Seré un gastrósofo…

Sopa castellana, la simpleza y la humildad hecha todo un plato de dioses.

Sopa castellana, la simpleza y la humildad hecha todo un plato de dioses.

El término de gastrósofo se lo debo a uno de los más grandes escritores que ha dado la literatura española: Manuel Vázquez Montalbán. Gastrósofo es un término al que aspiro a llegar en cuanto mi pericia como cocinero novel me permita pasar de la sopa de ajo y del arroz con pollo (o la pasta boloñesa) a platos de mayor calado. Bueno, también aspiro a tener un horno, que el microondas se queda ya corto.

Gastrósofo es aquella persona que entiende la comida por encima del acto de sobrevivir, aquella persona que entiende que el placer de la gula conlleva saborear todo lo nuevo y deleitarse con cada nuevo bocado. También es importante, aunque nuestra imaginación y nuestras capacidades no nos permitan ser unos alquimistas del paladar, saber cocinar. Y en éstas me hallo, solo, en un país extranjero d0nde los tomates son insípidos y las naranjas me salen a un euro con cincuenta el kilo, debatiéndome entre la bolsa, la vida y un apetito insacialbe.

Gastrósofo, tal y como lo entiendo y como me da a entender el bueno de Pepe Carvalho —alter ego de Montalbán y personaje literario favorito de un servidor— también tiene una especial sensibilidad por los licores, vinos y cervezas. Creo que en mi caso, y en mi corta vida de pseudogastrósofo, he probado alcoholes que no probaría en España: el ouzos griego, la grappa italiana o el Jagërmeister. También probé el vodka polaco y cervezas de Navidad, primavera, etc. Entre los últimos descubrimientos destaco el vino blanco alsaciano.

Este artículo es básicamente una oda a la concupiscencia y a la gula, así que ya pasada la Cuaresma y los días del bacalao con espinacas, recomiendo darse a esta corriente de pensamiento: la gastrosofía.

A continuación les dejo un extracto de mi maestro gastrósofo por excelencia: Manuel Vázquez Montalbán; al que no sólo debo esta iniciación y que en un futuro tendrá más de un artículo dedicado a él.

¿Cuándo llegaría ese momento en que, de hinojos ante la magnificencia del valle del Sangre, él, Pepe Carvalho, emponzoñado por el bacalao al pil-pil, las pochas con almejas, las patatas con chorizo a la riojana, el brioche con foie-gras al tuétano, el arroz a la tinta de sepia, el pan con tomate alcahueta dé tantas meriendas arbitrarias, el arroz con bacalao, el pudding de merluza y mejillones de roca, última especialidad con la que aún pugnaba Biscuter, pediría perdón a los dioses de la Dietética? Y qué decir de la bebida. Cuando volvía la vista atrás, Carvalho se veía en la necesidad de atravesar un lago de orujo helado y después remontar un río de vinos blancos de entre horas, obsesiones periódicas por unos o por otros que le habían llevado a una última devoción por el Marqués de Griñón, no sabía si por la indudable calidad del vino o como intento de aproximación tangencial y platónica a la señora marquesa, de soltera Isabel Preysler, Lou von Salome filipina que al igual como su predecesora había coleccionado a Nietzsche, Rilke y Freud, ella traducía aquella tríada gloriosa a tiempos de posmodernidad y la dejaba en Julio Iglesias, el marqués de Griñón y un ministro de Economía que por ella dejó la familia y el control del Presupuesto General del Estado. Y no quería ya pasar el capítulo de tintos, aquellos tintos que veía en un fondo oscuro de sangre, sangriento, como sangriento y despellejado debía haber quedado su hígado después de aquel mal trato durante años y años. El propio cuerpo es el mejor amigo del hombre, se oyó decir a sí mismo Carvalho, no sin preocupación, porque a pesar de la evidente complacencia derivada del buen comportamiento, del ayuno y del ejercicio físico, algo le decía que en un lugar indeterminado de su cerebro estaban agazapados y aplazados los demonios neuróticos del hambre y la sed, y ese mensaje no le desagradaba. Es más, se dijo Carvalho ante el espejo, con el torso desnudo y un dedo apuntando hacia el lugar aproximado donde debía estar el hígado: Por mí puedes reventar, hijo de puta.

Manuel Vázquez Montalbán, El balneario

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

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