Tejedores de sueños (II)

Puerta iluminada

Hacía tres minutos que las alimañas habían entrado. El niño no era consciente de que la puerta se había abierto y las criaturas se posicionaban para su ataque. Mientras él miraba por la ventana para ver si podía ver de donde procedía aquel susurro, la más grande de las alimañas trepó por la estantería y quedó a la espera en la balda más alta. Las otras dos avanzaron pegadas a las paredes, una en frente de la otra, para cubrir todos los flancos. El niño desistió y se bajó de la silla que le facilitaba la vista a través del cristal. Se volvió a sentar en el sofá a ver la tele, pero un leve gruñido captó su atención. Miró hacia arriba y vio como la alimaña se abalanzaba sobre él. La esquivó haciendo que cayera al suelo una lámpara. Corrió hacia la puerta pero la alimaña de la pared izquierda se abalanzó sobre su pierna haciéndolo caer. El niño se revolvía y gritaba a sus padres mientras la más grande de ellas se acercó y se situó sobre él dispuesta a su ataque final.

– Sé que va a ser tu primer protegido y estás nervioso pero no te preocupes, todo saldrá bien – le dijo poniéndole la mano en el hombro.

Al instante, Marcos entró con un halo de luz en la habitación y clavó su espada en una de las alimañas, estrellándola contra la estantería. La que se encontraba a su lado intentó huir pero con un rápido movimiento, la dejó clavada en el suelo. Y a la última, la que sujetaba al chico, la golpeó en la espalda, haciéndola caer de rodillas. Después acabó con ella con la espada. Levantó al niño desfallecido y se lo llevó en volandas. En la puerta lo esperaba Arturo con una amplia sonrisa y los dos se encaminaron de vuelta a las alcantarillas.

El rescate había hecho que Marcos recordara cuando él fue atacado, lo indefenso y aterrado que se sintió. Diez años hacía de ese día y aún se le erizaba el vello cuando pensaba en ello. Diez años en los que todo en su vida había cambiado. Había sido entrenado como Tejedor de sueños, tanto como creador como rescatante. Para lo primero, fue aprendiendo a lo largo de los años como confeccionar los sueños de los niños, como buscar dentro de su imaginación y crear una ilusión que los hiciera volar durante las noches. Esos sueños, aunque de mayores se olvidaban, se mantenían en el subconsciente y hacían a las personas quienes eran. Realmente le encantaba su trabajo como creador pero estaba ansioso por ser rescatante, para lo que el  entrenamiento fue mucho más arduo: tuvo que aprender varias artes marciales que combinaban el uso de la espada con movimientos corporales letales, además de escalada para cuando los niños vivieran en pisos altos, e incluso, algunas nociones de enfermería por si alguno sufría algún daño.

Después de diez años de entrenamiento, por fin podía poner todos sus conocimientos como rescatante en un caso real: su primer protegido, a quien ahora llevaba en brazos. Sabía todo lo que se le venía encima: primero, trasladarlo a través de las alcantarillas hasta la guarida, donde todos estarían esperándoles para ser presentado; después, la presentación de Mártel que, aunque habían pasado los años, seguía siendo el líder y responsable de contar a los recién llegados que esa sería su casa a partir de ahora y que sus padres ya nos les recordaban, la parte más dura sin duda; y finalmente, la Charla. Era la parte que más nervioso le ponía porque era en la que estaba solo con el niño y en la que estrecharían su relación. Se trataba de una conversación en la que se le tenía que contar al recién llegado todos los detalles de su nueva vida allí, desde lo que iba a aprender hasta cual sería su trabajo dentro de unos años, pasando por el hecho de que no volvería a tener contacto con sus padres. Era un momento duro porque el Tejedor tenía que mostrarse como un hermano, el único lazo afectivo que el recién llegado tendría en su vida. No todos lo aceptan en la Charla, pero poco a poco acababan por entenderlo y darse cuenta de que no tenían otra.

Y así, mientras lo pensaba, pasó todo tan rápido que, apenas parecía acababan de llegar a las alcantarillas cuando Marcos ya estaba arropando a su protegido en la cama. Era un niño encantador con muchas pecas y grandes gafas al que le falta un paleto. Parecía encantado con su nuevo cuarto y muy ilusionado con lo que le iban a enseñar, pero lloró desconsolado cuando supo que nunca más volvería a estar con sus padres. Le apagó la luz y le dejó llorar a solas. Se fue hacía la Sala Visual mientras se limpiaba alguna lágrima. Encendió las televisiones y dijo su nombre. Al instante, su casa se mostró ante él. Vio como dormían sus padres, tranquilos, ajenos a que un día tuvieron un niño que desapareció. Marcos no pudo contener las lágrimas y lloró, lloró como nunca antes lo había hecho, recordando todos los momentos que había pasado con ellos y que ya casi eran un resquicio de su memoria. Cambió de habitación y observó a la personita que ahora ocupaba su cama. Se llamaba María e iba a cumplir siete años. No se tomó del todo bien el hecho de que sus padres fueran a tener un hijo de nuevo, pero, desde allí, desde la Sala Visual, fue viendo como crecía y aprendía, y disfrutaba de aquellos padres que la querían como a él le quisieron.

