Tejedores de sueños (I)

Puerta iluminada

Se revolvió en la cama y miró la hora en su reloj de Mickey Mouse. Su padre le había dicho que siempre y cuando el primer número no fuera mayor de ocho, no podía levantarse porque era demasiado temprano; y el primer número era sólo un cinco así que se giró y se puso cara a la pared. Cerró los ojos e hizo por dormirse, pero nada, no podía. Contó ovejas, pensó en cosas bonitas, se entretuvo en contar las ramas que la sombra del árbol dibujaba a través de su ventana pero era incapaz de dormirse. Se sentó con los pies colgando por un lado de la cama. Despacito se deslizó hasta que pudo meter un pie en cada zapatilla y silenciosamente comenzó a andar por el pasillo. Se asomó a la habitación de sus padres: aún dormían, así que les entornó la puerta y bajó las escaleras hacia el salón. Se pondría a ver un rato la televisión, a ver si eso le causaba sueño.

Buscó entre cintas de video su preferida. Su madre siempre le decía que no entendía como a sus tres años podía distinguir unas de otras cuando no había ningún dibujo en la portada, sólo el texto en la banda lateral. Ahora Marcos ya iba a cumplir ocho, y esa historia siempre le hacía reír y hacerle sentir una especie de superhéroe. Metió la cinta en el video y le dio al play mientras bajaba el volumen de la televisión: no quería que lo descubrieran. Corrió al sofá y se tumbó a ver la película. Pero no llevaba ni cinco minutos cuando rascaron la puerta que daba a la calle. Miró hacia ella, asustado pero a la vez intrigado. Paró la película para que hubiera silencio y se quedó inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera hacer que no escuchara con claridad. Esperó lo que le pareció una eternidad y volvió a reproducir la película. Pero, al instante, otra vez, ahora mucho más fuerte. De un brinco se sentó en el sofá y esperó a la confirmación de que no eran imaginaciones suyas, que algo realmente estaba rascando la puerta.

Lo siguiente que escuchó no fue el mismo sonido que antes, sino un susurro. Una leve voz que lo llamaba desde la dirección contraria, desde la ventana. Se puso en pie y caminó muy lento hacia ella, dejando a su espalda la puerta, fuera de su visión. Hipnotizado por la incertidumbre y el temor de lo que encontraría al otro lado del cristal, no percibió que la puerta se estaba abriendo lentamente, y trepando por las paredes y reptando por el techo, comenzaban a entrar. Se giró, pues un sonido llamó su atención a su espalda, pero la puerta estaba cerrada.

Emprendió de nuevo su camino, cogió una silla para poder ver mejor y se subió en ella. Su respiración dibujaba dos alas de ángel en el cristal. Miró a los laterales, hacia abajo, e incluso, hacia arriba, pero no había nadie fuera. Miró el dibujo de su respiración en el cristal y sonrió. Echó vaho y comenzó a dibujar una cara sonriente pero al momento paró: recordó que su madre le había dicho que no debía hacer eso porque ensuciaba el cristal; así que, lo borró con la manga, pero de repente, se quedó paralizado. En el reflejo vio como una sombra se deslizaba por el techo, bajaba por la pared y se escondía bajo la mesa. Alarmado, giró muy lentamente la cabeza y miró en aquella dirección: algo se movía bajo la mesa.

Bajó de la silla y pegó la espalda a la pared. Fue deslizándose por ella sin perder de vista la mesa que le quedaba delante, mientras que la criatura de debajo de la mesa producía un gruñido gutural, leve pero grave. A Marcos le temblaban las piernas pero no paraba de deslizarse. Llegó al punto en que el sofá comenzaría a taparle la visión por lo que debía acelerar el paso para salvar ese obstáculo lo antes posible. Empezó a moverse más rápido pero, cuando perdió de vista la mesa, el gruñido comenzó a hacerse más fuerte. Marcos cerró los ojos e intentó seguir, pero el miedo le dejó paralizado. Allí, en mitad de la pared, desprovisto de cualquier protección y se echó a llorar. Estuvo a punto de gritar y llamar a su padre, pero algo sobre él le quitó el habla. Abrió mucho los ojos y, muy despacio, comenzó a levantar la mirada. Dos ojos se encontraron con los suyos. Marcos salió corriendo mientras aquella criatura lo perseguía por el salón. Saltó por encima de la pequeña mesita del centro, trepó por el sofá y se puso en pie sobre la mesa, tomando un candelabro por espada. Sólo percibía su figura en el contorno de la televisión encendida. No era mucho más grande que él, pero no era un niño.

La criatura sonrió y dirigió la mirada sobre Marcos. El niño hizo lo propio y miró hacía arriba al tiempo que la baba de uno de ellos caía sobre su frente. Al tiempo que se limpiaba  con una mano, le clavó el candelabro en el ojo con la otra. La criatura lanzó un grito y empujó a Marcos sobre la mesa. Ésta comenzó a temblar: había otro debajo. Marcos estaba rodeado, no tenía escapatoria: mientras al que acababa de clavar el candelabro se acercaba hacia él por la mesa, el del sofá seguía sus movimientos desde su posición. El niño caminaba hacia atrás, atemorizado. Se topó con el otro candelabro a su espalda, lo tomó y volvió a dar bandazos con él, provocando la risa de sus atacantes. Comprendió que no haría nada con eso así que lo soltó y gritó llamando a sus padres. Dos, tres, cuatro veces. No hubo respuesta. A su espalda, sin que él lo notará, la criatura de debajo de la mesa, se estaba situando a su espera. Alargó los brazos y comenzó a tocar el cuerpo de Marcos, quien palideció al notar el roce a su espalda. Quiso darse la vuelta, pero ya le tenía atrapado. Lo agarró entre sus múltiples brazos y lo puso contra la pared.

