La vida de Valentín

Ayer fue San Valentín y todos los enamorados entregaron a sus respectivas parejas sus respectivos regalos. Pero, ¿por qué? Quiero decir, ¿quién fue Valentín y qué hizo para que le hicieran santo? ¿Y por qué en su día se regalan cosas los enamorados? Yo me pregunto…

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AÑO 33D.C. JUDEA.

Valentín es un hombre ya en sus treinta, casado y con un par de hijos. Su negocio de venta y cría de cabras no es que lo haga rico pero sí puede vivir holgadamente. Una noche de cañas con Mateo, Juan, Judas y Simón, tuvo una conversación que cambió su vida.

– ¿Hoy no viene Jesús? – preguntó Valentín.

– No, tenía que trabajar hasta tarde – respondió Judas y se le quedó mirando -. Tienes mala cara. ¿Qué te pasa?

– Mi mujer… Que se ha mosqueado porque me he venido aquí con vosotros.

– ¿Y eso? – preguntó Simón, extrañado.

– Yo que sé… Últimamente está de lo más rara. Dice que no hacemos cosas juntos, que nunca pienso en ella. ¿¡Pero qué quiere?! Si estoy todo el día con las cabras…

– Tienes que sacar más tiempo para ella, Valentín – le aconsejó Judas -. Mira yo: el otro día, me fui con mi esposa a la ejecución que había en la plaza, como cuando éramos novios. Esos pequeños detalles son los que revitalizan las relaciones.

Valentín quedó pensativo, mirando a su jarra. Se bebió lo que le quedaba de un trajo y salió a la calle tras despedirse de sus amigos. Se dijo que al día siguiente la compraría algo bonito para tenerla contenta.

Se vistió antes de que amaneciera y dejó todo preparado en el negocio de las cabras para poder irse al Corte Judío, el negocio de Poncio Pilatos, que en la plaza formaba una gran cadena de tenderetes en forma de cuadrado. Dio una vuelta por ellos, para ver que podía comprar.

– ¿Puedo ayudarle en algo? – dijo una voz a su espalda.

– Hombre, Jesús, ayer te echamos de menos.

– Ya imagino. Judas me hizo que le cambiara el turno en el último momento.

– Si ya te dije yo que no me gustaba nada… – le dijo Valentín poniéndole la mano en el hombro.

– No digas tonterías, Valentín. Si el hombre no lo hace a malas… Pero dime, ¿qué te trae por aquí?

– Quiero comprarle algo a la parienta. Algo bonito que últimamente está amohinada.

– Porque no le compras un gorrino. Así, os podréis dar una buena comilona.

– No me parece mal…

– Y puedes acompañarlo con una flores que siempre gustan – interrumpió Jesús -. O si no, ahí está el puesto de María Magdalena… Puedes comprarla unas ídem. Acompáñame por aquí.

Al cabo de un rato, Valentín llevaba encima una ramo de flores, las magdalenas, unas entradas para el teatro en el bolsillo, un colgante en el otro y de la mano al gorrino. No tenía todas consigo, pero se despidió de Jesús y partió hacia su casa para dar una sorpresa a su mujer.

Valentín abrió la puerta de su casa y vio que estaba todo demasiado en silencio.

– Cariño, ¡sorpresa! – pero nadie contestó – ¿cariño?

Oía un leve quejido, como un murmullo en la habitación de al lado. Se acercó y abrió la puerta. Allí estaban su mujer y Judas, en la cama, haciendo el gorrino… Y no precisamente el que había comprado Valentín. Tiró las flores a los pies de la cama y no dejó tiempo a su mujer para explicarse. Salió, hizo de las cabras un rebaño y partió para la montaña.

Caminó horas y horas hasta que se le hizo de noche y comenzó a clamar al cielo: “¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿No he sido yo bueno con ella? ¿No le di dos hijos? Y ahora me engaña con uno de mis amigos, con Judas… Cabrón… ¿¡POR QUÉ?!”

Dios que ya llevaba un rato escuchando, finalmente, se asomó a la ventana del cielo y se personificó en las nubes como un Mufasa cualquiera.

– Hijo mío, deja de gritar ya que me vas a despertar a todos los ángeles.

– Dios, mi mujer me ha engañado.

– Lo sé, lo he visto.

– Pero, ¿no entiendo el por qué?

– Valentín, lo que yo no entiendo es cómo has podido estar con ella todos estos años: te habla fatal, te ha zurrado alguna vez, y tu callando… Esto es lo mejor que te ha podido pasar.

– Pero yo la quiero.

– Valentín, que los cuernos que tienes casi rascan el cielo, que lleva años con Judas ahí… Dándole…

– Pues me da igual… Yo la perdonaré y la querré y viviremos juntos para siempre.

– Hijo mío… No sé si eres tonto o un santo…

 

Y así, queridos amigos lectores, es como Dios hizo a Valentín santo. Porque sí, volvió y le dijo a su mujer que la perdonaba, y que vivirían juntos el resto de sus días. Y así fue: siguió aguantando que le pegara, que le insultara y que Judas durmiera (y lo que no es dormir) en su cama. Y cada 14 de febrero, para celebrar que aquel día se reconciliaron, la llevaba un gran ramo de flores y un par de entradas… y se iba al bar, para que cuando ella volviera de la función con Judas pudieran fornicar tranquilos…

Otro día os contaré porque cuando queremos encontrar algo atamos los cojones a San Cucufato… 

Jonathan Espino—

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