Un sábado cualquiera

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Os costará creerlo pero, desde hace más de dos años, mi vida carece de sábados. No existen. Hay un agujero negro (más bien verde y naranja) que me absorbe las horas y cuando me quiero dar cuenta me ha dejado sin fin de semana. El caso es que trabajo cada sábado durante once horas en un conocido supermercado, del cual no diré su nombre, y nunca había escrito sobre ello. Y la cosa está en que el otro día mientras estaba cobrando a una señora un bote de judías y cuatro o cinco tomates, me acordé de vosotros y lo bien que estaría que os hablara de ello. Y no, no voy a hablar ni mal ni bien del sitio donde trabajo sino de los viajes astrales que realizo.

Sí, porque nosotros, los de fin de semana, de once horas que estamos allí (quitando una hora y media de comida y merienda) estamos anclados en las cajas ocho. Ocho horas en las que recibimos a las señoras, como si fuéramos un holograma, con un automático y sonriente “Hola”, mientras asentimos con la cabeza a todo lo que la amable clienta nos dice y la despedimos con un “Su ticket, gracias”.

Pero no voy a adelantar acontecimientos y os voy a contar un sábado cualquiera desde el comienzo, desde el mismo momento en que el despertador suena a las diez menos cuarto de la mañana y te das cuenta de que lo que te queda por delante es un día de sábado. Ahí, en la cama tirado cinco minutitos más es cuando recuerdas los tweets de la gente el día anterior diciendo “Qué alegría. Por fin es sábado.” y piensas lo bien que estaría escribirlo tú por un día. También es cierto que reconozco que no tengo de que quejarme porque, aunque acabo derrotado, tener trabajo hoy en día es más un milagro que una pena. Y así, con esta idea en mente, llega mi madre para preguntarme si me voy a levantar hoy o mañana, que corra que me va a pillar el toro y que en cinco minutos tengo la leche. Con esas, me coloco el traje de luces, desayuno y salgo pitando al lugar donde me recoge mi compañero para ir a trabajar (no, no puedo ir en mi coche porque la ciudad donde trabajo ha decidido poner parquímetros en todo sitio aparcable… Pero de eso ya hablaré otro día).

Llegamos y ya nos reciben a puerta gayola nuestros compañeros, entre vítores y “buenos días”, porque saben que una mano más nunca viene mal. Yo, acostumbrado ya (son más de dos años) hay veces que casi ni pregunto qué tengo que hacer y me voy directo a la caja donde las señoras (y señores, no hagamos cliché de ello) me esperan impacientes por ser atendidos. Y no los hago esperar más. “Pasen por esta caja en orden de espera” Me voy colocando mientras veo como una viejecita que estaba la última se coloca la primera y miro a otro lado cuando, mientras ella se disculpa, los que se colocan tras ella resoplan y se muerden la lengua porque es una señora muy mayor. Lanzo una mirada de comprensión a los damnificados y comienzo, ahora sí, el día.

11:00 “Hola, buenos días” Huevos, una lata en conservas de judías, una barra de pan. Le pregunto si quiere una bolsa pero me dice que no, que tiene carro y que espere un segundo que va por él. Y eso hago. Espero y miro como se inquietan todos lo que están en la cola cuando la señora empieza a tardar más de la cuenta. A veces somos tan impacientes e incomprensivos que parece que ninguno tengamos abuela o madre. En fin, me giro y veo venir con dificultad a la señora mientras escucho cuchichear a la primera pareja, que mira en su dirección, aunque ninguno de los dos se mueva para ayudarla. “Son 3.20” Con calma, va guardando todo en el carro y me pregunta si quiero suelto. “Claro” Me pide que tienda la mano y una montaña de monedas de entre dos y cinco céntimos caen sobre mi palma. Oigo un fuerte ruido a mi izquierda. Creo que es la cabeza de alguno de los próximos clientes que, como si de la película de Daniel Sánchez Arévalo se tratase, le va cambiando la cara de AzulOscuroACasiNegro. Con prisa pero sin pausa, cuento bien hasta que reúno los 3.20. Le entrego el ticket a la señora con su correspondiente “gracias” y paso a cobrar rápidamente el resto de la cola.

