Del verbo “festivalear”

Ayer comenzó el primer fin de semana del multitudinario Festival Coachella, que se celebra en el desierto del Indio en California. “¡Quién pudiera estar allí!” pensaréis algunos (entre los que me incluyo); pero en realidad ¿por qué? ¿qué tienen los festivales de música para que se hayan convertido en el destino de vacaciones de muchos jóvenes? Aglomeraciones, conciertos que se solapan unos con otros (¿alguien se ha percatado que este año en el Coachella coinciden Blur con Band Of Horses? –¡Qué horror!-), campings infernales llenos de barro, calor, gente por todas partes… Y aún así, está aumentando la demanda, y dentro de nuestras fronteras, está aumentando la oferta a pasos agigantados.

Coachella

Hace poco más de una década, los modernos de entonces sólo tenían que decidir entre el FIB -primer festival de música independiente de nuestro país, nuestro ahora gran reclamo de guiris dispuestos a beberse todo el alcohol posible a las cinco de la tarde en pleno mes de Julio-, aquel mítico Doctor Music FestivalLa Vaca, que dicen que trajo los mejores carteles que se han podido ver en nuestro país- y poco más. Luego llegó el Metrorock -el querido festival de la capital que todo el mundo añora-, y el pequeño Sonorama que aguanta vientos y mareas apostando por el indie nacional -ese que ha resurgido con los indies tan indies como Love Of Lesbian o Vetusta Morla-. De manera paralela han crecido el Azkena Rock, el Viñarock -y alguno que posiblemente se me escape-, pero los voy a obviar y voy a centrarme en los festivales de música independiente -con grandes nombres en sus carteles que poco tienen de independientes, pero que les garantizan los llenos multitudinarios-, y no porque yo sea asidua -que sí- sino porque son los festivales de moda.

Y no me alejo nada si hablo de moda. Esta misma semana la línea de ropa H&M ha lanzado una colección que bajo el nombre de “H&M loves Music” que intenta marcar qué ropa pasear de un escenario a otro. Y es que hay cierta tendencia en guardar tus mejores modelitos para ese fin de semana de festival. Incluso la revista Vogue se ha hecho eco de esta tendencia y ayer mismo publicaba un reportaje sobre cómo maquillarte y peinarte para según qué festival fueras a ir. Toda una autentica aventura si tu idea es acampar -para vivir más de lleno el estar de festival-. Os diré algo; si estás acampado, a no ser que seas guiri -que en eso nos llevan mucha ventaja-, nunca llegarás al concierto bien. Que sí, que hay duchas y todo lo demás, pero raro será que consigas algún espejo para ocultar esas ojeras del día anterior; y por mucha mascarilla que intentes echar en tu pelo, no se te quedará bien -a no ser que seas guiri- y acabarás con un moño de esos que te quedan tan bonitos cuando te los haces en casa, pero no cuando estás de festival. Y así es Murphy, que parece que no le gusta que vayas de festival. Y no tengo nada en contra de las guiris, solo una envidia enorme de verlas contentas y felices y divinas hasta el último día de festival.

Desde que salió el cartel del Primavera Sound de este año -ese que modestamente los propios organizadores hastagearon (o etiquetaron, para aquellos que no necesariamente uséis twitter) como #bestfestivalever (algo en lo que yo no les quito razón, pero seguro que aquellos que fueron a Los Pirineos en la primera edición de La Vaca pues como que sí); ronda por Internet otro cartel alternativo con el que no puedo parar de reír.

Festis2La verdad es que organizar un festival indie a día de hoy está al alcance de todos -hasta Dani Martínez organizó el suyo propio con un par de amigos-, o bueno, de todos no; pero el hecho es que están apareciendo como setas, y lo más curioso de todo es que, a duras penas, están sobreviviendo. Curioso me resulta que el hermano pequeño del Primavera Sound, ese que abre la temporada estival de festivales, que es el SOS 4.8, en el año que más flojo pueda resultar su cartel, es el año donde más asistencia parece que va a haber. O más expectación, o que antes han agotado las entradas, o qué se yo. El caso es que la organización ha tenido que ofrecer dos zonas de camping para los asistentes para evitar esa gente durmiendo en cualquier lado -aparcamiento del Eroski-.

