William Baire (II)

venganza

Tras unos instantes recobré la compostura y vi reflejado en el semblante de Eleonor un ápice de preocupación. Se había quedado demasiado tiempo en silencio y con la mirada perdida. Lo que antes era tranquilidad en sus manos entrelazadas, se había transformado en un nerviosismo palpable delatado por sus constantes pellizcos y contorsiones. Deseaba seguir hablando con la posadera, pero no hizo falta. De pronto, el mutismo en el que seguía sumergida la habitación se rompió por la irrupción de un nuevo personaje en el escenario. <<Vaya>> —pensé— <<Este sitio no deja de sorprenderme>>.

Tanto Eleonor como yo nos giramos rápidamente hacia la puerta. Nuestros ojos se encontraron con los de un hombre que presentaban alrededor varios surcos de arrugas. El sujeto debía de haber alcanzado ya el medio siglo, o si no, se encontraba cerca. Su cabello blanquecino y ondulado caía sobre sus hombros en cascada y lo que parecía una herida de guerra se dejaba ver en su pierna izquierda, justo a la altura de la rodilla. Sus antebrazos exageradamente anchos y sus hombros musculosos eran signos de una dura vida de trabajo, quizás como herrero.

—Buenos días general, mi nombre es Illyn Derwood —dijo—. Me ofrezco a acompañarle a Rótem. Necesitará que le cuide esas heridas —añadió sin apenas respirar. Agachó la mirada—. Lamento no haber podido hacer nada por sus camaradas, señor, desconocía las causas de su aflicción y continúo divagando sobre qué pudo ser. Espero serle de mayor ayuda durante el recorrido. Quiero compensar mi torpe aportación…

—No se preocupe —le interrumpí. Por lo visto me había equivocado, no era herrero, al menos en el presente. Me sentí súbitamente intrigado—. ¿Puedo llamarle Illyn? Ya que vamos a pasar muchas jornadas en compañía, me parece más apropiado. Si está de acuerdo, por supuesto.

—Claro, como guste Sir Baire —replicó—.

—Llámeme William, por favor.

—Cómo desee… William.

—Me sería de gran ayuda si pudiera explicarme qué les ocurrió a mis hombres una vez estuvieron bajo su supervisión —proseguí—. Y, sobre todo, por qué no se pudo hacer absolutamente nada por sus preciadas vidas.

—Verá, William. Se lo contaría, pero prefiero que sea en privado. Ninguna dama debería escuchar lo que le estoy a punto de contar —contestó Illyn mirando a Eleonor—. La posadera se levantó y se dirigió la hacia puerta, no sin antes dedicarnos una mirada de desaprobación. Cerró tras de sí produciendo un ruido sordo. Illyn se acercó más y tomó el asiento que había dejado Eleonor.

—Todos sus soldados presentaban un patrón que nunca había visto en mi larga dedicación a la medicina, ni siquiera en enfermedades terribles como la peste —dijo con consternación—. Primero, alrededor de las heridas de diversa índole, surgía un surco negro, como si de una necrosis se tratase. La gangrena estaba descartada. Ni siquiera su rama más invasora, como la ‘gaseosa’, pudo ser la causante de lo que les estaba ocurriendo. Para que lo entienda, la gangrena gaseosa es altamente peligrosa y se extiende muy rápidamente. Pero lo que vi, ocurrió en cuestión de segundos. Intenté retirar el tejido infectado, pero para cuando lo había hecho, la necrosis aparecía de nuevo y continuaba avanzando inexorable. Cuando ésta alcanzaba la garganta —respiró profundamente—, el paciente emitía una sola palabra y moría.

—¿Una palabra? ¿Cuál? —repliqué extrañado—. No me consideraba un hombre supersticioso, pero en esta ocasión me sudaban las manos ante lo que me había contado Illyn. No sabía a qué me enfrentaba. Esperé a que el médico se decidiera a contestar.

—Venganza —pronunció—.

Mis temores se habían cumplido.

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