La figura del doble

Antes de leer estas líneas, he de avisar al visitante de que este artículo es estrictamente personal (más que de costumbre). En caso de que el lector tenga algo en contra de Jonathan Espino o de la que redacta esto, le sugiero abandonar  inmediatamente la página. Lo dice mi padre, que es un hombre de valores muy laudables: el que avisa no es traidor.

Ya os he hablado alguna que otra vez de la profesora que ha marcado cada uno de mis días de universidad. Desde el primer día que llegó, Laura Antón me cautivó por completo, en gran medida porque era portadora de un ímpetu que a mí sólo me aborda cuando hablo de Política, Literatura, Derechos Sociales y Cine. Laura venía a hablarnos de Cine, del cine como aparato vampirizador, del Cine como espectáculo, como parte sobrenatural de la existencia humana. Yo estaba en primera fila, y puedo afirmaros que no miento cuando digo que casi rompo a llorar cuando ella mencionó al Drácula de Coppola y a los hermanos Coen, que serían quienes guiasen el curso a través de su obra más redonda (nunca mejor dicho, mis compañeros de clase me entenderán), esto es, Muerte entre las flores.

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Mientras tanto, en esa primera clase, Laura hacía aspavientos y hablaba de cosas que me dejaban con el culo torcido. Entonces, después de diez minutos hablando sin parar, nos escrutó y seleccionó a alguien para que respondiese a esta pregunta: ¿Por qué has entrado en Comunicación Audiovisual? El elegido fue Jonathan, que respondió “Porque me gusta el Cine”. Laura respondió: “Entonces estás en el lugar correcto”.

Antes de que EL DOBLE apareciera como leitmotiv declarado en mi vida, yo ya me había visto proyectada en esa respuesta a la pregunta que Laura había formulado. Estás-en-el-lugar-correcto. Necesité repetirme eso muchas veces a lo largo del resto de mis días en la Universidad. De modo que, reflejada en las palabras de Jonathan, con quien hasta entonces yo no había mediado palabra aunque se sentaba justo detrás de mi, empecé a entender algunas cosas.

Dos años más tarde, hubiese matado por que Laura Antón me eligiese en uno de los dos Trabajos de Fin de Grado que tutorizaba ella. Estos eran, por orden de preferencia, La mirada y La figura del doble. Al final no hubo suerte, pero ambos aspectos han movido mis días hasta hoy.

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La figura del doble está en todos lados. Es intrínseca a la naturaleza humana como la sombra a nuestra figura en una tarde de agosto. El doble está en todos lados, es nuestro mejor amigo y es nuestro peor enemigo. El doble se desdobla a sí mismo, y entonces hay un juego de simetrías maravilloso. El doble, por supuesto, está muy presente en el Cine.

En cualquier historia que se precie, vamos a encontrar al menos una figura y su doble. Pensadlo. Si no la hay, no es una buena historia.

En mi primer año de carrera, comencé a ver la vida de un modo muy distorsionado. Todo era Cine. Si se cerraba una puerta, se cerraba una secuencia, si giraba la cabeza, estaba haciendo una panorámica, si cerraba los ojos fundía a negro y asumía el riesgo de pasar a otra secuencia. Todo esto fue a cuenta de razones que no vienen al caso, pero os aseguro que detrás de eso había un argumento muy poderoso. Si había un lugar al que podía huir, ese lugar era el Cine, y ahí estaba yo.

Han pasado tres años desde entonces. Al comenzar el curso, Jonathan se convirtió en mi alter ego, mi siamés, mi otra mitad. Nuestras dos compañeras de trabajo y angustias habían huido a México y nosotros nos habíamos quedado aquí en Madrid. Había que apoyarse a cualquier precio y decidimos convertirnos en el perfecto matrimonio académico. El pavor ante las asignaturas era el mismo, la única salvedad era que mientras que a Jonathan no le motivaba en exceso la de Análisis y Teorías del Cine, a mí era la única asignatura que me motivaba de todo el cuatrimestre.

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Emprendimos así la cruzada contra muchos males, el peor de todos la desidia. Admito que el conocimiento de que, para bien o para mal, en junio terminaba todo no nos alentaba demasiado. A veces nos mirábamos y nos convencíamos de no tener una sola de las respuestas a nuestras preguntas. Lo de que yo llamase repetidamente siamés a este hombrecillo no era más que otra prueba de que la figura del doble está en todos lados. En todos. La propia existencia humana está desdoblada y se proyecta en cada una de las personas con las que nos cruzamos, en unas con mayor intensidad y en otras con una fuerza mucho menor.

Puedo prometer y prometo que este tema me daría, como poco, para una tesis, y me sabe mal descuartizarlo de este modo impuro en menos de mil palabras, pero sé que la persona a quien le dirijo estas líneas me va a entender, y con eso me basta.

A simple vista, Jonathan y yo podríamos ser personas perfectamente contrapuestas (lo cual no deja de corroborar el tema del desdoblamiento y todo esto). Mientras a él se le cae la baba con Moulin Rouge, mi placebo son las secuencias de montaje de El Padrino. Probablemente a Jonathan le horripilaría la simple idea de escuchar a Barón Rojo o a Piperrak durante horas y para mí eso es una inyección de ánimo. En cambio, hay ciertos aspectos que nos unen, como si fuésemos una simetría caricaturesca. En primer lugar, lo de sacar una canción para cualquier momento y crear absurdidad es una conditione sine qua nom de la relación. Tan verosímil como que a los militantes del PP con el carné  les llega una serie de instrucciones sobre cómo peinarse y/o hacerse las mechas. En segundo lugar, la capacidad de mímesis con el Cine. Para todo hay un reflejo que ya está en el cine o, en otro caso, en la obra de Joaquín Reyes. En tercer lugar, nuestro espíritu viejuno. Y más cosas que no estoy dispuesta a contar si previamente no las cuenta él.

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Expuesto este collage dadaísta de emociones y sentimientos, puedo asegurar que Jonathan fue mi alter ego, – sólo que yo ni lo intuía-, desde el primer momento en que Laura le hizo aquella pregunta que me llevaría a querer continuar justo donde estaba.

Sé mi Louise, escuchemos Queen mientras viajamos por una carretera larga huyendo de algo, saltemos al precipicio antes que asumir la derrota de la falta de libertad. Versionemos a Lina Morgan, saquemos a relucir diálogos de Toy Story, digamos nuestro nombre con boquita piñonera, mirémonos en un espejo y digamos: “nosotros una vez coincidimos en la vida, duró unos años, y fue una etapa maravillosa”. Quédate a mi lado, tal como reza esa película mil veces recomendada por Escalonilla, aunque sea lejos. Y que lo demás no sea más que el reflejo proyectado de todos esos recuerdos.

Gracias por estos años, por toda la comprensión y todo el absurdo. Tal vez esto no sea una versión del Cabaret que te prometí, pero creo que por el momento puede servir. Y, con un poco de suerte, quizás estés derramando alguna pequeña lágrima, o quizás estés llorando a moco tendido todo lo que yo no puedo llorar jamás.

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Y cuando todo falle, y todo esté (más) devastado, y la vida parezca un vaso lleno de hiel, probablemente el recuerdo de todo este tiempo pueda arrancarnos un par de carcajadas. De lo contrario, y si la cosa se pone realmente mal, siempre nos quedará la actitud de Tony Montana y el poder de la palabra honesta.

Estefanía Ramos

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