Cicatrices

corazon

Dicen que el amor deja cicatrices, que cada discusión o cada vez que nos hacen daño una herida cruza nuestro cuerpo. No sabía que esto fuera literal…

La conocí en una cafetería de la Plaza Mayor. Manuela. Todo dulzura. Aún recuerdo aquel vestido blanco con el que entró aquella mañana de aquel martes. Llovía a mares y entró cobijándose bajo un periódico pero sin perder en ningún momento la sonrisa. Me enamoré. Así, de repente, como un flechazo. Dicen que eso es imposible pero, creedme, su sonrisa hizo latir mi corazón a un ritmo que nunca antes lo había hecho.

Podría deciros que nos miramos, nos sonreímos y que el flechazo fue mutuo, pero no. Ella cruzó la estancia, dejándome a la derecha, sin apenas percatarse de que yo estaba allí, con mi café y mi periódico. La verdad es que no voy muy arreglado a trabajar, una camiseta y unos vaqueros, pero se puede decir que tampoco iba desaliñado. Vaya, que si no me había mirado no era por mi indumentaria, sino porque quizás no le hubiera gustado. Me quedé pensando y di varias vueltas con el dedo al móvil que tenía sobre la mesa. Negué con la cabeza varias veces, afirmé otras tantas, y dudé otras muchas. Me giré y la vi pedir al camarero: un zumo de naranja y una tostada. “Se cuida – pensé – me gusta”. Me gustaba aún más. Me decidí. Me levanté y me dirigí a su mesa.

Ella me miró en cuanto me puse en pie. Me temblaban hasta las gafas. Me atusé el pelo con una mano y puse mi mejor sonrisa. Ella respondió con otra similar (aunque ella siempre sonreía… Siempre): sabía que iba a hablar con ella. La saludé y ella me saludó. Comencé mal, con un típico “te he visto entrar y me ha sonado tu cara”. Ella, sorprendentemente, dijo lo mismo, sólo que era verdad, puesto que sabía mi nombre. Estaba en fuera de juego, y aún más avergonzado. ¿Me conocía? ¿Quién era ella?

¡Era Manuela, la hija de los vecinos de la primera casa en que viví con mis padres! Vaya, estaba muy cambiada. Quería recordar a una niña de coletas, algo feílla, que siempre llevaba un vestido perfectamente arreglado y unos zapatos negros relucientes. Y, sin embargo, ahora, era guapísima y bastante alta. ¡Casi tanto como yo! Comenzamos a charlar y, como en estos casos, a sacar a relucir todas las trastadas de las que fuimos partícipes cuando éramos pequeños. Ella parecía recordar más que yo (o quizás yo estuviera embobado mirando esa sonrisa) pues las contaba con pelos y señales, detallando hasta la última de las palabras con la que nos regañaba mi madre, que era quien nos cuidaba.

Así, entre risas y nostalgia, se me pasó la hora de la comida y tuve que volver al trabajo. Me costó un mundo abandonar aquella silla, aquella cafetería, aquella conversación que me unía a Manuela. La dije que si no tenía nada mejor que hacer, quizás, podríamos vernos aquella noche. Ella, encantada, me dijo que sí. Me monté en mi nube y me fui flotando a mi despacho, deseando que llegara aquella noche.

Y llegó. Copas de vino, luces, música y sábanas. A la mañana siguiente, desperté con ella entre mis brazos, haciendo remolinos con los pelos de mi pecho. Odio que hagan eso, pero si ella lo hacía… Estaba bien. Tras aquella noche vino otra, y una comida y otra noche y un desayuno y otra cena y un baile y conoce a mis amigos y porque no conoces a mis padres y así, un año.

