El norte

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Yo soy del norte. Quizá podría haber nacido más al norte aún, es cierto. Siempre se puede haber nacido más al norte que donde lo has hecho, ¿no? Puedes estar en el Polo Norte, en el puto centro geográfico, en el lugar donde se encuentra ese eje imaginario que tantas veces hemos visto dibujado en nuestros libros de texto, el punto coincidente con el eje de rotación de la Tierra; e incluso ir un poco más al norte.

¿O no? ¿Desde ahí todo es Sur? Nunca me había parado a pensarlo. Oeste y Este son dos direcciones a las que siempre, de una forma u otra, podrás ir. Pero, ¿existe el momento en el que no puedas ir dirección Norte o dirección Sur?

Pero bueno, a lo que iba: soy del norte. Y eso en cierta manera te define. Es una cuestión universal. Es muy curioso, pero no sólo ocurre en nuestro país. La diferencia de carácter que muchas veces se ve tan definida entre alguien de Asturias y alguien de Cádiz. O entre alguien de Donosti y alguien de Cáceres. O, yo que sé, incluso entre alguien de Burgos y alguien de Toledo. Esas diferencias de carácter (que haberlas ailas, aunque algunos no las manifiesten o no las vean tan claramente) existen también en otros países. Es la diferencia entre los de Seattle y los de Miami. Es la diferencia entre los de Glasgow y los de Portsmouth.

En cierta medida estás definido, en parte, por nacimiento y en parte por ambiente. Y donde pasas los primeros años de tu vida forma parte del ambiente. Independientemente de cómo sean tus amigos, tu familia… es fuera de tu casa donde hacer las vida diaria. Y algo influye.

Yo soy del norte.

Y el norte es frío, es humedad, es agua, es viento.
Es verde.
Es hierba.
Es el olor a barro, a lluvia recién caída. Es niebla al levantarte de la cama y una cortina continua de chirimiri durante días y días.
Es rocío, es las hojas y cristales congelados a primera hora de la mañana.
El norte es salir a correr con la lluvia cayéndote, calándote hasta los huesos y con una sonrisa en el rostro.
Es ver los rayos de las tormentas a tu alrededor. Rodeándote. Haciendo figuras de luces como si de un baile se tratase.
Es subir a la montaña y oler el aire y mirar al horizonte y ver cómo las cumbres cortan el cielo.
Es llorar bajo la lluvia para que nadie pueda distinguir tus lágrimas al caer.

— Arturo M. Antolín —

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