Bruma

Puente de Estrasburgo por la noche.

Los paseos por la noche lo reconfortaban. Pese al frío y la lluvia helada que le azotaban la cara, las ideas se le esclarecían según era mayor el castigo. Y mientras, a mirar el río que fluía veloz y casi desbordándose de su cauce. En el suelo, alguna que otra placa de hielo le importunaba el paso, haciéndole volver a la tierra de sus pensamientos más oscuros. Miró el reloj, pasaba la medianoche y en los alrededores no se veía nada.

Se sentó en un banco, sumido de nuevo en sus pensamientos, y continúo fijo en el devenir del río. Era algo mecánico, ya que el agua le tranquilizaba y le ordenaba las ideas; es más, la idea del continuo fluir del agua le hacía recapacitar sobre los obstáculos que había en su vida: «El agua siempre vence el obstáculo». Presas, troncos caídos y hombres…

Rió en un susurro y recordó la historia de Ciro II el Grande. Ciro II en una de sus múltiples campañas se enfrentó a la bravura del Gyndes, un torrente lleno de saltos y remolinos que sus ejércitos tendrían que atravesar para tomar Babilonia. Antes de cruzarlo en barcazas, uno de los corceles favoritos del Emperador se ahogó en el río. Entonces el poderoso Ciro amenazó (según boca de Hesíodo):

«Irritado Ciro contra la insolencia del río, le amenazó con dejarle tan pobre y desvalido, que hasta las mujeres pudiesen atravesarlo, sin que les llegase el agua a las rodillas.»

Cumplió la amenaza y pospuso la campaña contra Babilonia. Redujo, tras tres meses de duros trabajos, el antaño poderoso río a unas 360 acequias. Años más tarde, el Gyndes volvió a su cauce en toda su bravura y fuerza.

Dicha anécdota le abstrajo de sus problemas por unos minutos. Era cierto, el río se llevaba sus problemas y sus preocupaciones. Más animado, comenzó el paseo de vuelta a casa. Continúo cavilando, hacía mucho que no se paraba a pensar, decidir cuál sería su futuro inmediato: «Un año pasa en nada». El cliché retumbaba en su cabeza desde hacía una semana, impidiéndole tomar las decisiones más simples. Estaba de nuevo perdido en sus pensamientos.

Sus pensamientos cada vez más se arremolinaban en su cabeza sin orden ni concierto alguno; se volvió a sentir desolado y perdido entre sus pensamientos, era una sensación extraña, podría decirse incluso que esos pensamientos le hacían levitar, pero levitar encorvado. Aunque tal vez fuese el frío, se percató que no sentía los pies y que la espalda le dolía. «Demasiado frío como para salir a pasear, tal vez demasiado como para poder pensar».

Cruzó otro puente y perdió de vista al río. El cese de su arrullo y del chapoteo de algún que otro pato desvelado, le impresionó más que el viento que volvía con fuerza de cierzo a golpearle. Apretó el paso, eran ya más de la una y no había sido capaz de llegar a ninguna conclusión. Sólo sabía que tenía cada vez más frío y que éste se le había empezado a subir a los riñones.

Cuando se quiso dar cuenta, se encontró en la puerta de su casa. Giró la llave y subió a su habitación. «¿Has encontrado lo que querías?, ¿qué has decidido?, ¿tómate algo caliente?», le gritaban todas las fotografías de su habitación. Hasta los carteles y las postales le increpaban para que llegara a una decisión.

«Es que… todavía no lo sé…».

Y lo sigue sin saber, porque el futuro sigue siendo bruma que se disipa a nuestro paso, pero es inherente del río.

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

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