¿Qué es la realidad?

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El pasado martes, con toda esta parafernalia del día del libro estuve en dos charlas que se organizaron en la Real Casa de Correos. Una era del escritor francés Laurent Binet, la otra de Javier Cercas. Las dos, en mayor o menor medida, acabaron por tratar sobre el mismo tema: la diferencia entre la realidad y la ficción, lo inventado y no; el metalenguaje y la muestra de acontecimientos.

En esta materia Cercas acabó por hablar de su novela Anatomía de un instante, un retrato de no ficción del 23-F. En el prólogo de dicha novela ya el autor cuenta cómo tenía un primer borrador de una historia de ficción alrededor del 23-F pero no llegaba a funcionarle. Fue entonces cuando leyó un artículo de Umberto Eco que decía que un 25% de los ingleses pensaba que Winston Churchill era un personaje ficticio. Entonces se dio cuenta de que el problema era que, al final, estaba tratando de crear una ficción sobre otra ficción, era redundante. Decía Cercas en la charla que el 23-F es una ficción colectiva, todos tenemos mil teorías al respecto y quien no la tenga no es español. Todo español tiene una idea de qué fue lo que ocurrió en el 23 de Febrero de 1981.

La fina línea entre realidad y ficción es una cuestión que me lleva interesando mucho tiempo. El gran golpe de interés me terminó por llegar hace varios meses, cuando vi el documental de Orson Welles F for Fake. El documental que habla de la realidad y el engaño me resultó muy interesante, por una cuestión de base de lo que hablaba y formalmente por cómo lo hizo. Parafraseándome a mi mismo reproduzco aquí un fragmento al respecto que escribí de cara a mi trabajo de fin de grado en la universidad, hace poco más de un mes:

<<  En su extraño documental F for Fake (Orson Wlles, 1973) nos hablaba durante una hora de un personaje muy extraño, falsifcador de magnífca calidad que lo único que hacía era falsificar cuadros y luego tirarlos. También hablaba de un hombre que había escrito un libro contando la historia del falsifcador, hasta el punto que se desconoció si la propia novela era fraude o no, tanto como el hombre que la había originado. En la última media hora del “documental”, Welles nos muestra una pequeña historia relacionada con la pintura y Picasso. Una historia preciosa sobre la creación y la reputación, que se nos revela al final como falsa. Inventada y asumida hasta ese momento por el espectador como verdadera, sin que éste supiese que le estaban engañando. Lo curioso es que esa historia era asumida como mucho más creíble por la audiencia que todo la que se había contado antes. Porque esa tenía mucha más coherencia, la ficción parecía mucho más real porque comprendíamos el porqué de todo lo que sucedía y cómo se comportaban los personajes. No había hueco a la falta de comprensión. Todo era coherente. >>

Esta duda casi filosófica sobre la realidad y la ficción me llevó a que, juntando mis pensamientos a saber de qué forma, me encuentre ahora mismo finalizando la escritura de un guión que habla sobre los límites de la realidad y la ficción en una historia que me gusta describir como Black Mirror + Frankenstein (de ahí a lo que salga realmente camino habrá). Si traigo esto a coalición es porque al inicio del cortometraje he incluído una escena que parece desencajar en todo momento con la historia en sí que cuento, pero que desde mi punto de vista resulta fundamental para explicar de qué estoy tratando de hablar. En dicha escena tengo a un personaje hablando cómo de niño se cayó en un río helado y casi no sobrevivió; y cómo años después su madre le hizo ver que eso no había pasado; había sido una invención de su cabeza.

Y es que la realidad es que nosotros en nuestra cabeza, a veces de forma involuntaria, acabamos construyéndonos una realidad propia en ocasiones y que tomamos como cierta. Yo tengo una serie de recuerdos de niñez que para mi son totalmente verídicos, pero los cuáles con la distancia del tiempo estoy empezando a poner en duda, pues ciertas cosas no me encajan por la situación en la que me encontraba en ese momento (en cuestión de dónde vivía, cómo, etc.). Creo que las historias que vi en cine o leí en libros se me juntaron y camuflaron creando un recuerdo sobre algo que nunca existió en realidad.

Volviendo a Javier Cercas y su Anatomía de un instante, de nuevo en su prólogo habla también sobre esta cuestión. En el momento en el que está poniendo en contexto y hablando del 23-F dice:

<< Muchas personas dotadas de buena memoria recuerdan con pormenor – qué hora era, dónde estaban, con quién estaban – haber visto en directo y por televisión la entrada en el Congreso del teniente coronel Tejero y sus guardias civiles, hasta el punto de que estarían dispuestas a jurar por lo más sagrado que se trata de un recuerdo real. No lo es: aunque la radio retransmitió en directo el golpe, las imágenes de televisión sólo se emitieron tras la liberación del Congreso secuestrado, poco después de las doce y media de la mañana del día 24. >>

Estas “mentiras” son involuntarias, son unos malos momentos que nos hacen pasar nuestra cabeza. Todo lo que somos es nuestros recuerdos que por la noche se instauran y actualizan para incluir lo que acabamos de hacer en el día (como quien dice). No podemos fiarnos de nuestra memoria.

Pero, ¿entonces de qué nos fiamos? ¿De la memoria colectiva? Tampoco. Al fin y al cabo la memoria colectiva viene de un lugar común, de una escuela o una red social. Viene también de amistades y sociedad, que acaba agrupándonos siempre en círculos similares. El Gran Hermano está presente siempre y nos controla con mayor facilidad. Es más fácil de controlar una sociedad que un individuo. Hace poco, por el día de la república, reflexionaba sobre un hecho curioso que ocurría en mi ciudad natal: Miranda de Ebro. A finales de la Guerra Civil había allí un campo de concentración franquista. Si yo se de la existencia de este campo es gracias a la magnífica aportación que mi familia ha hecho en mi culturalmente, nadie me lo enseñó en la escuela y estoy muy seguro de que para una gran parte de la población de Miranda ni siquiera existió. Si no tenemos conocimiento de ello, ¿entonces no es real? ¿Ojos que no ven, corazón que no siente?

¿Lo real es aquello que vemos en la televisión? No. Claramente. Cualquier imagen es una manipulación. Como mínimo una manipulación del espacio. La acción de encuadrar en sí misma ya está haciendo que se elija una parte de la “realidad” para mostrarla y se deje fuera otra. Un documental o reportaje de televisión en ningún momento mostrará toda la realidad.

¿Es lo que vemos con nuestros propios ojos? Pues tampoco, ¿no? Porque nuestras limitaciones visuales están ahí. Aunque tengas la vista de un lince no puedes ver aquello micrometrico. No puedes ver muchas de las ondas del color (el otro día veía un tumbrl sobre la mantis marina un animal que tiene 16 diferentes tipos de pigmentos fotorreceptores, mientras que nosotros los humanos sólo tenemos tres: azul, verde y rojo).

Pues entonces… entonces…. ¿Qué coño es la realidad entonces?

— Arturo M. Antolín —

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