La invención de Morel

Si hay un daño colateral que la irrupción del libro digital o ebook en nuestras vidas ha traído consigo es el de la eliminación de las portadas y, por ende, de la posibilidad de la aparición de diálogo espontáneo entre dos desconocidos unidos por la cubierta de la obra que están degustando en un instante dado.

Al principio de ¡Jo, qué noche!, de Scorsese, el protagonista conoce a una chica en una cafetería. Empiezan a hablar porque él reconoce qué obra es (un Henry Miller). ¿Qué hacemos con los Kindle, los Nooks y los iPads? Decir adiós a la fortuita conversación que surgiría al sentarnos junto a alguien que esté leyendo en el metro, igual que nosotros, lo último de Ken Follet. Menudo desperdicio para la humanidad.

Los que sigan llevando a cuestas los libros con hojas de papel, sin embargo, seguirán disfrutando de La Pregunta que todo usuario de transporte público con ganas de dárselas de intelectual tiene: ¿qué debería leer en público para que los demás piensen que soy profundo? ¡Ay, pillines!

El otro día me termine La invención de Morel, un libro que es, en un noventa y cinco por ciento (de no-sé-qué) bastante inútil a la hora de fardar delante de desconocidos. Sin embargo, ese otro cinco por ciento puede marcar la diferencia (sentimentosexual) de cualquiera, porque es una novela estupenda.

Jorge Luis Borges es uno de esos autores que me hacen pensar en el término de novela gráfica. Si la novela gráfica es un cómic al que le han puesto un nombre un poco pretencioso para vender más y que se tome más en serio, Borges es un escritor de fantasía y ciencia ficción al que evitan tildarle como tal para no devaluarle.

Menuda gilipollez de párrafo.

El caso es que es un autor imprescindible y, al mismo tiempo, divertido y agradecido de leer. Pero no está de moda. No mola leer a Borges. Es un autor con un potencial de postureo tremendo pero se obvia continuamente, porque lo que lo chana es Juego de Tronos y cualquier coñazo de tres al cuarto que se os ocurra. El Alpeh, sin ir más lejos, tiene un cuento de un párrafo, ideal para un trayecto en metro de una parada, que encierra en la longitud de dos tuits la suficiente profundidad para tirarse el pisto durante años.

Pero ojo, porque hay quien sabe quién es Borges y hay quien, si no lo leéis en ebook, todavía os entraría en algún punto entre la parada de Moncloa y la de Callao. El movimiento pro es el siguiente, ojo con ello:

La invención de Morel es una novela del argentino Adolfo Bioy Casares cortita, de apenas algo más de cien páginas, que el amigo Borges nos vende como PERFECTA y, oye, si lo dice Borges no es como si lo dijese yo, eso está claro. El libro navega entre temas universales y conocidos (el amor, la inmortalidad, el progreso tecnológico, el sentido de la vida) y bien podría tratarse como una historia de ciencia ficción (cosas más raras han entrado y cosas más comunes se han salido de esa etiqueta tan mal definida).

Llevar La invención de Morel en el metro es jugársela a conseguir el mismo efecto que al llevar un Kindle: que haya quien se pregunte qué es eso que llevas entre las manos… Pero, cuando alguien que la conozca te pille, que suenen las trompetas. Así es como podréis encontrar a vuestra pareja ideal. Porque todo el mundo sabe que coincidir en la valoración de un libro, película o disco es garantía de una relación sentimental plena y duradera.

Así es.

Anuncios