Tengo un pensamiento

Mi Pensamiento el día en que echó su primera flo: fotografiado y con un filtro de Instagram mediante.

Mi Pensamiento el día en que echó su primera flo: fotografiado y con un filtro de Instagram mediante.

En mi actual vida de emancipado —a nivel de que vivo solo, sólo soy un joven español— he descubierto varios placeres incomensurables y a la vez bastante censurables. El primero de ellos y más importante es el poder tener más litros de cerveza que de leche en la habitación; el segundo, tener la habitación limpia como una patena; y el tercero, el que más alegrías me da, tener plantas.

Bueno, plantas sólo tengo dos, mi cactus, al que llamo cariñosamente Jaro  —historia increíblemente larga, pero que se podría resumir en dos palabras «cine quinqui»—. Jaro me costó cuatro euros en el Auchan (Alcampo, de toda la vida) y es una planta de la que me han comentado que, cuando se muera, se quedará igual que si estuviera viva, así que seguramente tenga un crimen más sobre mi mente.
Al lado de mi Jaro, está mi Pensamiento, mi viola tricolor, como se la conoce en el argot botánico; es más bien chico (49 céntimos de euro la maceta) y tiene menos de dos semanas de vida dentro del microclima de mi habitación. Aunque no tiene mucho tiempo, la verdad es que me da más alegrías que mi cactus, que es un poco seco, mi pensamiento recompensa mis cuidados y las conversaciones que le doy —mi madre me dijo que hablara a las plantas, que eso les venía bien para crecer— echando flores. Ya lleva dos más dos pimpollos que saldrán en un par de días, lo dicho, amor y, aunque acabe de podarle las hojas muertas, no es el Amor de Haneke, menos mal.
Aparte de estos dos ahijados míos, tuve otra planta a mi cargo, el Basilico de Betta —mi vecina y compañera de residencia—. Betta, que es italiana, me dejo al cuidado y mimo de su Basilico —albahaca, entendámosnos—. El Basilico ha sufrido las iras de gran parte de la residencia y ha estado a punto de morir un par de veces a manos de compañeros que sobre todo lo han sobreprotegido y sobre todo lo han regado de más. Creo que entre medias hay también un caso de olvido. Y el Basilico también sufrió mis iras, yo al principio lo ahogué un poco, hasta que encontré la medida perfecta para que tuviera agua suficiente: un cuarto de vaso de agua todos los días, ante todo hay que impedir que la tierra esté seca.

Yo al Basilico de Betta lo cuidé y lo mimé incluso por encima de Jaro —el chaval siempre ha sido más independiente y arisco conmigo—, pero le salió, o tenía, moho en la tierra. Y monté el operativo: llamé a mis amigos biólogos del Erasmus y se rieron de mí: «Víctor, lo mataste», «tú échale una gota de lejía diluida en el agua», «airea la tierra y transplántalo a una maceta diferente», «Víctor, MATASTE AL BASILICO DE BETTA», etc. Total, estaba cagado, la historia concluye cuando viene Betta y me dice que no, que moho lo ha tenido siempre. Respiré.

A todo esto, ya sé que este artículo, como el mío anterior, han sido de lo más naïf, pero quién no necesita de vez en cuando algo ligero que le ayude a tragar esta vida. A mí, sin ir más lejos, mi Pensamiento me dio su primera flor a la par que recibía una mala noticia, sonará desprendido, pero no me importó tanto que otra vez, el plan no saliera como lo tenía pensado.

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

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