The smile you smile

 No soy, ni de lejos, una de esas personas que van por la vida derrochando optimismo y vitalidad. De hecho, creo que no transmito buen rollo hasta que se me conoce un poco en profundidad. En cambio, hay una cosa que me trastorna un poco, es el hecho de sonreír. La importancia de sonreír. La trascendencia de una sonrisa en un momento determinado, el hecho de sonreír en un contexto determinado.

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Entonces, me planteo algo similar a la premisa que elabora la voz en off que abre la primera secuencia de Love Actually. Algo similar a eso de Love (actually) is all arround. Me explico a continuación.

Todos los días sin excepción se me presentan situaciones (propias o ajenas) que podrían llevarme a pensar que el mundo es una ingente y soberana mierda. Que lo único que hay es desolación, muertes, abandono, inconsciencia y egoísmo. Que un buen día, millones de buenas personas se despiertan pensando en que aquello que la noche anterior les hacía mucho bien esa misma mañana ya no es necesario, y que por eso se pierden grandes amistades, grandes relaciones o grandes proyectos. Eso no nos hace ser peores personas, y en uno u otro sentido a todos nos pasa, pero tampoco nos beneficia demasiado. En definitiva, a diario me encuentro con historias con las que podría llorar muchísimo de no ser porque una fuerza sobrenatural me impide llorar desde hace un lustro y pico.

Entonces, cuando llego a mi piso y reflexiono acerca de todas esas historias y trato de evadirme de todas esas miradas grises y tonos de voz lúgubres, miro las fotografías que tengo colgadas en mi habitación. En total son 55, obviando dos cuadros y cuatro pósters. En 52 de esas fotos salen personas. Y en 50 de esas fotos hay gente sonriendo. Tan sólo hay dos en las que hay alguien que no sonríe. Una de ellas es de mi prima Paula cuando era un bebé y estaba tendida en una toalla mientras esquivaba con un entrecejo curioso los rayos de sol. La otra foto es una en la que aparecemos mi abuelo y yo las primeras navidades tras la muerte de mi abuela. Yo sonrío y él no. En las otras 50 fotos todos los participantes sonríen, ríen o tienen una simpática mueca en la cara. Todas esas fotos, compuestas por las caras de mis amigos y familiares más cercanos, componen algo parecido a un consuelo después de toda la mierda que veo a diario.

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Y ahí pienso en la primera secuencia de Love Actually. Para los que no la recordéis, viene a decir algo así como que el amor está en todos lados. Que en situaciones límite como la inminente colisión de los aviones contra las Torres Gemelas todas las llamadas, las últimas palabras que salieron de la boca de las víctimas, fueron de amor, de agradecimiento. Nadie llamaba para desear nada malo a nadie, sino que todo el mundo necesitaba extreriorizar sus mejores sentimientos por última vez. Y, que si lo pensamos, el amor realmente está en todas partes.

De vuelta a las fotos, pienso en el criterio que seguí a la hora de decidir qué fotos estarían en mi pared acompañándome a diario y cuáles no pondría jamás. Y la conclusión es que todas esas fotos, con las personas más importantes en mi vida, son una recopilación de momentos enteramente felices. Ni una de esas fotos, ni siquiera esa en la que aparezco al lado de mi abuelo en las primeras navidades con una ausencia importante, corresponde con un momento que no haya querido recordar.

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Y todas esas sonrisas, todas esas muecas extrañas que aparecen en esas 50 fotos tienen mucho que ver con el concepto de felicidad. Mis amigos sonríen, mis padres sonríen, mi hermano y mis tíos sonríen, mis primos sonríen incluso en las fotos que tengo de ellos cuando aún no tenían ni un año cumplido. Eso, supongo, querrá decir que lo único que quiero tener cerca diariamente es el recuerdo y la presencia (física o no) de quienes han hecho de mi vida algo por lo que merece la pena escuchar historias desalentadoras, que al final de todo lo único con lo que me quiero quedar es con los momentos felices. Esas mismas fotos que me ayudan a sonreír y a decir “tampoco estamos tan mal, por lo menos sé que hemos sido felices”.

Y, al loro, porque es curioso cómo algo tan liviano como puede ser una sonrisa o la imagen de un recuerdo realmente feliz puede ayudarte día a día a llevar mejor ciertas situaciones que, sin todo eso, igual serán un verdadero infierno.

También me acuerdo en estos casos de esa teoría que dice que, mientras sonreímos, tenemos la sensación de estar siendo felices, aunque estemos sonriendo sólo para vencer una situación incómoda. Siendo así, pienso que tampoco lo he(mos) hecho tan mal, porque realmente todos esos recuerdos materializados en papel fotográfico y todas las risas que hay recogidas ahí dentro han venido dadas por un estado nada despreciable de felicidad.

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Curiosamente, y como último apunte, me he percatado de un tiempo a esta parte de que con mis comedias preferidas ni siquiera río. Ni el más leve indicio de carcajada, si acaso una escurridiza sonrisa. En este caso, creo que hay un poderoso modo de sonreír, sonreír desde dentro y para uno mismo sin necesidad de exteriorizarlo en gestos. Y disfrutar plenamente con esa serie, esa película o ese libro que estés leyendo. Es un modo increíblemente agradecido de ser feliz.

De este modo, para concluir puedo decir que la sonrisa como acto, la sonrisa como gesto presente en nuestro día a día puede ser increíblemente poderosa. Puede que esto nos ayude a continuar con la suficiente fuerza un determinado proyecto, un propósito que consideremos difícil. Probablemente no sea algo determinante a la hora de conseguirlo, pero quizás nos impulse del modo suficiente para llevarlo a cabo sin rendirnos. Y nuestro modo de sonreír, nuestros gestos después de cada sonrisa pueden hacer muy feliz a los demás en el futuro. De modo que, como nunca se sabe, deberíamos poner más empeño en ello más a menudo.

Estefanía Ramos

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