De repente, vio que María se removía. Estaba despierta. Como él solía hacer, tras tres o cuatro intentos de quedarse dormida, se levantó y se dirigió al salón. Marcos seguía sus pasos a través de la pantalla. Bajó las escaleras y encendió la televisión. La película ya estaba en el DVD así que sólo tuvo que darle al play. Marcos la miraba enternecido. Le sorprendía como sin tener ningún vínculo eran tan parecidos. Iba a apagar la pantalla cuando lo escuchó. Abrió mucho los ojos, al igual que María, y prestó atención. De nuevo, lo oyó y salió corriendo tirando al suelo la silla en la que estaba sentado.

Corrió por los pasillos, empujando a la gente que encontraba a su paso, hasta llegar al despacho de Mártel. Casi tiró la puerta abajo cuando entró. Mártel lo miró con un mezcla de sorpresa y furia.

– ¿¡Cuántas veces tengo que decir que tenéis que lla…?!

– ¿Van a por ella?

– ¿Cómo? – preguntó Mártel sabiéndose pillado.

– ¿Que si van a por mi hermana?

Ante el silencio de Mártel, Marcos se giró y salió corriendo sin escuchar a su líder que le gritaba que no podía volver a aquella casa, que estropearía todo. Lívido por el temor a que su hermana le pasara algo, corrió por las alcantarillas hasta salir a la luz de las farolas. Se orientó y comenzó a correr. Le habían enseñado a ser una sombra, a no ser visto cuando corría entre los coches y las personas, pero ahora eso no le importaba: su hermana estaba en peligro.

Cuando llegó a la fachada de su casa, observó que dos de sus compañeros estaban esperando aún en la puerta. Hacía mucho que había salido de las alcantarillas, algo iba mal. Se acercó a ellos y sin preguntar tiró la puerta abajo. La niña se giró y gritó asustada: aún no había visto a las alimañas. Marcos se acercó a ella y la agarró de la mano para llevársela pero la niña forcejeaba, intentando con uñas y dientes no ser secuestrada. Las alimañas, escondidas hasta entonces, se abalanzaron sobre él con un golpe certero que le dejó tirado en el suelo atontado.

Con la mirada nubosa vio como sus compañeros entraban tras él y, aprovechando él desconcierto, eran atacados por las alimañas hasta ser gravemente heridos, provocando su huída. Las alimañas, pensando que estaba muerto, le dejaron tirado en el suelo mientras se llevaban a su hermana entre risas. Después, perdió la consciencia.

Volvió en sí y se puso en posición de alerta casi de un salto. Miró por la ventana: aún era de noche. ¿Era verdad lo que acababa de presenciar? ¿Se habían llevado a su hermana? El salón volvía a estar intacto como era habitual en el procedimiento para que los adultos no sospecharan de la lucha que allí se había llevado a cabo. Sigiloso, subió los escalones para comprobar si su hermana estaba en la cama. Abrió la puerta de la habitación pero allí no había nadie: se la habían llevado. Se iba a marchar para empezar a buscarla cuanto antes pero una idea se le paso por la cabeza: ahora podía ver a sus padres de cerca. Despacito, entró en su habitación y los vio dormir. No pudo reprimir las lágrimas al verlos allí, tan cerca, ajenos a todo lo que estaba pasando. Se giró para marcharse pero una foto en la mesilla de su madre le llamó la atención. Fijó la vista e hizo por ver mejor. Los ojos se le abrieron como platos: ¡ERA ÉL! Era la foto que se hizo con sus padres cuando fueron al zoo por su quinto cumpleaños. Miró por la habitación y observó otras dos fotos de cuando era pequeño. Salió al pasillo y vio como de las paredes colgaban, junto a fotos de su hermana, fotos de él con sus abuelos, con sus primos, con sus padres. Cegado por los sentimientos, golpeó la pared haciendo que se cayera una de ellas al suelo estallando en añicos.

– ¿¡María?! – preguntó su madre.

Marcos salió corriendo de su casa con mil preguntas en la cabeza: ¿por qué estaban allí aquellas fotos? ¿es que no lo habían olvidado? ¿le había mentido Mártel? Enfurecido, corrió hacia las alcantarillas.

—Continuará—

—Jonathan Espino—

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