‘Con’ o ‘Contra’

Vacio

Estos últimos días alguien me dijo que le gustaría irse a una isla desierta para buscar cierta paz interior y abandonar el estrés y la ansiedad que provocan factores como el trabajo y personas de su entorno para así dejar la mente en blanco. Nada de “y si”, “pero es que” o “mejor, ¿por qué no haces esto?” Y tampoco “puedo”, “quiero”, “necesito”. Yo le contesté que eso en cierto modo era cobardía, que más que buscar la paz interior, solo estaba queriendo huir de sus problemas en lugar de afrontarlos con entereza. Hoy me trago mis palabras.

Y no es porque haya ocurrido algo en concreto o se me haya revelado algún ser místico este fin de semana, sino que le he dado vueltas a esta cuestión y he llegado a la conclusión de que todos -sin excluir a nadie- necesitamos desaparecer en ciertos momentos vitales en los que no damos más, en los que el colapso es tan grande que, por más que se intente, acabamos sintiendo impotencia al observar que estamos peor que cuando comenzamos.

Aquí entraría también la teoría de “eso solo lo hace el que puede permitírselo”. No hace falta irse al Caribe tampoco a tomar Daikiris -cosa que claramente haría encantada con o sin estrés-, solo hay que tener ‘pueblo’, ese lugar alejado de la mano de Dios en el que solíamos pasar casi todo el verano con la bici, jugando al frontón o las míticas máquinas -hoy en día inexistentes- que poseía el único bar del lugar. Ese pueblo, cuyo nombre solo lo conoces tú y unos cuántos familiares y que alcanzada la adolescencia queda relegado a un segundo plano, es un buen lugar para descansar unos días y meditar.

A veces no se trata de evitar pensar y suponer que si no damos importancia a lo que nos ocurre, la cosa se calmará, sino de divagar en un entorno adecuado. Estamos acostumbrados al constante ruido de ciudad y me he visto en situaciones en las que el silencio se volvía incómodo por el mero hecho de ser silencio, porque invitaba a reflexionar cuando no quieres hacerlo, porque duele si lo intentas. El que dice que se va, puede transmitir cobardía y miedo a la confrontación, pero verdaderamente no hay mayor adversario que uno mismo y no hay nada que dé más miedo que escucharse sin distracciones. El que se fue unos días para ‘desconectar’, volverá antes de lo previsto sino está preparado con excusas como “tenía cosas que hacer” o “me aburría”. Sin embargo, tarde o temprano, esto es necesario.

Cierto que tampoco hay que irse al pueblo, ni a un lugar recóndito. Cierto que siempre estará el dilema del tiempo y las obligaciones que tenemos. Y cierto que si tenemos a alguien querido al lado que escucha lo que nos preocupa, nos sentiremos reconfortados en gran medida. Sin embargo, no siempre dispondremos de esa posibilidad. Nos da por creer que estamos acompañados en todo momento, que tenemos unos cuantos buenos amigos y que, de no hablar con ellos, nos queda la familia, que nunca nos falla. Acertaremos en un gran número de casos, pero también fallaremos. Por no hablar de los momentos en los que, por más gente que haya a tu alrededor, te sientas incomprendido y sin ganas de abrirte. Sea como sea, serán trabas que al final solo nosotros podremos resolver. Y ese proceso se concluye en soledad, lamentablemente.

En último término, por más que cueste creerlo, estamos solos. Nos queda aprender a llevarnos bien o declararnos la guerra. De escoger la segunda opción, tenemos todas las de perder, porque no se trata de luchar ‘contra’, sino ‘con’ uno mismo.

—Sonia Baratas Alves—

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