Berlín

De todas las ciudades que he conocido este año, Berlín ha sido la única que me ha dejado insatisfecho, hambriento y con ganas de volver. Berlín es una ciudad viva y joven, donde se mezclan el lastre de la historia y su espíritu innovador. Me cuesta creer, que fuera aquí donde Hitler se erigió führer e incluso me cuesta ni siquiera imaginarme que salgan de esta ciudad las órdenes de la austeridad draconiana que atenazan al Sur.

Mi viaje a Berlín comenzó por todo lo alto: en tren y buena compañía; por delante doce horas de tren repletos de trasbordos, arrastrando maletas, corriendo de aquí para allá… de buen humor, nerviosos y expectantes. Berlín, lo merecía.

En Berlín, tras un recibimiento del Fernsehturm de Alexanderplatz (o la Torre de televisión de la plaza de Alexander), nos encontramos con nuestra guía del viaje. Cuán importante es visitar una ciudad con guía y cuán importante es que te enseñen el Berlín atípico. Porque aunque sea una ciudad ya atípica de por sí, me parece inestimable la que me mostraron.

El Muro, tal vez sea lo que más me impactó, pero no me puedo olvidar del afán de los berlineses por hacer de cada esquina, una playa; de la Puerta de Brandenburgo; de la Isla de los Museos; de las tuberías que pueblan las avenidas; del Volkspark y alrededores, repletos de edificios altos y cuadrados…

Y es en ese momento en el que me da por reflexionar, porque es una ciudad que invita a ello. La reflexión: la atomización del hombre por las sociedades. Esta reflexión bien da para otra entrada.

Berlín…

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

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