A mi me da la sensación de que los carteles importan cada vez menos. Y en parte, es bueno para los organizadores, que se aseguran por el nombre y prestigio que han adquirido en otras ediciones, puedan vender abonos en Diciembre mientras negocian con los artistas; y malo me resulta para los pocos locos que aún seguimos comparando carteles para saber a cual merece más la pena ir. Aunque en realidad ya es como si de una colección de cromos se tratara, porque los nombres se intercambian de un año a otro de un festival a otro. Importa estar con gente alrededor que tiene tus mismos gustos, o tu misma manera de entender la vida. Estar de festival es correr de un escenario a otro y la tranquilidad de si te pierdes un concierto, saber que lo podrás ver en algún otro lugar. Importa el ambiente, y las miradas de complicidad con la gente que lleva tu misma pulsera. Eso os une, os hace especiales, es la manera que tenemos los modernos -o hipsters o como quiera llamarnos el mundo- de reconocernos, y de decir “¡eh! ¡yo no escucho a Pablo Alborán!”.

La verdad es que, a pesar de la similitud de muchos de los “pequeños”, al final, como si de cualquier otro mercado se tratara, si estudiamos cada uno, al final, por fechas, ubicación y demás factores -sobretodo el precio-; cada festival tiene su público y son conscientes de lo que buscan. Por ejemplo: Arenal sound (40€ aprox. una semana de camping al lado de la playa y cabezas de cartel que lo petaron hace años pero que mola decir que los viste en directo. Se celebra en Agosto, fecha de vacaciones por excelencia de todo estudiante) = gente joven con ganas de fiesta, que estudia y que prefiere irse de festival a irse a Gandía o a Benidorm. Bien, totalmente respetable. Pero hay demasiada gente que cumple estas características = atrincheramiento -y bastante poco civismo, he de añadir-. Primavera Sound (175€ + gastos. Cartel que poco envidia al Coachella. 22-26 de Mayo -plenos exámenes de la universidad-) = gente que ya no está en la universidad, con cierto nivel económico… Y así podríamos analizar cada uno y con más profundidad y más objetividad, cierto, pero sólo quería que entendierais de qué estaba hablando.

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¿Sabéis por qué creo que la gente de mi generación -y la gente que nos ha precedido desde hace una década- festivalea -del verbo festivalear? ¿Por qué nos gusta vivir en Quechuas en las que el calor nos mata las peores resacas de nuestras vidas? Porque tenemos cierto complejo de haber nacido en la época equivocada. Porque nos han vendido que Woodstock fue el mayor acontecimiento de música y amor que jamás ha acontecido en el universo, y siendo un poco ilusos, creemos que puede volver a ocurrir en California o en Murcia. Da igual. Tenemos el complejo de haber nacido tarde y en el sitio equivocado; y nuestro sello de identidad se ha convertido en esas pulseras que duran edición tras edición en nuestra muñeca.

“Roma arde, dijo mientras se servía otra copa, y sigo hundido hasta las rodillas en un rio de mujeres. Aquí llega, pensó ella, otra diatriba empapada en whisky sobre lo maravilloso que era todo en el pasado, sobre como nosotras, pobres almas perdidas, nacimos tarde para ver a los Stone o para esnifar coca como ellos en el estudio 54. Parece que todos nos hemos perdido todo aquello por lo que merece la pena vivir. Y lo peor de todo era que ella estaba de acuerdo con él. Aquí estamos, pensó ella, en la cima del mundo, en el límite de la civilización occidental, y todos nosotros estamos tan desesperados por sentir algo, cualquier cosa, que seguimos chocando unos contra otros y jodiéndonos el camino hasta el fin de los tiempos.” [Mia, Californication 01×06]

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Paloma de la Fuente

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