Leyendo el párrafo anterior podrías pensar que la señora tardó un cuarto de hora o más en realizar el pago de su compra, pero, en realidad, no excedió los cinco minutos… Aunque probablemente si preguntásemos a los de la cola afirmarían que estuvieron esperando lo menos una hora. 11:05.

Paso la compra todo lo rápido que puedo para no impacientar al personal mientras pienso en el poco respeto que se tiene ya por nada ni por nadie. Y ya no hablo de dar las gracias cuando acabo de cobrarte y te entrego el ticket, o de responder los buenos días que te doy, no. Hablo en general, en todas partes. Allá donde mires. Por poner un ejemplo, me parece increíble que con el alto coste de las entradas de cine seamos incapaces de mantenernos en silencio y disfrutar de una película sin abrir el pico. Vale, puedes hacer un comentario, dos, tres, pero ¿TODA la película hablando y como si estuvieras en el salón de tu casa? Se me escapa el sentido que tiene para esas personas el hecho de pagar una entrada a precio de oro por dialogar a voz en grito frente a una pantalla rodeados de personas.

Así, pensando, se me hacen las doce. ¿Una hora? Joder, ni me he enterado. Y es que es increíble como, en esos mínimos espacios en que esperas a que llegue un cliente de recoger su carro, que cuente las monedas o que busque la tarjeta, puedes discurrir y llegar a conclusiones que ni tú mismo pensabas que podrías alcanzar. De hecho, en la caja, ha sido donde me han surgido la mayor parte de mis ideas, tanto para los cortos como para los artículos. Y es que esos viajes astrales son una maravilla.

Llega mi compañero y me pega una colleja por detrás. Le digo que se va a enterar a la hora de comer y se echa a reír. “Son 56.70” le digo al señor al que estoy atendiendo aún con una sonrisa en los labios, pero él me mira serio, impasible. Vale, no quiere reírse. Ha llegado el momento que os explique los diferentes tipos de clientes que hay: este que os digo entraría en el saco de los serios que son aquellos que aunque tu les cuentes todo el repertorio de Jaimito en clave de Chiquito de la Calzada, no logran esbozar una sonrisa; están los normales, que son aquellos que se comportan con normalidad, es decir, si haces una gracia se ríen, sino se mantienen serios, educados; y luego están los comediantes, que son aquellos que parecen salidos de la Paramount porque no pueden parar de hacer una gracia tras otra. Pensaréis que los más detestables sean los serios pero no: los comediantes son los peores. ¿Por qué? Porque a las once de la mañana, te ríes; a las cuatro, te ríes; pero a las ocho de la tarde, creedme, no os reís, ni tu ni yo ni nadie que lleve desde las once de la mañana trabajando. Aún así, no queda más remedio que regalarle una (medio) sonrisa.

Pasa por detrás el encargado y me dice que como a las dos. Miro el reloj… ¡HOSTÍA DENTRO DE MEDIA HORA! Apuro diez o quince clientes y me llevo las devoluciones. Y sí, estaréis pensando que ni de coña se me pasa la mañana tan rápido. Queridos, hay algo que se llama elipsis, no es plan de escribir aquí la Biblia, pero os puedo asegurar, que se me pasa más rápido de los que podríais pensar.

Arriba, comemos durante una hora en la que hablamos de todo un poco, hacemos bastante el payaso y despedimos a aquellos que se van y recibimos a los que vienen. Es un momento muy emotivo en el que podemos observar la contraposición de las caras tristes que suben con las caras felices que bajan. No tiene precio meterse con los que llegan con el típico “Qué, venimos a tope eh” o el mítico “Madre mía, qué cara de felicidad traemos, se nota que hoy vienes con ganas”… Somos felices.

