Erasmus, una historia de ‘amor líquido’

Si al final los erasmus somos como una gran familia, hasta tenemos escudo y todo.

Si al final los erasmus somos como una gran familia, hasta tenemos escudo y todo.

El Erasmus es una experiencia inolvidable, una experiencia en la que las emociones están a flor de piel y todo lo que se siente, se experimenta con aún más fuerza. No es broma, pero al Erasmus se lo puede considerar como una suerte de juventud relámpago, juventud relámpago porque tiene fecha de caducidad. La mía llegará a su término en junio, el de una amiga llegó a su fin hace una semana y el de otra, hace ya dos meses…

Y es muy triste, porque a cada día que pasa te das cuenta de que te queda menos y menos para terminar, para abandonar (puede que para no volver) la ciudad que te acogió —aunque haya sido con lluvia y con frío— durante todo un año. Pero yo no abandono una ciudad, abandonaré: mi residencia, la cocina del primero, el estudio de Sara, las soirées en la Paul Appel y las noches de rock en mi chambre;  y, en cierta manera, abandonaré una forma de vida que me ha procurado un año de felicidad indescriptible. Y, sobre todo, las amistades que aquí he establecido.

Eso es lo que más echaré de menos, porque el Erasmus, como la juventud, se acaba. Pero ¿perderé también el compañerismo y la camaradería?

Estas cábalas me han hecho recordar el libro de Amor líquido de Zigmunt Bauman. Me ha entrado el miedo de que, seguramente, esta fraternidad que se ha fraguado durante los últimos ocho meses, mutará en una relación líquida. Una relación basada en las redes sociales —de la que nuestra generación es tan pródiga—, en verse de vez en cuando (aquellos que vivimos cerca) o felicitarse por Facebook cada cumpleaños. Y poco más.

Bauman decía que las relaciones tornan débiles, tornan líquidas y que se vuelven insustanciales. El sociólogo añade que son las relaciones las que, en el individualismo que contextualiza la actual sociedad postindustrial-capitalista, ponen en peligro la autonomía personal y por eso, se debilitan. Pero yo prefiero fijarme en otro aspecto, la distancia. El no coincidir para cenar con Sara, Marta, Pascal, Raquel o Isa; el no tener como vecina a Elisabetta;  el encontrarme en La Salamandre (ya os hablé de este antro «¡al que nunca volveremos!») con Ramón, Silvia o Elena; el no irme de viaje con los alemaños o el no ver el fútbol con Gonzalo*… Muchas situaciones del día a día que han forjado un nivel de amistad que en otros caso habrían tardado años en llegar a influirme tanto… siempre para bien.

Yo no soy determinista, por eso me niego a pensar que a grandes de Italia como Simone, titanes de Argelia como Ryad, a chicas con el donaire y el gracejo de Eleni de Grecia y a MI Marti (echo muchísimo de menos sus sándwiches mixtos), los dejaré de tener en mi corta lista de amigos. Porque yo, que antes tenía una corta lista de amigos, una larga de colegas y otra de compañeros, nunca pensé que llegaría a tener que ampliar tanto mi círculo de amigos.

Durante el Erasmus he hecho amistades que difícilmente se podrían haber desarrollado fuera de este ámbito, por eso, una vez acabado esta juventud relámpago, me he prometido conservar estas amistades para el resto de mi vida:

  • Porque el viaje a Ámsterdam lo merece.
  • Porque mi cumpleaños fue uno de los mayores bordels que han sucedido en la cocina del tercero. Y porque lo recordaré siempre con cariño.
  • Por Luxemburgo, Heidelberg, el Oktoberfest y la Selva Negra (twice).
  • Por la familia Cojones Buendía y por los Maldía Bochornoso.
  • Colonia.

Muchas razones que me acompañarán, como las amistades.

Muchas gracias a todos por estar en mi Erasmus, yo no deseo otro,

sinceramente.

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

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