Educación ante todo

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La función de los términos ‘gracias’ y ‘perdón’ se ha visto mermada debido a su uso indiscriminado. Diariamente y en el mundo civilizado que habitamos, estas dos palabras pueden emitirse una media de 20 veces al día de manera instintiva y, en cuantiosas ocasiones, masculladas. Tal es el automatismo imperante en la actualidad, que ‘Pepito Pérez’ se transforma en ‘Pepito5300tbc’ y su programación incluye todas las coyunturas existentes a lo largo de 24 horas que el espécimen deberá superar con éxito.

En países como Austria, Francia o Gran Bretaña, entre otros, estos vocablos suenan exactamente igual a pesar del evidente cambio idiomático y cultural. En un artículo perteneciente a un libro de texto y con título ‘The Powerful of Saying Sorry’, se explica cómo los británicos tienden a pedir perdón con demasiada asiduidad para complacer a los demás.  “It’s glib and without any real feeling, but it’s a polite formula in certain social situations” –Es superficial y carece de sentimiento real alguno, pero es la fórmula educada en ciertas situaciones sociales-. El autor prosigue explicando que, en el pasado, pedir perdón en Gran Bretaña significaba echarse para atrás, ser derrotado o mostrar debilidad. Y añade que en el presente el ser humano está comenzando a darse cuenta de la importancia de pedir perdón. Conclusión desacertada la de este escrito si contemplamos el día a día.

Lo cierto es que pedir disculpas está en boga por la simple eventualidad de rozar a alguien en el metro, por posar la mano en un mismo espacio, ‘colisionar’ y ver reflejada cierta consternación en el semblante de algunos; también lo es el dar los buenos días a vecinos de los que se desconoce su nombre y viceversa, y hasta lo es el agradecer al médico su labor profesional tras haber introducido el más que célebre palito en la garganta con la más que asegurada arcada ulterior. ¿Se realizan dichas acciones con alguna clase de sentimiento o, al menos, de manera consciente?

A partir de aquí cabría esbozar la utilización de un dicho relativamente reciente, lo ‘políticamente correcto’, una expresión cuyo significado conlleva la obligación de mantener conversaciones ‘agradables’ con personas non gratas o de presentar una sonrisa amañada en situaciones que provocan verdadera urticaria. En definitiva, el juego de la diplomacia y el empleo de la conocida frase “lo cortés no quita lo valiente”.

A pesar de las quejas a este respecto por parte de aquel sector que dice ser honesto y directo -curiosamente una basta mayoría-, la extrañeza y la ofensa se abren paso cuando esta ‘cortesía’ no hace acto de aparición. “En mi opinión, no ha tenido tacto y carece de educación”, “las cosas se pueden decir de otra manera”, “hay que ser diplomáticos”, son algunas de las consignas que pueden oírse en estas cuestiones.

La conclusión que se desprende de todo esto es que el ser humano precisa de un sufrido entrenamiento y unas cuantas arrugas para la verdad  y un nimio sacrificio junto a escasas ganas de autocrítica y confrontación para hacer mutis por el foro.

—Sonia Baratas Alves—

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