Encontrar tu sitio y dejarlo sangrar

Una vez conocí a un profesor que ni siquiera me dio clases. Era un encanto de persona, a ratos tímido y a ratos extraordinariamente hablador. Como no me daba clases, no podía hablar muy a menudo con él, pero de vez en cuando en nuestras conversaciones me mencionaba un lugar concreto de los mapamundis, incluso una vez me mostró una foto que ilustraba el paisaje. Era un paisaje precioso, muy verde, con mar a un lado y unas vacas pastando muy a lo lejos, que se veían como puntitos blancos. Hablaba de ese lugar profundamente emocionado, con una dosis de nostalgia que casi podía barnizar un mar entero de recuerdos. Entonces supuse que esos acantilados con vaquitas al fondo eran su lugar en el mundo, aún así nunca se lo pregunté.

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Entretanto, en mi respiro de los viernes, veía películas. Películas rarunas muy a menudo. Nadie en su sano juicio después de una semana atroz se dispone a ver Arrebato o Avaricia, de Von Stroheim. Yo lo hacía. Uno de esos viernes me dio por ver Un lugar en el mundo, del genio de Aristarain. Entonces me vi reflejada en mi yo de años después, volviendo a mi pueblo natal, y preguntándome si el mismo sitio del que en ese momento quería salir a toda costa podría convertirse algún día en mi lugar en el mundo.

Como tenía tantas ganas de terminar el bachillerato y largarme cuanto antes de mi pueblo, empecé a construirme una especie de quimera que giraba alrededor de mi futura vida universitaria de rumbo incierto (mi determinación era venirme a Madrid a estudiar, pero tuve que pelear mucho para concienciar a mis padres de que tenía que ser así). Tenía que largarme, a donde fuese, y me imaginaba dando paseos por la Plaza del Dos de Mayo, que ha sido desde el primer momento mi lugar preferido de Madrid. O montada en un tren camino de Fuenlabrada, o donde fuese, pero lejos de mi casa y de todo lo que me rodeaba, aunque sólo fuese para tener la necesidad de volver más tarde. Así es que me empecé a obsesionar con lo que podría ser mi lugar en el mundo, porque era necesario tenerlo claro para mantenerme viva. Supuse entonces que mi lugar en el mundo era Madrid, concretamente los alrededores de la Plaza del Dos de Mayo, con Daoíz y Velarde enfrentados en un duelo y una lectora ausente sentada algo más allá.

Con esta suposición a mis espaldas, cada vez que el mencionado profesor me hablaba con tanta emoción de aquel paisaje verde yo intentaba encontrar dentro de mí un sitio que me produjese la misma sensación que a él le producía pensar en ese acantilado con vacas a lo lejos. Y todo el rato era Madrid. Una calle, otra, un edificio alto y viejo y otro de un vigor espléndido, aunque igualmente antiguo. Todo parecía que mi lugar en el mundo era Madrid, concretamente los alrededores de esa plaza, probablemente la Calle Palma, que sigue siendo mi calle preferida de esta ciudad.

Han pasado cuatro años de esto. Algo más de tiempo quizás. Ahora vivo en Madrid, relativamente cerca del que en ese momento era mi lugar en el mundo, he estudiado la carrera que quería y en este escenario he encontrado a personas que me han enriquecido hasta límites insospechados. La valoración general debería (y ciertamente es) ser estupenda. En cambio, a estas alturas de la trama sigo sin saber si mi lugar en el mundo es Madrid o no. Tengo pruebas claras que me llevan a pensar que esta ciudad aún tiene infinidad de cosas que ofrecerme y que muy probablemente gran parte de mi vida va a desarrollarse aquí, aunque tenga que abandonar temporalmente todo esto por causas que no vienen a cuento. Con todo esto, aún tengo dudas de si este es mi lugar en el mundo tal como pensaba hace cuatro años. Y, aunque todos esos vaticinios en gran medida se han cumplido, no estoy del todo convencida.

Ahora pienso en qué le comentaría a este profesor si tuviese que volver a hablar con él de lugares comunes y de el lugar de cada uno en el mundo, y creo que me encontraría en las mismas circunstancias que hace cuatro años. No sabría determinar nada exactamente. Supongo que todo esto tiene que ver con mi corta experiencia vital, pero aún así tampoco creo que esa sea una buena excusa. Imagino que  intentaría explicarle todo lo que anteriormente he expuesto, incluso también tendría que contar otras cosas. Por ejemplo, algo que no me había pasado jamás es que me asaltasen imágenes de un viaje concreto. Por ejemplo, a veces me asaltan imágenes de mi viaje con mis amigos de clase a Berlín y a Amsterdam sin venir a cuento, incluso puedo estar cocinando un sofrito cuando me sobrevienen el frío que hacía en Amsterdam por las noches o la eternidad kilométrica del Muro de Berlín. Entonces me da por pensar que igual mi lugar en el mundo no está cerca de mí. Al rato pienso que hay sitios como los jardines del Teatro Romano de Mérida donde podría morir muy a gusto, o pasar largas horas tumbada sin más ocupación que mirar a mi alrededor. Y sigo sin saber si eso es prueba de un posible lugar en el mundo.

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Realmente, creo que si este profesor o cualquier otra persona me preguntase ahora mismo por mi lugar en el mundo, respondería que no es más que el futuro más próximo, dado que no sé a dónde voy a viajar, ni a dónde voy a ir a parar, ni en qué ciudades el tiempo va a pasar más rápido, ni qué lugares asociaré con el amargo sabor del dolor amortiguado por el orgullo. Quizás el lugar en el mundo no sea tanto un lugar como una sensación, quizás no exista, quizás estoy yendo demasiado lejos. En cualquier caso, y como dijeron los Rolling, let it bleed.

Estefanía Ramos

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