R O M A: Relato de un amor al revés

Duck

Muero. Exhalo mi último suspiro y desaparezco. Ante mi, mi vida en imágenes: una tira de celuloide que me muestra los mejores momentos de mis días ya pasados como si estuviera rebobinando una cinta de casete. Así, el coche que hacía un momento se encontraba a los pies de mi cuerpo inerte se desplaza marcha atrás, dándome la vida, poniéndome en pie y haciéndome retroceder en mis pasos. En mi mano, el móvil, y en la pantalla, mi respuesta: “Yo también te quiero. Estoy deseando verte esta noche”. Mis dedos se mueven y el mensaje, antes escrito, va desapareciendo, letra a letra, hasta que aparece el tuyo: “Te quiero. La cena de esta noche será mágica” y se desvanece como si nunca hubiera llegado.

Desando los escalones de tu casa, en una escena completamente distinta a la anterior, y abro la puerta que en el pasado había cerrado. Sigiloso, escribo, hasta dejar el papel en blanco, la nota que dejé en la encimera: “Me voy a trabajar. Te quiero”. Me quito la ropa que hasta hace un momento llevaba encima y me arrastro hasta tu lado, hasta la cama aún caliente. Te abrazas a mí y me revuelves el pelo. Tu voz suena distorsionada, pues va marcha atrás, pero recuerdo perfectamente como me susurraste que me levantara, que me querías y que luego me llamabas, antes de darte la vuelta y seguir con tus sueños. Sin embargo, ahora no. Ahora te quedas a mi lado y dormimos la noche que creíamos haber soñado, como si fuera la última.

Enciendo velas extinguidas y las veo crecer ante el brillo de tus ojos. Se llenan los vasos que en su día vaciamos a tragos. El cinematógrafo se para y ahora anda con normalidad, como si quisiera que antes de morir pudiera ver este fragmento con total claridad. Te agarro la mano y te digo que nos vayamos a vivir juntos, que te haré vivir todos los días como una princesa y que nunca me separaré de tu lado. Me sonríes. Sé que me vas a decir que sí, pero te haces la dubitativa sólo por fastidiarme. Aún con una sonrisa en los labios me haces saber que los príncipes azules no existen pero que te conformas conmigo, antes de soltar una gran carcajada y besarme en los labios. El celuloide vuelve a ir marcha atrás. Me quitas el beso, callas la carcajada, borras la sonrisa. La vela que antes estaba encendida se apaga, esperando a que algún día la encendamos.

El plato que estallas contra el suelo se recompone y vuelve a su sitio. Las lágrimas regresan a tus ojos y los gritos a tu garganta. Tu pecho, que antes se movía alterado, nervioso, respira ahora con normalidad. Nos miramos con furia en el silencio que precede a la tormenta y dejo atrás la discusión que nos mantuvo alejados, como si nunca hubiera existido.

Estamos desnudos y respiramos con dificultad. El cinematógrafo me muestra la noche de nuestro primer aniversario y cuánto nos queríamos. Pero vuelve a rebobinarse y todo es extraño: comenzamos desnudos lo que en su día empezamos vestidos y hacemos la cama que deshacíamos a besos.

La cadencia aumenta y las imágenes se suceden con mayor velocidad: deshacemos paseos por el parque y las rosas que te regalé, y murieron marchitadas, ven a sus pétalos volver a unirse; se recomponen los helados que se derretían en nuestras manos y se vacía la sala en la que vimos nuestra primera película; y así, miles de momentos en los que, rodeados de gente, sólo estábamos tu y yo.

Llegamos al momento en que te conocí y ruego al cinematógrafo que lo reproduzca con normalidad. Y así lo hace. Hablo con mis compañeros cuando, de repente, te veo aparecer y subir los escalones. Te sientas justamente en el ala contraria donde yo me encuentro y apenas cruzamos una leve mirada acompañada de una fugaz sonrisa. El cinematógrafo vuelve a ir marcha atrás mientras le suplico que mantenga el curso normal, pero esta vez no me hace caso, y nos ponemos serios, nos quitamos las miradas y desapareces por la puerta por la que un día entraste en mi vida, y por la que ahora, te desvaneces para siempre.

Y me voy haciendo más pequeño y aspiro el aire con el que apagaba mis velas de cumpleaños. Toda mi infancia se muestra ante mi pero yo no puedo dejar de pensar en ti, en volver a verte, en volver a conocerte y vivir cada uno de esos momentos que viví junto a ti. Me voy haciendo cada vez más joven y, aunque en la pantalla soy cada vez más inocente, me doy cuenta, en estos últimos segundos de mi vida, que todo lo que he vivido no me importa y que si algún día nací fue para conocerte, para estar a tu lado. Muero. Nazco.

—Jonathan Espino—

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