Google Übersetzer

Muchas veces me paso una pizca de listo y acabo sufriendo las consecuencias. Esta ha sido una de ellas.

Para quien no lo sepa ahora mismo estoy en Berlin cubriendo con pase de prensa el festival de cine de Berlin. En un alarde de sobrada pensé para mí mismo: “¡Molaría que escribiese el artículo de esta semana ahí directamente! Nada de dejar preparado algo escrito. Improvisación total. A lo loco, lo que se me ocurra el domingo. Cualquier cosa. CUALQUIER COSA guay. La sensación que me produce el estar ahí, bla, bla, bla” (es muy posible que la línea de pensamiento se extendiese durante varios minutos).

Así que ahora me encuentro sentado en la moqueta de la zona de prensa del Festival, con las piernas cruzadas y sin mis deportivas puestas (soy de la parte de “Nuevos Medias” y eso tengo que demostrarlo), con mi botellita de agua Vive la vida gratuita en la mano y sin saber qué coño contar. Por supuesto, me lo tengo merecido.

Lo único que se me ocurre es escribir ciertos pensamientos que se me han ido ocurrido (por una u otra cuestión) desde mi partida de Madrid el miércoles por la noche. Interés ninguno, pero de alguna forma habrá que solucionar la papeleta:

UNO

Google translator mola. Google translator está guay. Llevo desde que llegue usándolo (siempre por motivos de chorradas) para traducir términos de Español (o inglés) en Alemán. Sin embargo, como buen traductor que se precie, sabemos que Google translator traduce los textos como le sale de los huevos. No conjuga, hace posesivos donde no los hay, cambia el género de sustantivos… Las lía parda. Todos lo hemos sufrido al traducir cualquier texto a español. Nos han dolido lo ojos al leer qué significaba lo que acabamos de traducir. He de suponer, por tanto, que funciona igual de bien. Así que, google translator guay pero me fío 0 de él, por lo cuál tampoco me soluciona la papeleta en exceso. (El título de este post está hecho con esa gran herramienta, de ahí que posiblemente un echtzeit Deutch no entienda una mierda de lo que pone).

DOS

El colmo para alguien que vive junto a su eReader es que le pille un viaje mientras está leyéndose un libro prestado de 700 páginas. Ley de Murphy en todo su esplendor. Y en esas estoy. Así que me he traído a Berlín un libro prestado que me está encantando. Habla sobre la “Generación que cambió Hollywood en los años ’70” y se llama Moteros tranquilos, toros salvajesA estas alturas del viaje Víctor Martín-Pozuelo (compañero de aventuras cinematográficas en Berlín) ya está un poco hasta los huevos de que lo saque cada rato que puedo. Y de que le lea trozos de texto de los que me acabo de partir el ojal.

Así he aprendido que Dennis Hooper estaba más loco de lo que sus pintas parecían y que rodó Easy Rider y lo petó tanto sin que él mismo sepa cómo casi. También he aprendido que en películas a Jack Nicholson le regulaban la actuación en función de cuánta maría le dejaban fumar antes de comenzar a rodar la escena. Y, por supuesto, me he enamorado un poco más de Coppola y su filosofía (y aún no he llegado a los capítulos de Appocalypse Now).

Vamos, que los setenta en Hollywood, con secretarias que se dedicaban a preparar los canutos a sus jefes molaba.

TRES: Mata a tus ídolo

Este capítulo tiene subtítulo porque me molaba demasiado y quería verlo en negrita.

He estado a un metro de Wong Kar Wai, a dos de Joseph Gordon-Lewitt, a diez de Paul Verhoven y hoy espero estar a otros tantos de Walter Murch. Todo el mundo que ha leído esto antes ha sentido envidia, me ha dicho que si no he hecho una foto. Yo comprendo que lo pregunten pero no comparto el sentimiento. ¿Porque pase a mi lado me ha cambiado la vida? ¿Soy distinto porque vi pasar durante un instante a un brazo de distancia a Mr. Wong? Lo entendería si tuviese una conversación con ellos, eso SÍ sería para dar envidia. O (como en el caso de Verhoven y Murch) por oírles una Masterclass en directo. Pero, ¿verles a dos metros me hace mejor persona, mejor cineasta, me cambia en espíritu? ¿O simplemente es que paso demasiado de la gente? Who knows?

CUATRO

Víctor y yo estamos desarrollando una nueva técnica para elegir el mejor asiento posible en el teatro más grande de Berlín el Friedrichstadt-Palast. Es  de sencilla apariencia, pero difícil ejecución.

Se trata de buscar a una acomodadora de buen ver (a las que hemos comenzado a denominar acodomatrix) y ponernos en un asiento cercano. No hay más pretensión. Simplemente estar en su zona de poder, en sus dominios, cuál si fuese nuestra señora feudal. Según nos sentamos en el asiento no volvemos a mirarla ni una vez más (nos hacemos tíos duros).

Estamos aún en fase beta. Que ningún desarrollador nos robe la idea.

— Arturo M. Antolín —

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