Tu compi de ‘El País’

No quería encabezar este artículo con una foto de Carlos Boyero, pero ¡Qué coño! Al fin y al cabo llevo ya tres veces queriendo escribir un artículo en relación a él (el primero iba a haberse llamado Quiero ser Carlos Boyero, el título del segundo era Oppa Boyero Style). Y dado que este también está influenciado por él, creo que se lo merece. Así que allá que va la foto de cabecera de esta semana.

boyer

Boyero nada más levantarse de la siesta

Y, aunque bien es cierto que el pie a este artículo es la magnífica crítica a Los Amantes Pasajeros (Pedro Almodovar, 2013) que hizo el viernes Carlitos (entiéndase la ironía en lo dicho), la realidad es que en este artículo en el fondo me refiero a la mayor parte de los que se dedican a la “profesión”. Lo que incluye que, por suerte o por desgracia, yo mismo forme parte del grupo al que “critico” (¡a tope!).

Pensar que la subjetividad puede ser eliminada de la crítica cinematográfica (o cualquier otro tipo) es, ante todo, ingenuo. No digo que no deba ser así, lo que digo es que hoy en día, en los periódicos, en las webs, en la televisión y en la radio, cuando los críticos nos hablan de una película que se estrena en el cine no nos dicen lo buena o mala que es, lo que hace bien o lo que hace mal. Nos dan su opinión. Como líderes de opinión que son, nos dicen lo que opinan al respecto, y tu, como seguidor de estos líderes que eres, actuarás en consecuencia.

O peor aún, puede que simplemente estén dando comba a una película por el interés que tienen puesta en ella (de alguna forma), sin que realmente sea como dicen.

El Señor Carlos Boyero arriba presente hace mucho tiempo que dejó de criticar películas. Ahora se dedica simplemente a decir bondades o meter palos. Dependiendo de cómo se sienta ese día o cómo le caiga la persona que ha llevado a cabo la película. ¿Hasta qué punto hay que seguir favoreciendo eso?

Me parece adecuado que alguien recomiende o diga si tal u otra película le ha gustado, pero de alguna forma esto tiene que ser balanceado por una serie de argumentos con mayor o menos objetividad que hable de las virtudes de la película como tal, independientemente del gusto que por ella se tenga. Yo escribo en Videodromo haciendo “crítica” cinematográfica y aunque tenga la oportunidad de ver una película concreta, muchas veces he rechazado encargarme yo de ella porque no tengo interés o no me gusta ese tipo de cine o ese autor. Y sé que si lo hago, no voy a valorar del todo bien la película, no tan bien como se merece que le valoren. Los prejuicios estarán presentes en toda la crítica.

Se supone que como crítico deberías ser capaz de hablar con un cierto bagaje, sabiendo sobre lo que estás viendo, etc. Si yo no veo cine de acción porque no me gusta, nunca podré del todo bien decir si una película de ese género es buena o mala, no tengo el suficiente conocimiento al respecto dentro del campo.

Los críticos cinematográficos (al igual que los de otras materias) se suponen que han de ser expertos en el campo. Con mayor o menor experiencia, eso está claro, pero algo de expertos. Y eso implica que se deben comportar como tal. Si a lo que me dedico es a dar mi opinión infundada en argumentos de ningún tipo, nada me distingue de tu colega del curro que va al cine una vez al mes (con suerte). Esto no está mal, la recomendación de tu compi es tan válida como cualquier otra, pero a él no le pagan un dinero (aquellos afortunados que cobran) por hacer algo que es supuestamente su trabajo porque es “bueno” en ello.

- ¿Cuánto cigarrillos ponemos a Mr. Hitchcock en la mesa, François?- Muchos, muchos. Que nunca se sabe.

– ¿Cuánto cigarrillos ponemos a Mr. Hitchcock en la mesa, François?
– Muchos, muchos. Que nunca se sabe.

Robert McKee, en su manual de escritura de guión ‘El guión’ presenta una anécdota referente al estreno de El justiciero de la ciudad (Michael Vinner, 1974). Habla de cómo los críticos atacaban la película de ciertas maneras y con tales preposiciones para acabar diciendo: <<… y sin embargo, el público parecía disfrutar.>> Esa final proclama, no era sino el crítico hablando de sí mismo, él la había disfrutado como uno más, pero no podía (o por reputación o lo que fuese, no debía) decirlo. No podía dar tan claramente su opinión.

Cuando en los ’60 Cahiers du cinéma con críticos como Truffaut o Godard, metían palos a toda la cinematografía clásica que se hacía hasta el momento, lo hacían por gusto, por supuesto; pero basaban su opinión en ciertos argumentos. Quizá sea un falso argumentario, no puedo negar que en alguna ocasión, los argumentos sirven sólo como justificación de las opiniones, pero prefiero que me engañes como un tonto de esa manera que no que me trates directamente como un tonto.

Así por lo menos no me doy cuenta.

Porque sino, lo que hago es irme al bar del barrio y en la barra, cafelito de meda mañana en mano, discuto sobre los estrenos de la semana.

— Arturo M. Antolín —

PD: Por supuesto, me crucé cara a cara con Carlos Boyero hace varias semanas y no le dije nada al respecto de esto. Faltaría más.

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