Vende humo

…pero véndelo bien“.

Esta fue una de las consignas que aprendí el curso pasado en la asignatura de Producción. Siempre nos instaban a hacer algo bueno, algo rebosante de talento y dotado de una gran fuerza, pero al final siempre terminaban diciéndonos que, en caso de no conseguir fabricar un producto fabuloso, vendiésemos humo y lo vendiésemos lo mejor que pudiésemos. “Algo conseguiréis”, nos decían. Y bueno, eso hicimos.

Así es que a partir de ahí me empecé a plantear cierto tipo de cosas y supuse que así se conseguían ciertas cosas en la vida, vendiendo humo con una buena estrategia. De repente, en mi mente se dibujaban distintas escenas de gente que había llegado a cierto punto vendiéndose como algo que en realidad no eran y que estaban lejos de ser. Entrevistas de trabajo, nombramientos de altos cargos, guiones de baja calidad que se convertían en producciones de alto presupuesto… En definitiva, un sinfín de situaciones que me estremecían al tiempo que hacían que en mí creciese una curiosidad tremenda acerca de todo el procedimiento que mediaba entre la creación del humo y el ticket de compra del mismo.

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Entonces se me reveló. Como el soplo de aire fresco de los anocheceres en mi pueblo durante el mes de agosto, como la idea que surge cuando estoy a punto de abandonar el barco un martes por la madrugada y veo que no tengo la entrada del miércoles, como un granizado de limón después de un domingo de resaca y mudanza a finales de junio. Así de revelador fue el hecho de que en mi mente de repente se proyectasen a una vertiginosa velocidad los fotogramas de Trouble in Paradise (me niego a traducir el título al Castellano), de Ernst Lubistch.

De la película, una brillante comedia desde mi punto de vista, me interesa especialmente el romance que mantienen los protagonistas, Lily y Gaston. Ella es una ladrona que se hace pasar por condesa y él es un ladrón que se hace pasar por barón. Se enamoran, cenan juntos, se convierten en fugitivos y demás anécdotas curiosas. Para mí la historia de estos dos personajes, y de paso todo esto de vender humo, se condensa perfectamente en un diálogo que tiene lugar en el transcurso de una cena. Es el que sigue:

Gaston: Tiene que ser una maravillosa cena para los dos. Tal vez no probemos bocado, pero debe ser maravillosa.

Camarero: Entendido, Barón

G: Y, camarero

C: ¿Sí, Barón?

G: ¿Ve esa luna?

C: Perfectamente, barón

G: Quiero esa luna en las copas

C: Sí, barón. (Apuntando). La luna en las copas.

Asimismo, me pareció que esta secuencia de carácter cómico que preparó Lubistch trata un asunto que se traslada a la cotidianidad de nuestros días. Hazte pasar por quien no eres, hazle creer a los demás que eres ese personaje inventado y actúa en consecuencia del mismo. Seduce a tu amada, pide champagne y exige que te pongan la luna en las copas. Agitada, no mezclada.

Y así con todo. Vende tu empresa como la más potente del sector y haz trampas en los procesos, hazle creer a tu público que tu marca crea sensaciones que ni de lejos merece. Dí que has escuchado toda la discografía de Phoenix cuando en realidad no has escuchado más que una canción. Crea tu personaje, vende lo que quieres parecer pero en realidad no eres.

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Calculo que la fabricación de la nube de humo debe de ser algo tremendamente costoso. Imagino que, en el mejor de los casos, debe de haber un elaborado entramado detrás de todo esto. Una especie de briefing, con los puntos y los contrapuntos, con posibles alternativas a cada una de las trabas que puedan surgir.

También deduzco que el desmantelamiento de una o varias de estas mentiras descubiertas debe de conllevar un sufrimiento atroz por parte del fabricante de toda esta patraña. Has estado vendiendo humo y al final han descubierto no sólo tu pobre artimaña sino también que no tienes más argumentos que defender más que todas esas mentiras que has confeccionado. Guay, supongo.

No obstante, de un tiempo a esta parte vengo comprobando cómo a menudo muchas de estas estrategias funcionan. En este caso, desconozco por completo cómo algo así puede resultar exitoso. Cómo esquivas un millar de mentiras y de argumentos frágiles, en especial en asuntos específicamente estructurales. Supongo que en estas ocasiones lo que sucede es que sus promotores tienen muy en cuenta el véndelo bien. Me los imagino repitiéndose a sí mismos la consiga e indagando acerca de cómo convencer mejor para que sus estratagemas suelen creíbles.

De este modo, lo que en un principio debería ser la base de cualquier proyecto, esto es, la honestidad y un objetivo claro, pasa a un segundo plano, reemplazado por un deseo tremendo de defender los bastiones que conforman el estandarte de humo que quieres vender, protegiendo esa imagen bajo ese palio grisáceo que confundirá al personal. Y, cuantos más te crean, mejor.

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Es conveniente tener este tipo de cosas en cuenta, esto de que la gente siempre intenta venderte cosas bajo argumentos un tanto irreales. Recordemos por qué actualmente en España gozamos de un gobierno tan espectacular en lo que a pobreza intelectual y moral respecta. Bueno, gracias a esto y a que la sociedad española es como es, siberets everywhere.

Asimismo, pensad que si vendéis humo alguna vez tenéis que hacerlo tan bien que logréis hacer que los demás se olviden de quiénes son, pierdan su conciencia de clase y recuperen la fe en quienes no tienen la más absoluta credibilidad. Y aseguraos de que tenéis un oponente pobre.

Claves de éxito, supongo. Tampoco quiero ponerlas en práctica de momento, así es que no prestéis mucha atención a estas líneas.

Estefanía Ramos

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