– No… Pueden… Oírte – dijo la criatura mostrando una sonrisa llena de dientes.

Marcos comenzó a llorar. Intentó zafarse pero le sostenía con fuerza. La criatura abrió su gran boca y dejó ver una larga lengua que deslizó por la cara de Marcos, quien gritaba con todas sus fuerzas. Un destello iluminó la espalda de las criaturas y ahora las podía ver mejor: bajo una cabeza peluda que portaba dos grandes ojos amarillos, un cuerpo alargado y delgado compuesto por seis brazos, tres a cada lado, y dos piernas que terminaban en unos diminutos pies. Marcos pensaba que sus padres habían encendido la luz. Pero no. Una de las criaturas salió volando y se estrelló contra la pared, y la otra corrió a esconderse bajo la mesa, pero una figura alta y corpulenta lo lanzó contra la televisión. La luz cegadora sólo dejaba a Marcos ver destellos pero lo que sí que notaba a ciencia cierta es que la criatura que lo sostenía cambiaba sus facciones y ahora ya no sonreía, sino que parecía estar aterrorizada. Lo soltó cuando vio a sus dos esbirros salir despedidos e intentó huir, pero una larga espada reluciente le atravesó el pecho, dejándolo tirado sobre la mesa. Marcos no podía más, cayó sobre sus rodillas y quedó inconsciente. Notaba como iba en volandas, llevado por unos brazos fuertes que nada tenían que ver con los de las criaturas. Podía ser perfectamente su padre, pero en una de las veces que pudo abrir los ojos, vio que aquella cara no le era familiar, aunque sí al menos humana. Así que se dejó llevar y cayó en un profundo sueño.

Al despertar, estaba rodeado de personas pero ninguna le era familiar. Todos vestían igual: una larga casaca negra con ribetes blancos en puños y cuello con botas en los pies; tras su cabeza se podía ver la empuñadura de una espada que llevaban a la espalda. Marcos se puso en pie e instintivamente buscó a alguien conocido. Había personas de todo tipo: mujeres, hombres, más mayores y más jóvenes, aunque ninguno anciano, y de todas las etnias. Vio entre la multitud a aquel que lo salvó y corrió con él. El chaval sonrió y todo el círculo se echó a reír. Marcos levantó la mirada y pudo ver que a quien abrazaba era a un chico no mucho mayor que él, de unos dieciséis años, con pelo de punta y ojos grises. Tenía ese tipo de cara que hace que puedas confiar en alguien desde el primer momento. Bajó la mirada y se estrechó contra su cuerpo. El muchacho se libró del fuerte abrazo y se puso de rodillas para estar a su altura.

– ¿Te llamas Marcos, verdad?  – el niño asintió -. Bien. Yo me llamo Arturo y a partir de ahora cuidaré de ti, ¿de acuerdo? – el niño fue a abrir la boca pero Arturo le cortó – Sé que tienes millones de preguntas, pero, todo a su debido tiempo – se levantó y habló en voz mucho más fuerte -. Atención todos: éste es Marcos.

Todo el círculo de personas se acercó a él, presentándose, abrazándole y revolviéndole el pelo. Marcos en un primer momento se asustó ante el maremoto de saludos que se le venía encima, pero acabó por echarse a reír e intentar quedarse con los nombres, aunque era imposible.

– Bueno, bueno, tranquilos, ya habrá tiempo de presentaciones.

Una voz grave inundó la estancia con un fuerte eco. Por primera vez Marcos se dio cuenta del lugar en el que se encontraba: parecía una gran caverna con escaleras en las paredes para llegar a pequeños compartimentos que, intuía, serían las habitaciones. El círculo se disolvió para dejar paso a quien había hablado. Ante la visión, Marcos retrocedió y se colocó a la espalda de Arturo: era igual que sus atacantes.

– Tranquilo, tranquilo – dijo la criatura acercándose a él entre risas -. Nunca me acostumbraré a esta primera reacción – todo el círculo se echó a reír, incluido Arturo, quien guiñó un ojo a Marcos y le sitúo al frente susurrándole al oído que se tranquilizara, que no iba a hacerle daño -. Veo que tu salvador es uno de nuestros mejores hombres, debes estar contento. Pero, perdona, debería presentarme: soy Mártel, el jefe de los Tejedores de sueños. Sé que tendrás mil dudas pero…

– Quiero ir con mis padres – interrumpió Marcos.

– Eso no va a ser posible – Mártel pareció pensar bien sus palabras -. Chico, a partir de ahora tu familia somos nosotros. Las alimañas que entraron en tu casa no sólo te atacaron… Sino que han hecho que tus padres se olviden de ti.

– ¡No! ¡No te creo! – gritó Marcos haciendo retumbar la caverna.

– De acuerdo. Acompáñame. Te lo mostraré.

Agarrado de la mano de Arturo, Marcos recorrió la gran estancia hasta adentrarse en un túnel que conducía a una habitación mucho más pequeña llena de pantallas. Le acercó una silla y le invitó a sentarse. Mártel pronunció en voz alta el nombre completo de Marcos y todas las pantallas se encendieron mostrando su salón. Sus padres se mostraban felices, limpiando la casa como un sábado cualquiera. No había ni rastro de él en ninguna foto, habían desaparecido sus juguetes, sus cintas. Todo lo que a él se refería se había esfumado.

— Continuará —

Jonathan Espino—

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