Tejedores de sueños (III)

Puerta iluminada

Estaba todo a oscuras. Un leve zarandeo le indicaba que lo trasladaban, que lo movían a otra parte. Apenas podía pensar en otra cosa: debía capturar a ese niño…

Corría por las alcantarillas cegado por la ira y el desconcierto. No quería creer que lo hubieran estado engañando durante todos estos años, pero no había otra explicación: aquellas fotos que sus padres guardaban no dejaban lugar a dudas. Entró en la guarida y corrió entre la gente en dirección al despacho de Mártel, pero una mano, de repente, lo retuvo por el hombro: era Arturo.

– ¿Qué te pasa? Tu protegido ha preguntado por ti.

– He de hablar con Mártel.

– ¿De qué? – se extrañó Arturo.

Por un instante Marcos dudó de si contárselo, pero era su protector, como su propio hermano, sabía que le ayudaría.

– Mis padres saben quién soy. No me olvidaron. ¡Tienen fotos mías!

– ¿Cómo sabes eso? – preguntó Arturo abriendo mucho los ojos.

– Lo he visto por mí mismo. Fui a rescatar a mi hermana y…

– No deberías haber hecho eso – en la cara de Arturo se dibujó una expresión mezclada de tristeza y rabia que no pasó desapercibida a Marcos.

– Lo sé. Ahora, he de hablar con Mártel.

Se giró y se encaminó hacia el despacho. Abrió la puerta y justo cuando iba a pedir explicaciones a Mártel, Arturo lo agarró por la espalda y le susurró al oído:

– Yo te llevaré donde está ella.

Marcos le miró a los ojos y Arturo asintió. Cerró la puerta dejando a Mártel confundido y se dejó llevar por Arturo.

Salieron a las alcantarillas y cuando no llevaban ni cinco minutos andando, Arturo le indicó que debían bajar unas escaleras.

– ¿Las alimañas han estado debajo de nosotros todo este tiempo? – pregunto Marcos sin dar crédito. Arturo asintió y le indicó que bajará, que él le explicaría todo.

Una larga escalera caía en la oscuridad de un agujero lleno de mugre. El espacio era mucho más húmedo y el olor a putrefacción mucho más fuerte. Al llegar al suelo, Arturo sacó una linterna y le indicó el camino. El agua les llegaba por las rodillas y les costaba andar. Marcos se hacía cientos de preguntas mientras se hacía paso entre los desperdicios que flotaban en el agua: si las alimañas han estado aquí abajo, ¿por qué no acabar con ellas? ¿por qué dejar que sigan atacando a los niños? No entendía nada.

De pronto, una gran puerta apareció ante ellos. Arturo le pidió ayuda para girar la enorme manivela que permitía la entrada. Con gran esfuerzo, entre los dos consiguieron abrirla y entrar en la habitación que se encontraba tras ella. Arturo apagó la linterna una vez estaban dentro, así que Marcos no podía ver nada. Arturo se movía a su lado, accionando un mecanismo situado en la pared. Al instante, una luz verdosa iluminó la estancia. Marcos no podía creer lo que allí se encontraba: los muros estaban repletos de jaulas con alimañas encadenadas, y al fondo, una gran máquina que parecía de tortura, ocupaba toda la pared. Las criaturas, en lugar de gruñir y quejarse, dormitaban como si hubieran sido sedadas.

– ¿Qué es todo esto?

– Es donde habitan las alimañas hasta que tienen que salir.

– Eso ya lo veo. Pero, ¿por qué están encadenadas? Quiero decir, ¿quién las ha encadenado? ¿No son libres?

– No – respondió Arturo, viendo lo que se avecinaba -. Las retenemos nosotros.

– ¿¡Nosotros?! Entonces, ¿por qué se escapan?

– Las soltamos nosotros también – Marcos abrió mucho la boca por la sorpresa. No sabía ni que decir. Balbuceó señalando lo que veía en la sala, pero incapaz de proferir una nueva pregunta. Arturo suspiró y continuó -. Lo hacemos para conseguir más Tejedores de sueños cuando un anciano muere o…

– ¡Debes de estar de broma! ¿Me estás diciendo que controláis a estos monstruos para conseguir más niños indefensos? – Arturo asintió. Marcos se dejó llevar por la ira -. ¡¿Pero estáis locos?! No podéis hacer eso. ¿Y mi hermana? ¡¿Dónde está mi hermana?!

Marcos comenzó a recorrer la sala pero allí no estaba. Comenzaba a desquiciarse, a perder el control. Se giró y se dirigió hacia Arturo. Lo cogió de la pechera y lo estrelló contra una de las jaulas, arrinconándole. La criatura que estaba dentro de la jaula ni se inmutó.

– ¿¡Dónde está mi hermana?! ¿¡Qué habéis hecho con ella?! – Marcos intentaba reprimir las lágrimas pero era demasiada la rabia que tenía.