La vida no era vida sin Manuela. E, increíblemente, ella no se había cansado de mí, sino todo lo contrario: me quería más que nunca… Hasta aquella tarde. De repente, de la absurdez más estúpida, un océano y de ese océano, una discusión que inundó la casa. Gritábamos como si no hubiera mañana: que si tú esto, que si tú lo otro, ¿que yo qué? Pues anda que tú. Pero, de repente, me empecé a encontrar mal. Un punzada en el pecho iba haciéndose más fuerte a medida que se incrementaban los gritos de Manuela. Yo empecé a bajar el tono y, claro, ella aprovechó para gritar más fuerte, por lo que, más me dolía el pecho. Finalmente, levanté la mano para que se callara y, al instante, caí al suelo. Ella rápido se puso a mi lado, gritando y disculpándose. Pensaba que me estaba dando un infarto, pero más se asustó cuando vio la raya de sangre en mi camisa. La abrió de golpe y descubrió una larga herida que recorría desde mi cuello hasta mi costado, cruzando el pecho. Ella, muy asustada, corrió al baño a por gasas y alcohol, pero, cuando volvió, estaba curada: era una perfecta cicatriz, seca, como si hubieran pasado años desde que se produjo. Manuela no daba crédito pero, quizás por el susto del momento, me abrazó fuerte, olvidando el extraño suceso que acababa de ocurrir.

Fuimos a varios médicos para ver si había alguna explicación posible al suceso, pero ninguno podía creer que aquella tremenda herida hubiera cicatrizado en menos de un minuto, sin intervención médica (o divina). Así, nos fuimos a casa y, como suele ocurrir cuando no zanjamos algo, la discusión volvió a estallar y yo volví a caer de bruces, ahora en la cocina, y con una cicatriz en la espalda. Manuela enloqueció. Creía que estaba maldito o que todo formaba parte de una especie de broma macabra. Yo, aún más asustado que ella, no sabía si reír o llorar, pues si ella estaba aterrorizada, imaginad yo que era quien tenía el cuerpo cruzado por cicatrices.

Pasaron varios meses en los que intentamos no discutir, ya que, dedujimos que quizás eran las discusiones las que provocaban aquellas heridas. Pero, nuestra relación ya no era la misma. Manuela no era la misma. Vivía asustada, cohibida. No quería apenas tocarme por lo que me pudiera ocurrir. Además, todo era contestado con un sí, aunque por dentro pensara que no… Y claro, eso acaba por explotar… Como ocurrió aquella mañana de domingo.

La nimiedad más pequeña sacó a relucir todo lo que había estado tragando todos aquellos meses, en una discusión enorme. Pero esta vez, no paró. No. Una vez estaba tendido en el suelo, gritó más y más. Quería desfogar, quitarse todo aquel peso que tenía encima y sentirse libre. Sin embargo, yo no podía apenas hablar. Las heridas comenzaban a recorrer mi cuerpo como si fueran serpientes: en los brazos, las piernas, unas se cruzaban con otras en la espalda y en el pecho, hasta que llegó la definitiva, una que me cruzó la cara y me dejó inconsciente.

Manuela me llevó al hospital, donde apenas me reconocían. Tras despertar después de dos meses en coma, nunca volví a saber de ella. Descubrí que no eran las discusiones las que hacían aquellas heridas, sino cada vez que ella dudaba de nuestro amor, o cada vez que yo lo creía perdido… Cada vez que creía que la perdería. Por ello, mi recuperación fue terrible. A cada recuerdo de su sonrisa, una cicatriz que se había difuminado, volvía a marcarse más fuerte.

Así, pasaron seis meses, tres semanas y cinco días, hasta que un día la conocí. No es Manuela, pero me quiere y lo que es mejor, cuando discutimos, no se me llena el cuerpo de cicatrices. Aún, cuando la recuerdo, una pequeña herida aflora en el lado izquierdo de mi pecho. Llegué a entender que no era cualquier amor el que dejaba cicatrices, sino el primero, aquel que es realmente verdadero… Manuela y cómo ella siempre sonreía. Ojalá pudiera volver a amar como la amé a ella. Ojalá, otra vez, todas aquellas cicatrices.

Jonathan Espino—

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