olvidado pesar y todo eso precedido de un “Buenos días” y lo más rápido posible para que no lleguen tarde a recoger al otro niño de catequesis. No sé. Igual hay una concepción tradicional que dice que Superman trabajaba en un supermercado y yo no me he enterado pero, señoras, señores, ni venimos de un planeta lejano, ni nos ha alcanzado una radiación que nos ha hecho increíbles, ni nos ha picado una araña mutante; por lo tanto, siento anunciarles que no somos superhéroes. La vida es dura, podrán superarlo.

¿Qué les pasa a esas personas? Si en algo pudiera parecerme yo a un superhéroe es que encuentro en ellos a mi propio villano y a mi batalla a librar cada fin de semana. ¡Por Dios! No creo que sea necesario dar pruebas de nuestra humanidad pero no, no puedo saber cuántas bolsas va a necesitar para embolsar su compra de tres cestas; no veo a través de los pasillos por lo que, evidentemente, desde mi caja no puedo saber si quedan sandías; y no, el dinero no se multiplica así que no puedo tener mi caja llena de cambio continuamente. Señora, ya me gustaría a mi parecerme a Superman (sobre todo ahora que lo interpreta Henry Cavill) pero no, soy Jonathan Espino al igual que usted es Gregoria y no Lois Lane.

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Yo cobrando a una señora si fuera Superman… Pero no.

El problema de todo esto se encuentra en una escalera social. Sí y es que cuando alguien es cajero, obrero, barrendero, nos pensamos que sólo vale para eso. Total, “la que es tonta para cajera del Día, ¿no?” Recuerdo un día en el que una compañera estaba atendiendo a una señora con su hija. La pequeña iba relatando sus avances en el colegio, no muy brillantes. Entonces, la madre, en un alarde de sabiduría infinita le dijo: “Cariño, tienes que esforzarte más… No querrás acabar de cajera como esta chica”. Casualidades de la vida, fueron a dar con una de mis compañeras universitarias que muy amablemente (o no tanto) le hizo saber que se encontraba en el último año de Derecho. Pero, ¿¡qué coño?! ¿Es que sé es más por tener una carrera que por ser cajero?

Para estos clientes (pequeño break para aclarar que NO TODOS LOS CLIENTES SON ASÍ, ¿ha quedado claro? Que luego mi madre me dice que me voy a ganar que me despidan…Continúo) debemos ser lo suficientemente cortos como para no responder a sus pullas pero, a la vez, contar con visión infrarroja, superfuerza, telequinesia, calculadora para hacer una cuenta donde sea,… Entonces, no me queda claro. Hay algo que no me concuerda…

La conclusión a la que he llegado después de todo esto, tras más de dos años trabajando cara al público, es que este trabajo es lo más parecido a ser una actriz porno: mientras que el lado bueno es que puedes conocer gente maravillosa… el lado malo es que, a veces, no tienes más remedio que respirar hondo y tragar. Y nosotros, yo y todos mis compañeros, ya hemos debido llegar al nivel de Lucía Lapiedra porque somos cojonudos en nuestro trabajo y porque tragar hemos tragado de lo lindo.

—Jonathan Espino—

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