Ignorance is bliss.

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A raiz de mi pasado artículo en defensa de la filosofía, volví a caer con varias personas en el eterno debate de algo que hemos aceptado por normal. “La ignorancia es la felicidad”. Cual anuncio de colonias, o cual eslogan político, nos lo han tatuado en el cerebro, y es un lastre que debemos arrastrar los pocos locos que nos aventuramos, a pesar de todo, en el mundo de la lectura, la cultura, el arte… en definitiva que nos empapamos de cualquier tipo de saber. Siempre vamos a ser señalados con el dedo del vecino como ese que no va a ser capaz de ser feliz. “¡Pobrecillo, cuánto más sepa de la verdad, más infeliz será!“.

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El problema es que hay que saber diferenciar dos cosas básicas. Creo que desde la gramática se pueden explicar muchos errores; Y ésta afirmación es una de tantos.

La felicidad no es un estado perpetuo. Uno no es feliz siempre, ni lo está. Inevitablemente tengo que hacer una apreciación en este sentido. “Ser feliz” está sobrevalorado como lo está el sexo y como lo está el amor (siempre he querido decir algo así). En realidad, nadie es feliz. Se está o no se está. Es un sentimiento que el ser humano experimenta en dosis tan pequeñas como los orgasmos en su vida. El resto del tiempo, una persona es. No sé si me explico. Quiero decir que la felicidad tiene que ir detrás del verbo “estar” y no del verbo “ser”. Es un error gramatical que nos lleva inevitablemente a la confusión.

Ser ignorante tampoco es algo perpetuo en el sentido de que podemos cambiarlo en un momento, pero no de manera constante. “Ahora estoy ignorante, ahora no lo estoy” sería un error gramatical que por suerte no escuchamos. O lo eres o no lo eres. Y una vez que dejas de serlo, no hay vuelta atrás.

Desde la gramática no hay ninguna conexión entre ser ignorante y estar feliz. Es decir, el ignorante, como el sabio; están en plena libertad de sentir felicidad. Y de no sentirla. O, en otras palabras; ambos pueden estar tristes en un momento y después estar felices. Todos los que me han defendido que la ignorancia es felicidad desde argumentos muy pobres sólo me hacen afirmar que quizá en la ignorancia uno goza de más oportunidades para ser feliz. No se enfada con las cosas que están mal porque las desconoce; y en definitiva, vive en un limbo que es fácil confundir con la felicidad. No es más que un limbo de ciegos. Los argumentos siempre atacan a la frustración que pueda sentir el sabio al conocer la realidad que no puede cambiar. Pero decidme, ¿no existe frustración en aquella persona que desconoce lo que pasa a su alrededor?. De mala manera, los que apoyan la incoherencia de la felicidad que aporta la ignorancia recurren a esas personas que no saben leer ni escribir pero que han podido tener una vida plena. Llegados a este punto, podéis entender que no les quito la razón de que esas personas no hayan tenido momentos de felicidad en su entorno, estoy convencida de ello; pero todos los momentos en los que han sentido la felicidad no les puede arrancar la frustración que les puede suponer algo tan cotidiano como ir a comprar, o poder viajar con independencia. Hace exactamente un año cuando volvía de un viaje a Oporto, en la Terminal de Barajas, una señora mayor portuguesa se agarró a mi para que la guiara a la salida porque me reconoció con una tristeza que pocas veces había visto en los ojos de alguien que no sabía leer.

El mundo no se puede cambiar si no se conoce lo que hay que cambiar.

Quiero dejar claro que todos somos ignorantes. En una materia, en algún tipo de saber. El conocimiento total, a día de hoy, es imposible; pero sí es cierto que hay ciertos niveles de ignorancia; y el más bajo de todos es aquellos que no poseen ninguna base sólida -por los motivos que sean- de un conocimiento de cultura general. Y desde aquí sólo voy a criticar a quienes la han tenido al alcance de la mano y la han rechazado y desprestigiado, creyendo que no pudiera servirles para nada, y dejando en vergüenza a sus generaciones precedentes que no tuvieron ninguna oportunidad. Pero claro, vivimos en un Estado que fomenta la mediocridad en las aulas, y el señalar con el dedo a aquel que destaque, y que encuentre cobijo en las letras, en las artes, y en la cultura en general. Y donde comprenda que el saber le puede dar momentos de felicidad que jamás serán conseguidos desde la ignorancia más absoluta de quien no tiene interés en conocer.

Y cuando te pregunten si eres feliz; sólo puedas contestar: “Estoy feliz. Ahora. En este momento.

— Paloma de la Fuente —

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