Hooligans

RAjoy

No he sido nunca muy de deportes. Y mucho menos de fútbol  Quizás en los últimos años haya seguido algún partido por la fiebre roja, pero, en general, nunca he sido un gran fan del balompié. Puede que sea por eso por lo que tampoco haya entendido nunca ese sentimiento de pérdida cuando tu equipo pierde, o esa rabia cuando el árbitro no ha pitado una falta clara a tu jugador favorito; ni tampoco he sufrido esa euforia cuando un gol ha dado una victoria reñida (repito: con la Roja grité como el que más).

Por otro lado, nunca me ha gustado la política. Siempre me ha parecido un tema que, en la mayoría de las ocasiones, lleva a riñas, discusiones y enemistades. Incluso hermanos, por una cuestión política, pueden llegar a verse separados. Sólo por unos ideales que, si nos ponemos a preguntar, más de uno no sabría defender. Igual que en el fútbol  ¿no? ¿O es que alguien sabe explicarme por qué es de un equipo o de otro?

Pensando, he llegado a la conclusión de que quizás estos dos temas tengan más en común de lo que pensamos. El fútbol es un deporte que mueve a masas: sólo hay que ver las audiencias que generan los partidos importantes. Las cadenas se pelean por conseguir un Madrid – Barça o un España – Italia, al igual, que por ser los primeros en tener la noticia de qué político ha dicho qué o qué partido va a hacer tal. ¿Cuántas veces habremos oído eso de dónde estabas tú cuando Iniesta marcó el gol? ¿O dónde estabas tú cuando Raúl alzó la copa en Cibeles? Sólo hay otro tema que pueda generar este tipo de preguntas: ¿dónde estabas tú el 23F? ¿Dónde estabas tú cuando Rajoy ganó las elecciones?

Tejero

La política, desde siempre, ha movido masas. Es entendible: en una democracia, el pueblo debe moverse para mostrar sus intereses, para demostrar que le importan los asuntos que deberían de importarle. Pero, ¿por qué llevamos la política hasta ese extremo, un extremo radical que oculta las ideas tras los partidos? Me explico.

En un bar, durante un partido de fútbol  se puede diferenciar claramente quién es de un equipo y quién de otro: es tan sencillo como escuchar los berridos que se emiten desde unas gargantas y desde otras. Si Pepe hace una entrada a Messi, los del Barça clamaran “¡Asesino!” y los del Madrid, “¡Rómpele la pierna!”. Llevamos la afición al extremo de jalear algo tan animal como un ataque entre dos seres humanos durante un deporte. Le gritamos que le pateé la cabeza, que le escupa, que lo mate; sabemos que está mal, que en nuestra vida, nosotros no haríamos eso porque es demencial, pero incitamos a alguien que es de nuestro equipo a hacerlo por el simple hecho de machacar al rival, de matarlo, si es necesario.

Casquero

La política es algo parecido. Nunca alguien de derechas va a celebrar una idea de los de izquierdas, y viceversa. Ya puede ser la mejor idea del mundo, pero si es del rival, nuestro único propósito será tirarla por los suelos, machacarla y pisotearla, sin razón. Lo peor, es que, en la actualidad, se está dando un fenómeno que, curiosamente, es estrictamente exacto a lo que ocurre en el fútbol  Hay un señor elegido como presidente del Gobierno que coge a una España indefensa, la tira al suelo y la pisotea, y cientos de personas, lo jalean y lo celebran, aunque lo que esté haciendo sea demencial. Que privatizamos la educación: “Claro, ¡privatízala!”. Que subimos los impuestos: “¡Claro, que se jodan!”. Lo que estos hooligans no se dan cuenta es que, a veces, las patadas no vienen del rival, sino del propio destino, y tan pronto eres tú el que estás dando patadas, como eres el que estás en el suelo.

Hay algo que me fascina del fútbol y es como los jugadores son defendidos en función de si juegan con su equipo o de si juegan con la selección. Si un jugador del Barça o del Madrid, juega en un partido que los enfrenta, ningún seguidor del equipo contrario hará alusión a lo buenos que son los rivales. Nunca. Jamás. Pero, cuando juegan con la Roja, tanto Sergio Ramos como Pujol son alabados a partes iguales tanto por los que antes los defendían como por lo que los criticaban. Y digo yo, ¿tan difícil es hacer eso en la política? Hacer una Roja Española en la que no haya ni izquierda ni derecha y que la única idea común sea levantar el país. Pregunto: ¿es tan difícil?

—Jonathan Espino—

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