Los príncipes azules

pablo

Pablo Alborán también caga. Sí, amigas, sí: como todo hijo de vecino. Sé que hace dos noches cuando le veíais cantar en los Premios Cadena Dial (a.k.a. Mujeres al borde un ataque de orgasmos) pensabais/suspirabais: “ay, ojalá yo tuviera un novio como él”. Pero, nena, es todo fachada. Me duele que tenga que ser yo el que os tenga que abrir los ojos pero es que también me duele ver cómo sufrís cuando le oís cantar mientras tenéis a vuestro novio al lado, rascándose la entrepierna con esa barba de dos días (que puede que sea igual que la de Alborán pero que en ningún caso le queda como a él).

La culpa de todo la tiene la ficción y su idealización del hombre como ese príncipe azul que hará de tu vida un sueño. Todos hemos visto desde bien pequeños esas cintas Disney en las que, aunque la protagonista es la joven e ingenua princesa, siempre se las ingenia para meterse en un berenjenal del que ser rescatada. No sabe cómo lo hace, ni de dónde le viene pero cuando se quiere dar cuenta está cosiendo con una maquina que tiene la aguja hechizada y ¡zas! Maldición al canto, y por consiguiente, príncipe que la rescata, cómo no, con un beso casto en los labios. Los de Disney (aunque yo creo que eran LAS de Disney) no son tontos y siempre ponían a este caballero como un joven y apuesto muchacho de noble casta que arrebata las bragas a su paso. Ahora bien: corre y pínchate tú con la aguja. ¡Anda, corre, verás que cantidad de “apuestos príncipes” te salen!

Después de Disney vienen las romanticonas. Sí, esas de “chico y chica se conocen – se enamoran – chico se va a la guerra – chica destrozada – acaba la guerra, se reencuentran y oooooh” o esas de “chica rica y chico pobre se quieren – papá no le quiere a él – chica cabezona se emperra – papá prohíbe que lo vea – chica se escapa y se queda preñada – papá no tiene más huevos que quererlo y oooooh”… Bueno, esta es más de Antena 3 pero ya me entendéis.

Pero, ¿alguna vez habéis pensado en nosotros? Es decir, ¿alguna vez se os ha ocurrido pensar que sentimos los hombres al ver a esos príncipes? Pongamos algunas escenas de la ficción como ejemplos de lo que se espera de nosotros:

– Richard Gere, en el final de Pretty Woman, montado en aquella limusina blanca a ritmo de ópera mientras salen decenas de palomas al vuelo. Julia Roberts lo mira desde la ventana y se echa a reír cuando lo ve con ese ramo de flores en la mano. Bien, todos tenemos esas imágenes en la cabeza, ¿no? Vale, pues ahora explicadme cómo queréis que haga yo eso con mi Citröen Xsara, sacando la cabeza, el ramo de rosas y medio cuerpo por la ventanilla, sin romper el retrovisor que tengo pegado con cinta aislante. No hay cojones.

– Heath Leadger cantando por las escaleras del instituto ese Can´t take my eyes off you en Diez razones para odiarte. ¿A ver qué muchacho de a pie te va a cantar esa canción? Y es que no es el hecho de que te cante una canción de amor (que sí), si no que esa canción tiene que ser LA canción. Me explico: With or without you, bien; Your song, bien; Somebody to love, mejor; Ella y yo de Aventura y Don Omar, MAL; Sueño contigo de Camela, ¡PEOR! La degeneración de la música me daría para otra entrada del blog, pero, creedme: es mejor que no os canten por lo que pueda pasar (aquí no me meto porque yo cantaría cualquiera de las tres primeras).

A tres metros sobre el cielo. Oh, es que no voy a elegir una escena sólo: hablemos de toda la película en su conjunto. Una niña bien y un cani que se enamoran y el resulta ser un romántico de la leche. Lo de Disney y su idealización de los hombres tiene una gran mérito pero lo de Moccia y su idealización de los canis… ¡ES UN LOGRO INSUPERABLE! No es que yo conozca a muchos, pero creo que su idea de estar a tres metros sobre el cielo está más ligada al porro de por las tardes antes de entrar al Panic que al de estar con una chica tumbado en la playa… Llamadme loco pero yo lo veo así.

Los hombres tenemos una gran presión desde bien pequeños que, de mayores, nos hace ser infelices. Sí, porque vemos que no llegamos, que no somos azules como los de los cuentos. ¿Por qué sois así? ¿por qué no nos queréis como somos? La idea de “me echo un novio y luego ya le cambio yo a mi gusto” también viene de Disney: La Bella y la Bestia. Una muchacha que se enamora de una horrible bestia que acaba siendo un hermoso príncipe… O esa chica se había leído el guión o ahí hay gato encerrado. Pero, claro, esa idea se instaura en la cabeza de una niña de cinco añitos y a ver cómo le dices cuando tiene cuarenta que no puede cambiar a esa bestia que tiene por marido, todo el día tirado en el sofá, cerveza en mano, mando en la otra y tripa entre ambas. Mucho daño.

La culpa de todo esto, en definitiva, la tiene Walt Disney, que debía ser todo un caballero. Pero yo estoy seguro de que a él su mujer también le acabó diciendo que era demasiado frío…

—Jonathan Espino—

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