– Aún está a salvo.

– ¿¡Aún, aún?! Pero, ¿por qué? ¿por qué yo? ¿por qué nosotros? – preguntó Marcos dándose por vencido, soltándole la pechera y llevándose las manos a la cabeza. No podía más.

– Marcos, escúchame. Sois un eslabón más de un proceso milenario. La selección es sencilla: observamos a todos los niños desde que nacen hasta que muestran un nivel de imaginación óptimo para ser creadores. No todos los niños lo tienen pero tú y tu hermana, al igual que el resto de Tejedores, sí lo teníais.

– Pero, ¿por qué nadie se ha revuelto nunca? ¿por qué no quieren volver con sus padres? – preguntó Marcos entre lágrimas.

– Viven en la ignorancia. Son felices. Nunca sabrán que sus padres se lamentaron cuando desaparecieron.

– ¿Y tú?

– Yo… – por primera vez Arturo parecía emocionarse, como si tuviera un nudo en la garganta – Yo vivía en un orfanato, no tenía familia. Mártel me contó todo esto cuando llegó el momento y, aunque en un primer momento me costó asimilarlo, decidí ayudarle.

– Eres igual de cabrón que él – dijo Marcos casi sin fuerzas -. Me voy, he de ir con mis padres. Pero, ¿y mi hermana? ¿dónde está? Dejadnos marchar y no diremos nada, de verdad.

De repente, la puerta se abrió y sólo pudo ver a Mártel llevando en brazos a su hermana, inconsciente, porque un fuerte dolor en la nuca lo hizo caer al suelo. Arturo acababa de enchufarle una descarga eléctrica con uno de los palos con los que controlaban a las criaturas. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue a Arturo arrodillándose junto a él, pidiéndole perdón.

Cuando despertó estaba maniatado y colocado en la máquina de tortura del muro. Ante él, Mártel rodeado de ancianos esperaba su despertar. Cuando fue consciente de que estaba atrapado, intentó zafarse.

– No lo intentes – le dijo Mártel.

– ¡Suéltame! ¿Y mi hermana? ¡¿Dónde está mi hermana?!

Mártel sonrió.

– Tranquilo, tranquilo. Tu hermana no ha protestado tanto… Claro, que estaba inconsciente y no se ha enterado de nada casi hasta el final… Después gritó todo lo que pudo – dijo Mártel, a sabiendas de que eso lo enfurecería aún más.

– ¡¿Qué le habéis hecho!? – Marcos estalló en lágrimas.

– El mismo tratamiento que te vamos a hacer a ti: convertirla en una alimaña – Marcos, de repente, entendió todo: aquellos que estaban contra el sistema, eran convertidos en esas criaturas. Después, los soltaban, conseguían otro niño y eran… aniquiladas. Recorrió las jaulas en busca de algún indicio de su hermana. Todas contenían una alimaña pero una tenía algo que no le dejó ninguna duda: el osito con el que él dormía y que ahora utilizaba su hermana. Aquella criatura era María.

– Eres un hijo de…

– Schhh, ¡esa boca! ¿Es que no te hemos enseñado nada? – todos los ancianos se echaron a reír.

– Pero, ¿y tú? ¿por qué no moriste consiguiendo un niño como las demás?

– Vaya, eres más listo de lo que pensaba. Parece que ya has descubierto tu destino – le dijo Mártel con una maquiavélica sonrisa -. ¿Tengo tiempo? – preguntó a un anciano que se encontraba a pocos metros de Marcos, controlando el proceso de transformación. El anciano asintió -. La realidad es que no es lo físico lo que te convierte en una alimaña despreciable… aunque también. Si no, la inyección final que te induce en un sueño en el que tu única aspiración, ante todo, será…

– Capturar al niño – interrumpió Marcos en un susurro.

– ¡Exacto! Son los sueños los que determinan quiénes somos y el ansia por conseguirlos. Hay algunos que lo consiguen por buenos medios… y otros que se convierten en verdaderas alimañas por conseguir lo que quieren. En este caso, el sentido metafórico brilla por su ausencia, claro – Mártel soltó una carcajada acompañada por una risa colectiva.

Marcos le iba a maldecir pero el proceso comenzó. El dolor que sentía era insufrible. Notó como su cuerpo se hacía más grande, reventando su ropa y fracturando algunos huesos. Notó como la cara se le llenaba de pelo y las uñas se le caían de los dedos para dar paso a unas finas garras. Pero lo más doloroso fue cuando notó como de, entre las costillas, salieron otro par de brazos en cada costado. Lanzó un último grito ahogado y perdió el conocimiento.

Estaba todo a oscuras. Un leve zarandeo le indicaba que lo trasladaban, que lo movían a otra parte. Apenas podía pensar en otra cosa: debía capturar a ese niño…

—Jonathan Espino—

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