Por mí como si reventáis

Pasé toda mi infancia comiendo con mi abuelo, lo cual implicaba una serie de debates nominalistas cada mediodía acerca de qué había que ver en televisión.  Al principio me era un poco indiferente, de modo que llegaba a casa de mis abuelos a comer y me tragaba el informativo territorial, el de la cadena generalista que primero se emitiese y, cuando llegaba el tiempo de deportes, me tragaba el informativo que acababa de comenzar en otra cadena. Luego, cuando mis amigos del colegio comentaban el capítulo de los dibujos animados de turno del día anterior, comencé a sentir una curiosidad que tenía que saciarse cuando me sentaba a la mesa a comer. Así es que, con seis años, comenzaron las disputas por el mando de la televisión y, cuando tuve edad suficiente para pasar de los dibujos animados, llegó la impaciencia de mi hermano, seis años menor que yo, de modo que la historia continuaba. Al final llegamos a un pacto. De dos y media a tres veíamos los dibujos animados y de tres a cuatro veíamos el informativo.

A mí a los once años ya me interesaban más los informativos que cualquier otra cosa, así es que me hice cómplice de mi abuelo y dejé que siguiese poniendo en común conmigo su visión del mundo, y, sobre todo, de la política. No fue adoctrinamiento, aunque admito que hay en mí una influencia notable de su manera de percibir las cosas, algo de lo que estoy plenamente orgullosa. En cualquier caso, recuerdo perfectamente acontecimientos como el nombramiento de Aznar como presidente del Gobierno, los veinte minutos de fama de Almunia, las bodas reales, la Guerra de Irak, el “ha sido ETA” del 11M y todo eso. Lo recuerdo objetivamente, y debajo, a modo de comentarios en una foto de Facebook, recuerdo los pensamientos de mi abuelo al respecto de cada uno de ellos. En estas circunstancias creo que se originó mi interés por el Periodismo, porque el interés por la Comunicación me venía de serie.

Entonces, el panorama quedaba de la siguiente manera: yo asimilaba la noticia tal cual me la presentaban en el medio, y en el proceso de digestión ya entraban en contacto los pareceres de mi abuelo y de mi madre. A partir de lo primero, yo trataba de posicionarme objetivamente ante el hecho, y a través de lo segundo le daba matices. Me pasa lo mismo más o menos con las portadas de La Razón y las de Revista Mongolia.

Los comentarios de mi abuelo estaban cargados de un escepticismo atroz del que me considero heredera , y puedo tranquilamente presumir de que no miento cuando digo que tres veces por semana escuchaba a mi abuelo blasfemar a cascoporro sobre todo aquello que le venía en gana. No reproduciré los insultos por dejar volar vuestra imaginación, pero os aseguro que no tenían (ni tienen) desperdicio. Mi madre, más moderada en sus argumentaciones pero no por ello menos lógica, siempre hacía gala de una elegancia de socialista de la que todavía me sigo maravillando. Todo esto, cuando tienes cinco años, resulta muy curioso. A los siete años ya tuve más o menos claro quién no quería ser en la vida, y le di motivos a mi abuelo para confirmar que a ambos nos corría la misma sangre por las venas, y no sólo eso, sino que de todos sus nietos sería la que más se le pareciera.

La indignación, por tanto, poblaba cada conversación con el telediario. Cuando los empresarios recibían más derechos para pisar a los trabajadores, cuando declaraban el decretazo con toda su jeta, cuando alguien se llevaba dinero de alguna institución. Ante todo esto, la resolución de mi abuelo era siempre la misma: ojalá una bomba a todos estos sinvergüenzas que nos están robando.

El otro día, estaba leyendo Revista Mongolia en mi cama. El mismo día que se publicó la información sobre los conocidos papeles de Bárcenas, y el mismo día que yo decidí que igual era un buen momento para largarme del país. Las críticas mordaces de la revista eran un reflejo de cada uno de mis pensamientos, y si tuviese el valor y la piel suficiente me hubiese tatuado cada una de sus páginas. Pensaba en Bárcenas, en la Gürtel, en la oposición, en el sistema político, en los medios de comunicación y en el esperpento de país en el que vivimos, que daría para un par de números de Mongolia al día. Entonces descubrí que por las venas me corría más hiel que sangre, y me sorprendí diciendo en voz alta: “Ojalá una bomba para todos vosotros, hijos de la grandísima puta”. La indignación y otras formas de perder los estribos supongo.

En cualquier caso, algunos días después, y con más información sobre corrupción y más estramonio dentro del sistema, mi visión al respecto no ha variado mucho. Hoy, cuando mi madre me ha preguntado por la dimisión del Papa he pronunciado un sonoro “por mí, como si explotan todos”. A partir de ahí se ha desarrollado un debate sobre el caso Bárcenas y otros temas de rabiosa actualidad, durante el cual cada una ha expuesto su visión del panorama de un modo bastante similar. Entonces, yo he terminado concluyendo con mi deseo ferviente de ver en la cárcel a cada uno de esos cabrones (me vais a perdonar), procedan de donde procedan, y de observar cómo se les castiga por cada uno de sus delitos. De paso, le he deseado la destrucción inmediata a algunas instituciones que están de adorno.

Así es que mi mensaje (y el de mi abuelo) a cada una de esas personas que posibilitan que este país se hunda un poco más cada día en su propio fango: POR MÍ, COMO SI REVENTÁIS TODOS.

Estefanía Ramos

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