Serenatas sin balcón

Estamos perdiendo las nobles costumbres. Las nobles costumbres corresponden, a menudo, con las costumbres más horteras y arcaicas. Me explico a continuación.

Cada vez que vuelvo al pueblo por una temporada, compruebo con una idéntica dosis de estupor que de gusto cuánto de curioso hay en cierto tipo de hábitos que siguen en vigor. Me refiero al noble arte de elaborar tesis sobre las vidas de la gente a raíz de algunos acontecimientos, o al “qué bueno era” después de cada funeral, o al balcón como elemento con sentido y utilidad dentro de los hábitos cotidianos del personal. A esto mismo iba, a los balcones.

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Es curioso, porque yo jamás me había parado a pensar en la utilidad de un balcón. De hecho, en mi casa del pueblo el balcón cumple, fundamentalmente, la función de acumular el polvorín de la calle. Bueno, una vez terminé una relación en ese balcón hablando por teléfono, pero esa es otra historia.

En cualquier caso, en mis veintidós años de existencia jamás me había parado a pensar en el rigor del balcón como un elemento de utilidad. Pero, a colación de una serie de hechos que a continuación expondré, me he parado un poco a pensar sobre este invento y sobre la importancia que la gente le da.

El otro día me encontraba en una conversación acerca de dos personas que buscaban piso. En la lista de requisitos que una de las personas exigía para encontrar el piso perfecto se encontraba el de tener un balcón. Entonces yo me preguntaba hasta qué punto era importante un balcón en una vivienda. Mi primer pensamiento fue que era beneficioso porque eso implicaba más luminosidad, algo que es un plus comprensible. Luego me paré a pensar un poco más en las implicaciones culturales del balcón, y llegué a otra serie de conclusiones.

Muy probablemente, el balcón de un piso en Madrid no sea tan útil como el balcón en una casa de un pueblo. Veréis, un balcón aquí (escribo ahora mismo desde el salón de mi casa) tiene una serie de utilidades inimaginables para una persona que haya vivido siempre en una ciudad como Madrid.

Sin ir más lejos, el balcón de mi anterior piso se utilizó tres veces contadas por mi parte. El de mi piso actual se ha utilizado algo más en verano, principalmente porque tenemos unas vistas muy agradables y oye, las tertulias estivales saben mejor ahí. En cualquier caso, los balcones de mi vida en solitario siempre han tenido que ver con tertulias de amigos en épocas de clima favorable. Pero en un pueblo todo es muy diferente. Se me ocurren, de repente, unos cinco usos básicos del balcón en un pueblo como el mío. A continuación lo voy a exponer.

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En primer lugar, en estas fechas tan entrañables, el balcón es un instrumento potencial para cantar saetas. Hasta donde yo recuerdo, las procesiones en mi pueblo tienen varias paradas obligatorias en balcones desde donde se cantan saetas. Esto implica una cuidada preparación de los balcones por parte de sus dueños para este tipo de eventos. Claro, que tener a cerca de mil personas mirando hacia tu balcón aunque sólo sea durante tres minutos te obliga a cuidar mucho todos los motivos que lo componen. Recordemos que en un pueblo pequeño lo más importante es el qué dirán.

En segundo lugar, el balcón es una excusa perfecta para indagar qué es lo que pasa por la calle. En una calle principal, un balcón tiene mucha utilidad si uno es un poco curioso, y por curioso quiero decir cotilla. Conozco grandes bulos creados de la nada y difundidos a lo largo de la calle principal del pueblo, algo que daría para tesis.

En tercer lugar, el balcón es una vía de escape estupenda cuando no queda un solo lugar de la casa para hablar por teléfono con un poco de intimidad. (Reconozco que esta opción me ha resultado tremendamente útil a lo largo de mi vida). Puede resultar una idiotez, pero si no vives en una mansión, es importante optimizar el espacio.

En cuarto lugar, el balcón como muestra de las capacidades ornamentales que tienen sus dueños. Para que me entendáis, durante el transcurso del año un balcón en el pueblo suele estar decorado con macetas. Macetas muy bien cuidadas, para que la gente vea lo buenos que son sus dueños. Como por arte de magia, a mediados de diciembre algunos balcones ven cómo sus macetas inofensivas son reemplazadas por un sinfín de luces de colores, muchas figuras de Papá Noel colgando y algunas de Reyes Magos. Asimismo, a caballo entre la vergüenza ajena y la irrisión máxima, la gente con sentido común a menudo analizamos cuán grande es el afán de algunas personas por ganar un concurso de decoración de balcones, donde no queda claro si se premia la originalidad o el grado de sentido del ridículo de los propietarios.

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En quinto lugar (he dejado la guinda para el final), el balcón como elemento de utilidad en las bodas. Sé de gente que con total naturalidad posa en sus balcones para que esas fotografías salgan en su álbum de bodas. Pero esto va más allá: en el previo de una boda, está el paso de la serenata, que no es más que un evento de parafernalia consistente en que el novio (y sus familiares, y los amigos) van a casa de la novia a cantarle serenatas mientras ésta se asoma al balcón (o a la puerta, en su defecto) hasta que el nivel de alcohol en vena mezcla a todo el mundo y eso es la panacea.

La importancia del balcón en este caso es primordial, porque ya sabemos por nuestra tradición cultural que en toda historia de amor tradicional tiene que haber una princesa rescatada por un apuesto príncipe que tiene que intentar acceder al balcón más alto, desde donde ella llora su ausencia, para librarla de sus penas. Rapunzel, Fiona o Roxanne en Cyrano de Bergerac tenían balcón. Así es que, si quieres que la gente del pueblo hable bien de tu boda y de tu serenata debes tener un balcón para que el asunto tome un rigor a la altura de los comentarios de tus vecinos. De lo contrario, ni estás a la altura ni tu celebración lo estará. De aquí el dicho recientemente inventado de “ser más triste que una serenata sin balcón”.

Llegados  a este punto, y antes de finalizar mi misiva, creo conveniente apuntar algunos datos en relación con las bodas y cierto tipo de gente que habita en pueblos como el mío. Hay ciertos colectivos de personas que creen que la boda es un evento en el que hay que desplegar todos los indicadores que nos lleven a los demás a adivinar la magnitud de su poder adquisitivo. Esto es, cuanto más parafernalia haya en tu boda, mayor será el poder adquisitivo. Vamos, así lo consideran ellos. Me reservaré mi opinión al respecto, y únicamente diré que, desde mi punto de vista, si quieres una boda a la altura de tu elegancia, abstente de lentejuelas, raso y vestidos armados. Y, lo más importante, asume que después de tu boda el mundo no se para.

Moraleja: mirad desde una perspectiva neutra siempre estas nobles costumbres arraigadas en los pueblos, que son divertidas hasta que entras en dinámica.

Estefanía Ramos

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