William Baire

medievo

Despertó antes del alba todavía aturdido y desubicado. Su primer pensamiento fue para ella, pero una punzada de dolor hizo desaparecer rápidamente su imagen. Se incorporó como pudo en el camastro, luchando contra la pereza de sus músculos y la batalla que le presentaban unos cuantos cortes en la zona abdominal, regalo de su último contrincante. A pesar de que su armadura había resistido a la mayor parte de los ataques, el mandoble que portaba el adversario era grande y pesado, igual que su dueño. La contundencia con la que le asestó los últimos golpes fue demoledora. Sus recuerdos se difuminaban más adelante.

Desconocía cuántos ocasos habían transcurrido, pero tenía la certeza de que habían sido demasiados. Debía ponerse en camino de inmediato para guiar a los pocos aliados que hubieran sobrevivido hacia un lugar seguro antes de que el enemigo decidiera atacar de nuevo.

Lo primero era averiguar donde se encontraba. Parecía una posada. La habitación presentaba un aspecto lúgubre, pero ordenado. Una mesa al fondo y un baúl a los pies conformaban el único mobiliario adicional existente en aquel cuarto, además de una silla cuya madera estaba tan roída que milagrosamente se mantenía en pié. En la mesa pudo divisar una tinaja con agua y vendas. No estaba solo.

La puerta se entreabrió y asomó el rostro de una mujer. Tenía los ojos muy juntos, acompañados de unas cejas pobladas que captaron rápidamente su atención. Su nariz era respingada y demasiado grande para un rostro tan pequeño. Unos labios finos y apretados contrastaban con aquella nariz. Su semblante era todo menos armónico. Esperaba que su predisposición a hablar fuera diferente.

—Buenos días —dijo el general—. Mi nombre es William Baire, soy el general de la compañía…

—Ya sé quién es —le cortó la extraña mujer.

—Bien, aunque no sé como lo sabe, así nos ahorramos introducciones innecesarias y que solo me retrasarían. ¿Podría decirme dónde estamos,…? —esperó a que le dijese su nombre.

—Eleonor —contestó. Sus manos se entrelazaron a la espera.

—¿Podría decirme dónde estamos, Eleonor? —repitió. Sabía que tendría que ser más educado si quería sacarle más que el nombre a la adusta mujer.

—En la posada ‘Reams’, en Riverside. Sus soldados le trajeron hace tres días. Tiene suerte de haberse recuperado. Dele las gracias al doctor Yorren, él le ha curado —contestó la mujer con ojos orgullosos y que delataban cierta admiración.

—Me encantaría, pero todo a su debido tiempo. Debo reunirme con lo que quede de mi tropa lo antes posible para dirigirme hacia el Norte. Dígame donde se encuentran —según dijo esto, se arrepintió de su tono imperativo. No era uno de sus soldados.

—¿Es que no lo recuerda? —dijo ella con sorpresa y cierta sequedad en su tono. Su cuerpo se puso tenso. Un ligero temblor sacudió su delgado labio inferior.

—¿Recordar qué? ¿Cómo nos aplastaron cual hormigas? —espetó William indignado ante el tono usado por Eleonor. Le salió una voz demasiado chillona para su gusto. No quería dejar entrever lo hiriente que había sido para él pronunciar esas palabras. Hasta entonces, su ejército había salido invicto y poderoso de todas las cruzadas. Resolvió tranquilizarse. Un general no debía perturbarse ante nada. Le correspondía mantener la cordura y mostrar serenidad y determinación—. Claro que lo recuerdo. Un superior nunca olvida las contiendas lideradas. Gracias al Señor conseguimos huir unos cincuenta. Mi misión es poner rumbo a Rótem cuánto antes para avisar a su Excelencia.

—No lo comprende —farfulló Eleonor. Agachó la cabeza. Una expresión de dolor asomó a su rostro. El general aguantó la respiración para escuchar mejor, pues la voz de la mujer se convirtió en un susurro prácticamente inaudible—. Sus hombres han muerto. Todos y cada uno de ellos. El último en concreto, hace tres horas. No pudimos hacer nada. Tiene suerte de estar vivo, general.

Cada sentencia pronunciada por la posadera era igual que los golpes que le había propinado el adversario en el abdomen días atrás. Una desolación arrebatadora comenzó a inundar cada rincón de su cuerpo. La conmoción que había padecido se disipó y los recuerdos volvieron como fantasmas con ansias de venganza. El fuego, el humo y el olor extraño que inundó el campo de batalla en un abrir y cerrar de ojos. La Bestia llameante y su envergadura de más de veinte varas. Sus hombres cayendo, uno tras otro. El terror reflejado en sus ojos. <<¿Por qué él había sobrevivido?>> No merecía volver a Rótem para darle semejantes noticias a su rey ‘Belrras, el Conquistador’. Necesitaría todo el camino de vuelta para decidir qué responder cuando su glorioso soberano le inquiriese —¿Qué hacías tú mientras tu ejército perecía?—. Solo la imagen de su amada Danne le insuflaba fuerzas para el retorno a su ciudad natal…

…No se imaginaba lo que encontraría a su regreso.

—Sonia Baratas Alves—

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