Una mano invisible ¿irracional?

Fotograma de 'Las uvas de la ira' de John Ford.

Fotograma de ‘Las uvas de la ira’ de John Ford.

Hay un término que me da mucho miedo, es un concepto que se encuentra en el seno de nuestra sociedad y que no está menos deificado que Dios o Maradona. El filósofo inglés Adam Smith lo concibió a lo largo de su obra, de la que rescato esta frase de La riqueza de las naciones: «Ninguno por lo general se propone originariamente promover el interés público (…). Cuando prefiere la industria doméstica a la extranjera, sólo medita su propia seguridad, y cuando dirige la primera de forma que su producto sea el mayor valor posible, sólo piensa en su ganancia propia; pero en éste, y en muchos otros casos, es conducido, como por una mano invisible, a promover un fin que nunca tuvo parte en su intención». Smith basó un sistema político en una idea de autorregulación. Subrayo la palabra idea.

A Adam Smith no se le puede reprochar nada, era un filósofo que tuvo la suerte de no ver la bajeza moral de las actuales manos invisibles del mercado. Porque no hay mayor vileza que la de aquellos ultraliberales (cúanto debemos a Margaret y a Ronald, ¿eh?) que liberan a una bestia salvaje en medio de un rebaño de ovejas. Y aquí nos encontramos ahora mismo, el pasado jueves 24 de enero se hizo público el resultado de la EPA del último trimestre de 2012, Arias Cañete preconizaba una recuperación en 2013 y Fátima Báñez, bueno, tal vez hiciera falta una tesis para saber qué es nuestra ministra de (des)Empleo.

Volviendo a la mano invisible… ¿qué es? Yo la identifico con esa aristocracia financiera, que es una mezcla de amancios, curas y borbones, cuya prolongación física no es ni más ni menos que los bancos. Los bancos son invisibles, en cuanto que no son personas a las que se pueda condenar, pero están creados por el hombre.

Esta definición que encontré ayer mismo (el jueves 24 de enero) me la ofreció el padre de Tom Joad, John Steinbeck, quien definía al banco de la siguiente manera en Las uvas de la ira:

 «The bank, the monster has to have profits all the time. It can’t wait. It’ll die. No, taxes go on. When the monster stops growing, it dies. It can’t stay one size».

En su libro, narra la situación por la que muchas familias de Oklahoma —campesinos de algodón en su mayoría— se ven abocadas a emigrar y a dejar SU tierra por culpa del monstruo. Endeudadas, porque a veces los cultivos no son tan prolíficos, el banco llega y desahucia a una familia. Adiós tierra —no hay nada más doloroso para un campesino que verse expulsado de SU propiedad—, casa y con la prole a cuestas de camino a California.

¿Y dónde se escuda la banca, creada por hombres? Steinbeck nos da la respuesta:

«We’re sorry. It’s not us. It’s the monster. The bank isn’t like a man.
Yes, but the bank is only made of men
».

¿Adónde quiero llegar con este artículo? Pues a una nueva serie de preguntas —sin respuesta—: ¿por qué depositamos nuestro dinero en una entidad que no puede ser condenada judicialmente? ¿Por qué confiamos que un ente invisible, sin rostro, regule por si mismo la economía nacional y global? ¿Es Dios? Y en este último caso, ¿no deberíamos ir a comulgar todos los días a bancos, bolsas y sedes financieras? No sé, al menos nos darían pan.

—Víctor Manuel Rodríguez-Izquierdo Cantarero—

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