En fin. Las tres. Ya tenemos medio día hecho. Probablemente, entre la hora de la comida y la de la merienda se encuentren los mejores minutos para los trabajadores de fin de semana porque es cuando tenemos más posibilidades de salir de cajas y encarar. ¿Encarar? Dícese de traer los artículos de las estanterías para delante mientras el cliente que está detrás te los empuja hacia atrás. Es el ciclo sin fin que dirían en El Rey León. Durante este par de horas, los viajes astrales se multiplican notablemente más que nada porque, en la soledad de una pasillo, o escuchas la música del hilo musical (creedme, a la tercera vez que escuchas SUENA COMO ROMA PERO AL REVÉS quieres coger las botellas de ron y darte a la bebida) o divagas.

Y no te das cuenta pero tan pronto estás pensando en una cosa como estás pensando en otra. Sería algo más o menos así: “madre mía, que joven que es ese que está cogiendo la botella de tequila… ¿Tendrá los dieciocho? Seguro que no. Aún así yo a su edad no bebía una bebida tan fuerte. Bueno, ni tan fuerte ni nada parecido (Ríes para dentro). ¿Seré raro? Bah, da igual. En el arca había un pollito. En el arca había un pollito. Y el pollito pío, y el pollito píiiiio… Joder, otra vez la mierda de la canción de la chirigota. A ver si luego cuando llegue a casa puede verme alguna. O una peli. Joder que buena Django. Estaba ayer el cine hasta arriba…¿Por qué los chinos tienen siempre una uña tan larga?” Y así, dos horas en las que saltas de un tema a otro mientras atiendes a diestro y siniestro, llevas palés, acudes a caja y le devuelves la colleja a tu compañero cuando le pillas desprevenido.

Después de la merienda ya es todo coser y cantar. Aunque más los viernes que los sábados porque hay más gente, el tiempo pasa volando. Y es que, aunque todos piensen “Joder, cómo está esto hoy de gente, estaréis agobiaos”, la realidad es que no, que cuánto más gente, mejor, porque cuando te quieres dar cuenta ya se ha hecho de noche y apenas te quedan un par de horitas para salir.

Lo mejor es cuando me toca el micrófono. Llego a tal felicidad que cuando mis compañeros pasan por mi lado se echan a reír porque parezco un tonto con un lápiz. Siempre que estoy yo en esa caja, la frutera me pide que le cante algo, es decir, “atención señores clientes, hoy, en la sección de frutería, tenemos la pera blanquilla a tan sólo 1.45 euros el kilo. No se olviden y pasen, por nuestra sección de frutería”. Esos, los días que tengo el micrófono, son los mejores.

Y nada, oigo a mi compañera cantar que ya estamos cerrados y, como si de una estructura circular se tratase, volvemos cada uno al pasillo en el que estábamos al comienzo de la tarde, cerrándola como la empezamos, aunque ahora sí con la cara de felicidad de aquellos que bajaban las escaleras a la hora de la comida.

Cerca de las diez y media llego a mi casa, después de haberme despedido allí de todos y haber hecho el trayecto de vuelta, dejando otro sábado más atrás en el calendario. Puede parecer que no se hace duro por la forma que lo he contado y reconozco que no se hace tanto como os pueda decir un sábado por la noche a las diez y media, recién salido, cuando os diría que he pasado una penuria porque no puedo ni con mi alma… Pero la verdad es que de entre todos los trabajos que podía tener tampoco tengo uno muy duro. Al menos este me permite conocer gente, moverme de vez en cuando, que me de algo de sol si miro hacia la puerta y eso sí, me permite realizar esos viajes astrales en los que se me ocurren algunas ideas geniales, otras no tanto, y otras… Como ésta.

—Jonathan Espino—

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