Sonámbulos

Funambulista 01

Soñar no es difícil. De hecho, es bastante fácil. Lo hacemos desde pequeños. Nos miramos a un espejo y nos vemos como el mejor cantante de la historia o como la primera mujer que llegó a la Luna o como el vaquero más temible de todo el Lejano Oeste. Soñar es algo intrínseco al ser humano y es lo que nos hace que cada mañana nos pongamos en movimiento.

Sin embargo, es difícil soñar despierto. Es muy difícil extraer de la almohada esa utópica ensoñación en la que caemos cada noche y traerla a la realidad, a este mundo oscuro y frío en el que las burbujas explotan. Sólo unos pocos son capaces de conseguir soñar con los ojos abiertos, mientras caminan, mientras comen, mientras besan… Mientras viven. Yo los llamo sonámbulos.

Los puedes reconocer fácilmente en cualquier lugar. Están entre nosotros. Son aquellas personas que caminan con una sonrisa y que, si te acercas a una cierta distancia, puedes ver un destello de luz en su mirada, un destello en el que residen todas aquellas mariposas que, después, se desplazan al estómago.

No os confundáis: todos hemos sido sonámbulos, al menos, una vez. Cuando hemos llorado pero no ha sido de pena, cuando hemos sentido un cosquilleo en la nuca al rozarnos con esa persona, cuando le hemos devuelto la sonrisa al que nos la ha regalado. Hemos sido sonámbulos cuando nos hemos dejado llevar, cuando hemos vivido libres, sin pretensiones, tan sólo por el deseo de sentirnos vivos. Y es que soñar despierto es eso: vivir con dos grandes alas que nos hacen volar ante los pequeños detalles.

Sin embargo, no he descrito del todo a estos sonámbulos. Ellos son funambulistas. Caminan por un hilo que los hace  vulnerables. Y muchas veces caen. Muchas veces caemos. Y, como en cualquier sueño, despiertan y lo olvidan todo. Olvidan todo lo que sentían cuando soñaban, cuando sonreían haciendo equilibrios sobre un alambre. Y, aunque vean desde el suelo aquel alambre en el que se encuentran las mariposas, son incapaces de soñar en volver a subir arriba.

Por eso es tan peligroso despertar a un sonámbulo. Porque se corre el riesgo de que ese destello de la mirada se apague y sólo se vean dos ojos vacios como los de millones de personas que lo acompañan a su alrededor. Muchas veces, el sonámbulo, cree recordar en una especie de déjà vu a aquellas mariposas y a aquel alambre; sin embargo, ese parpadeo sólo dura unos instantes.

Pero, los sonámbulos, aquellos que lo han sentido, son fuertes. Y no importa el tiempo que se tiren mirando desde abajo, desde la tarima, a aquel hilo del que pendían. Pronto, se dan cuenta, mientras suben las escaleras para llegar de nuevo a las alturas, que no están solos, que los miles de sonámbulos que se encuentran entre los millones de personas de miradas vacías, se encuentran abajo ejerciendo de red. Y ya no tienen miedo de volver a soñar.

Y no te preocupes si piensas que eres de esos que tienen la mirada vacía. Sólo tienes que buscar a un sonámbulo funambulista que despierte ese destello en tu mirada porque, no lo olvides, están entre nosotros.

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A Zaida, sonámbula funambulista por excelencia.

Jonathan Espino—

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